octubre 29, 2020

La «manzana prohibida» del comunismo

por: Néstor Kohan/ Questión Digital

Luego de 30 años de reinado económico neoliberal y hegemonía cultural del posmodernismo, en medio de una nueva crisis del capitalismo mundial (estructural y sistémica, en la cual confluyen múltiples crisis al mismo tiempo), retorna la discusión sobre las alternativas. ¿Cómo salir de la crisis y comenzar a transitar hacia otro tipo de sociedad radicalmente distinta? ¿Será con la bandera roja pero sumisamente guiados de la mano por John Maynard Keynes? ¿Quizás intentando volver, con no poca nostalgia y revival, hacia los capitalismos periféricos, “nacionales y populares”, de la posguerra? ¿Tal vez con la ilusión siempre incumplida de un capitalismo “con rostro humano” adornado con una imposible “tercera vía”? ¿O deberemos resignarnos a un “socialismo mercantil”, con gigantescos pulpos internacionales que explotan mano de obra barata y disciplinada, empresas completamente autárquicas y cooperativas autogestionadas compitiendo entre sí por la distribución de la renta?

Las alternativas en el centro de la escena

Sea cual fuera la salida, posible y deseable, lo que está claro es que actualmente esa búsqueda se ubica a la orden del día. Encontrar en forma imperiosa una alternativa ha dejado de ser un sueño “utópico” (simpático y encomiable, quejoso del neoliberalismo, pero políticamente inviable) para convertirse en una urgencia de supervivencia planetaria en el caso de que no nos abandonemos al reino de la barbarie ni a un futuro sombrío que se parece mucho más a las novelas antiutópicas más pesimistas (Un mundo feliz, 1984 o Fahrenheit 451) que a los finales felices y edulcorados de las películas románticas de Hollywood.

Si los Foros Sociales Mundiales abrieron este milenio con la consigna “otro mundo es posible”, quedó irresuelta la interrogación: ¿cuál es o debería ser ese otro mundo posible? En medio del desconcierto y la confusión generalizada el presidente bolivariano Hugo Chávez intentó resolver el enigma de la esfinge: la salida es “el socialismo del siglo XXI”. Ahí nomás proliferaron nuevas polémicas. ¿Qué entendemos o deberíamos entender por ese enigmático “socialismo del siglo XXI”? Nadie lo sabe todavía. Está en discusión. Lo cierto es que el proyecto del socialismo, durante décadas insultado, caricaturizado y ridiculizado, ha vuelto a la agenda política. Ya no sólo en el terreno del debate ideológico sino también en el acuciante problema de la gestión práctica de las relaciones sociales, económicas y políticas de la nueva sociedad que se pretende crear y construir.

Huérfanos y sin Vaticanos

Lo interesante y peculiar de esta compleja situación en la que nos encontramos es que ya no hay Vaticanos que dicten catecismos sobre la materia. Fenómeno que resulta positivo en cuanto a libertad de proyectos en pugna pero al mismo tiempo sumamente complicado ya que no existe reaseguro alguno frente a la prepotencia político-militar imperial.

La antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) experimentó un terremoto político que implosionó su sistema económico y social. El Estado burocrático, dirigido por una casta represiva y una elite completamente alejada del mundo laboral, de las bases políticas y de la clase trabajadora, se desplomó sin pena ni gloria y sin necesidad de misiles nucleares, dando lugar a una salvaje apropiación privada de las grandes riquezas sociales acumuladas durante décadas por el trabajo cotidiano del pueblo soviético. Los apropiadores han formado y continúan formando parte de una nueva burguesía mafiosa, constituida por los antiguos burócratas partidarios devenidos, ahora, burgueses propietarios. Dirigentes que abandonaron la doble moral y el doble discurso (en público supuestos defensores de Lenin, en privado lúmpenes cínicos e impiadosos) para mostrarse rápidamente en público tal cual eran en privado, es decir, gente que vivía con desfachatez en forma lujosa a costillas de los trabajadores y que les importaba un bledo el socialismo y la banderita roja que decían defender. El caso emblemático de Boris Yeltsin, jefe del PC soviético y cabecilla de los burgueses apropiadores, no es obviamente el único.

En el caso de China, país que anteriormente disputaba con la URSS por ver cual de los dos era más socialista, más antiimperialista y más radical… hoy en día se ha convertido en una sociedad con una fuerza de trabajo tremendamente explotada y mal pagada (como todo el mundo sabe ese pago irrisorio de la fuerza de trabajo china es el que permite subsidiar las exportaciones masivas al Occidente capitalista), sin posibilidad alguna de organizarse y reclamar por los derechos laborales elementales frente a las grandes firmas capitalistas que facturan millones con el sudor de la clase trabajadora china. El gigante del oriente es hoy una sociedad que no sólo exporta mercancías sino también capitales, recibiendo con los brazos abiertos a los grandes pulpos empresariales a los cuales les garantiza una explotación de los trabajadores tranquila y ordenada, sin sobresaltos, huelgas ni sabotajes. Las gigantescas asimetrías de clase y la polarización extrema en el orden social chino no son desmentidas ni por sus más fanáticos y obcecados defensores.

Al dejar de existir la URSS —con todas las características anteriormente señaladas— y con la innegable conversión de China en potencia capitalista, los pueblos del Tercer Mundo nos hemos quedado sin el antiguo potencial respaldo militar de ambas potencias frente a la agresividad del imperialismo (como ha quedado empíricamente demostrado en las últimas aventuras militares de EEUU en Afganistán, Irak o el norte de África, así como las de Israel en Palestina y el Líbano). Nuestros pueblos sólo pueden contar con sus propias fuerzas, tanto en su lucha contra el imperialismo como en el intento de pensar alternativas futuras de gestión socialista. Ese es el contexto mundial en que nos movemos hoy.

Con o sin apoyo militar de las antiguas potencias “socialistas”, el debate sobre las alternativas resurgirá una y otra vez para cualquier sociedad que pretenda iniciar o desplegar el camino de transición a un tipo de relaciones sociales más allá del capitalismo. Nadie que pretenda atravesar el muro del capital podrá eludirlo.

Ese debate sobre las formas de propiedad (estatal o cooperativa, mixta y privada); las formas de gestión (mercantil o planificada); el uso del dinero (el papel de los bancos y el crédito, las cuentas, los gastos y los depósitos, en un sistema integral, planificado y presupuestario, o con absoluta autarquía financiera de las empresas); la ley del valor y el mercado (promovidos como ágiles reguladores sociales o combatidos como obstáculos para avanzar al socialismo), las distintas formas de incentivar el trabajo (con un proyecto político-ideológico radical y trabajo voluntario o mediante premios dinerarios individuales), etc., tuvo lugar en la Rusia bolchevique de los años ’20, volvió a aparecer en la Cuba revolucionaria de los años ’60 y hoy, en pleno siglo XXI, retorna en los debates de Venezuela, mientras en Cuba se vuelve a discutir nuevamente el modelo de gestión social.

¡Atención! ¡Llegaron las últimas «novedades»!

Lo curioso, llamativo y, porque no, sorprendente es que en varios de esos debates se presentan propuestas, proyectos y líneas a seguir apologistas del mercado como si fueran absolutamente «novedosas» e inéditas, cuando en realidad han sido implementadas varias veces en la historia y con resultados prácticos que distan largamente de ser positivos.

Recorramos algunos pocos razonamientos propagandísticos e hipótesis falaces que hoy circulan con pretensiones de radical «novedad» en la colorida feria de las alternativas:

* (a) Si una o varias empresas se encontraran en poder del pueblo a través del estado (en una sociedad donde la clase trabajadora y los sectores populares organizados han aplastando a los aparatos de represión de la burguesía, la han derrocado mediante una revolución, han logrado tomar el poder y la han expropiado) eso implicaría necesariamente el reinado gris, triste y mediocre de la BUROCRACIA. Si en cambio, esas mismas empresas expropiadas fueran gestionadas mediante asociaciones cooperativas, iniciativas por cuenta propia, arrendamientos privados y otras “formas de gestión no estatales” (¡curioso eufemismo!) que compitieran en el mercado, eso conllevaría, siempre y en cualquier circunstancia, el relucir maravilloso y alegre de la DEMOCRACIA.

* (b) Si dentro de este mismo contexto de una sociedad en transición, que intenta ir más allá del capitalismo, el estado centralizara su presupuesto y lo distribuyera de acuerdo a una planificación encaminada a combatir el MERCADO (en esta hipótesis no se trataría de un estado gestionado por y subordinado a las grandes firmas capitalistas, sino de una forma política de poder popular que surgiría de una revolución anticapitalista), eso conllevaría necesariamente dictadura, violencia, autoritarismo, paternalismo, corrupción, burocratismo y estancamiento. Si en cambio el estado (siempre manteniendo la hipótesis de que no se trata del estado burgués dirigido por las grandes empresas del capital) se limitara a repartir el dinero y sus recursos en una infinidad de núcleos productivos y de servicios antárticos, con plena y absoluta autonomía financiera y comercial, que compitieran en el mercado guiándose no por la satisfacción de necesidades sociales y populares, sino por la optimización de ganancias (que en caso de haberlas serían repartidas de forma privada y particular entre los agentes cooperativos y “no estatales”) y por la disminución de pérdidas (que en caso de producirse serían asumidas por el estado, es decir por el conjunto social), entonces…. ese modelo implicaría democracia participativa, horizontalismo, pluralismo, multiculturalismo, respeto por las subjetividades, pleno desarrollo de la sociedad civil, consenso, transparencia, honestidad, división de poderes, soberanía popular, eficacia y en última instancia progreso económico.

*  (c) Si los sectores populares no se sienten suficientemente involucrados en la gestión económica, ausentándose del empleo, desentendiéndose de las tareas de gestión colectivas, cayendo en el escepticismo, la indiferencia política o incluso la apatía, lo cual deriva en una disminución de la productividad laboral, pues entonces…. las dos mejores maneras de remediarlo consistirían en:

(1) apelar al desempleo selectivo (así quien conserve el trabajo se esforzará mucho más por temor a ser despedido), creando de este modo un ejército laboral de reserva que serviría como acicate y palanca de incentivo para los que tienen empleo, y

(2) crear un creciente, asimétrico y cada vez más pronunciado escalonamiento salarial que premie con mayor dinero y estímulos materiales individuales a quien más esfuerce.

* (d) Por contraposición con esos dos remedios mercantiles, si el estado (dirigido políticamente por los trabajadores y los revolucionarios) se propusiera combatir la falta de productividad del trabajo, el ausentismo y la apatía con una ofensiva política, recuperando la credibilidad perdida, degradada o disminuida, combatiendo los fenómenos de la burocracia y la doble moral de los funcionarios, el “amiguismo” y las prebendas personales dentro de una elite, los privilegios, las asimetrías escandalosas tanto en el nivel salarial como en el consumo de la vida cotidiana, pues entonces… esas propuestas serían invariablemente caracterizadas como “bienintencionadas, pero… utópicas, románticas, poco realistas, voluntaristas, subjetivistas, moralistas, y en última instancia IGUALITARISTAS” (¡como si el igualitarismo fuera algo muy malo para el socialismo!).

Estos cuatro núcleos ideológico-propagandísticos (a), (b), (c) y (d), asentados en el razonamiento falaz que tramposamente homologa [mercado = democracia y eficacia] y [planificación socialista = burocracia y estancamiento], hoy se esgrimen como la gran “novedad” teórica. El “último grito” de las ciencias sociales. Un descubrimiento “reciente” que vendría a subsanar todos los males y todas las deficiencias del socialismo, el comunismo y la revolución. La salvación mercantil que vendría a redimir los pecados igualitaristas, en el caso de quienes hace varias décadas se esfuerzan por superar el capitalismo; y a expurgar cualquier tentación radical, para quienes intentan en el último tiempo comenzar la transición al socialismo. ¿Será así? Sospechamos que no.

Una lúcida advertencia

Hace muchos años, Rodolfo Puiggrós, un viejo profesor argentino (historiador, de joven militante comunista, de viejo guerrillero montonero), alertó que como los revolucionarios argentinos, en sus múltiples tendencias, no hemos podido hacer nuestra propia revolución y no llegamos a tomar el poder, entonces vamos por el mundo “inspeccionando revoluciones ajenas”. Esa lúcida advertencia siempre nos pareció iluminadora y la hemos adoptado hace largo tiempo como guía contra la soberbia, la petulancia y el engreimiento de quienes se sienten propietarios de “la verdad absoluta”.

No obstante, aun dando cuenta del señalamiento de Puiggrós, creemos que tenemos el derecho de opinar respetuosamente sobre procesos sociales y debates políticos que hoy se desarrollan en la Patria Grande latinoamericana, aunque no se den en nuestro pequeño país.

Por eso nos genera cierta preocupación el modo como se plantean estos debates sobre la gestión de las sociedades que pretenden organizar un “orden nuevo” (al decir de Gramsci), no capitalista sino socialista.

¿Son tan “originales”, “novedosas” y “superadoras” estas propuestas de socialismo mercantil (bautizado mediante un eufemismo elegante y perfumado, como “autogestionario”) que nos prometen mayor democracia de la mano de la autarquía financiera de las empresas y el engorde creciente de la “economía no estatal”? ¿Servirá descentralizar los recursos presupuestarios y privatizar en nombre de los arrendatarios, las cooperativas y otros “actores no estatales” para poder superar la burocracia y los privilegios, la corrupción y el “amiguismo”? ¿Se generará participación política, aumentará la eficiencia social y habrá mayor empeño laboral expulsando fuerza de trabajo para que sea empleada como mano de obra barata y precaria por grandes inversionistas capitalistas? ¿Habrá mayor conciencia socialista en quienes sólo se involucran, de modo “cooperativo”, si hay dinero y ganancia privada de por medio?

Perdón, disculpas, pero tenemos nuestras serias dudas al respecto. Expresamos nuestra opinión con todo respeto. Creemos que esas recetas —que algunos promueven y presentan como poción mágica y redentora— no profundizarán el socialismo martiano ni permitirán avanzar hacia un proyecto bolivariano anticapitalista.

Experiencias repetidamente fracasadas y un debate histórico «olvidado»

Aquellos cuatro núcleos ideológico-propagandísticos (a), (b), (c) y (d), y muchas otras recetas similares que actualmente los acompañan, no son proyectos nuevos, elaborados al calor de facebook, del twitter, las nuevas tecnologías, la “sociedad de la información”, “la sociedad en red”, las nuevas formas de sociabilidad y otras profecías semejantes. Tienen una larga historia, repleta de fracasos concretos, despistes prácticos, equívocos teóricos y enormes sinsabores políticos para la familia revolucionaria.

En la década del ’20 (¡hace casi un siglo, cuando no existía ni la televisión!), dentro de la revolución rusa, hubo corrientes que creyeron que el mercado “socialista” iba a solucionar mágica y repentinamente todos los males, todas las penurias, la escasez, la falta de acumulación, la desproporción entre producción y consumo y las deficiencias revolucionarias (1). Haciendo de necesidad, virtud; convirtieron a la NEP de Lenin [«Nueva Política Económica», conjunto de medidas provisorias implementadas por los bolcheviques como concesión táctica al mercado, luego de la agotadora guerra civil de 1918-1921] en un supuesto proyecto mercantil estratégico y de largo aliento. Más tarde, estos mismos partidarios del socialismo mercantil desarrollaron durante décadas varias ofensivas hasta terminar por minar desde dentro a la Unión Soviética. Todo en nombre de la “participación democrática”, la “eficiencia económica” y la “autogestión financiera” de las empresas (2).

En lugar de combatir la desproporción económica entre producción y consumo y la ineficiencia de la administración burocrática terminaron convirtiendo a la burocracia en una burguesía mafiosa que se apropió de todos los recursos sociales y naturales de aquella sociedad que había derrotado a los nazis. Por supuesto, como no podía ser de otro modo, conjurando el fantasma endemoniado del… “igualitarismo” (3).

Pero el debate soviético, hoy extrañamente «olvidado» (pues sus resultados en torno al socialismo mercantil están ya fuera de discusión), no fue una excepción. En los años ’60 en Cuba, el gran debate enfrentó a los partidarios del cálculo económico, la autogestión financiera y la “vía cooperativa” mercantil —promovidos, entre muchos otros exponentes, por Carlos Rafael Rodríguez— con el ministro de industrias Ernesto Che Guevara quien defendió el proyecto del Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF) y la planificación socialista.

Los compañeros cubanos dieron un ejemplo al mundo con ese debate de 1963-1964 donde, a pesar de que había un feroz bloqueo imperialista y una permanente agresión internacional, todas las tendencias discutieron libremente y nadie fue censurado, herido, prisionero, muerto ni exiliado (como trágicamente había sucedido en la URSS, donde la mayor parte de los polemistas terminaron fusilados). En Cuba, las posiciones fueron públicas y nadie se ofendió ni fue tildado de “desleal”, sospechado de “agente de la CIA” o despreciado por “contrarrevolucionario”. Un gesto de madurez digno de imitarse hoy en día… (4).

Quienes se oponían al Che optaban por descentralizar los recursos financieros, apelando al desarrollo del mercado como gran regulador social, a los incentivos materiales y dinerarios, a la autogestión y autarquía financiera de cada empresa y a la competencia entre ellas como palanca fundamental de desarrollo económico (competencia denominada, de manera elegante, “emulación”). Siempre apelando al “uso inteligente de la ley del valor”, según una fórmula repetida en aquella época, muy común en los manuales soviéticos de economía política (5).

Pero aquellas primeras propuestas del socialismo mercantil que se sucedieron en la antigua Unión Soviética y las polémicas económicas contra el proyecto comunista del Che Guevara y en defensa del socialismo mercantil que tuvieron lugar en la Cuba de los años ’60 tampoco fueron los únicos.

A su vez, como alternativa al mundo político y cultural soviético, los yugoslavos también promovieron en su época la autogestión descentralizada de las empresas a través de la competencia mercantil. Ese modelo «cooperativista» —hoy admirado e incluso recomendado al presidente Hugo Chávez como panacea digna de imitar por algunos compañeros (seguramente con las mejores intenciones)— iba a superar mágicamente todos los males del socialismo burocrático soviético. Todo el mundo conoce el trágico final del experimento de Yugoslavia… todavía más catastrófico, si acaso puede serlo, que el de la difunda URSS.

La propuesta de la «autogestión» que se intentó implementar de Yugoslavia partía de un reclamo sano, justo, racional. La necesidad inocultable de democratizar las relaciones sociales, no sólo bajo la dictadura del mercado capitalista sino también bajo un tipo de sociedad postcapitalista en transición al socialismo. Esa necesidad de democratización, esa sed antiburocrática, no es una tontería ni un disparate. Se proponía democratizar a fondo las relaciones sociales y esa finalidad debe ser reivindicada. Uno de sus promotores teóricos así lo reconoce: “La autogestión cumplirá sus promesas democráticas no sojuzgando al hombre en su comportamiento frente al trabajo, sino modificando su posición económica y social fundada en el trabajo, es decir, transformando las relaciones implícitas en el sistema de producción” (6).

Esas promesas y esos antiguos anhelos democráticos de la humanidad (muy anteriores al capitalismo), que deberían constituir una parte fundamental del proyecto socialista y comunista de liberación humana, están sometidos a un doble tironeo. Por un lado, en cuanto están asociados a la participación comunitaria en la gestión social, se potencian, se refuerzan, se revitalizan. Es precisamente en ese orden comunitario donde se puede llegar a experimentar la verdadera democracia (7). No obstante, en la medida en que ese modelo de autogestión financiera de las empresas termina dando como supuesto inmodificable la existencia de relaciones mercantiles, automáticamente los anhelos democráticos y comunitarios se desdibujan, se evaporan y aparece en primer término la lógica dictatorial, férrea y despótica del mercado. Una lógica irracional, anónima, fetichista, que se impone como ciega necesidad (aunque el mercado tenga la bandera roja) contra todos los anhelos democráticos y participativos de la comunidad y los trabajadores (8). La autogestión financiera de las empresas y el imperio de la ley del valor (del mercado) que la fundamenta, constituyen los peores remedios para lograr ese objetivo justo y racional (democratización y superación de la burocracia) que se persigue.

A pesar de esa encomiable “promesa democrática” el modelo yugoslavo —y muchos otros similares que lo toman como inspiración, lo admitan abiertamente o no— termina depositando en el interés material directo e inmediato y en la obtención de mayores cuotas de dinero el eje de la “autogestión”. Así lo admite otro de sus principales teóricos: “Su derecho de repartición de utilidades es considerado no solamente como consecuencia lógica de la gestión, sino como el factor esencial de la eficacia de la autogestión. Este es el elemento motor del sistema. Mientras mejores sean los resultados de la empresa, más grande será la cuota que tendrán que repartir” (9).

Si el interés material directo, el aumento de la remuneración individual en dinero y la búsqueda frenética de ganancia empresarial constituyen el eje central de este modelo, según lo reconocen sus mismos teóricos, ¿qué tipo de conciencia socialista y comunista se puede construir en el seno del pueblo de ese modo? La respuesta, ya analizada críticamente en su época por el Che Guevara, es más que obvia. Los resultados históricos están hoy a la vista para quien no tenga anteojeras. Ninguno de esos trabajadores yugoslavos, “autogestionarios” y “cooperativos”, que habían luchado heroicamente en las guerrillas comunistas contra la dominación nazi, movió un solo dedo para defender el socialismo cuando implosionó y se derrumbó, partiendo a su país en mil pedazos. Exactamente lo mismo pasó en la Unión Soviética. ¿Una casualidad? No, una lógica consecuencia de un modelo de gestión y ordenamiento social que aparentemente es muy “simpático” pero en el cual la clave de todo pasa por la búsqueda del dinero individual, la competencia, el mercado y la ganancia personal, en lugar de predominar los valores del trabajo colectivo y voluntario, la satisfacción personal que se deriva de haber cumplido el deber social trabajando no sólo para el bolsillo propio sino para toda la sociedad, la consolidación de una conciencia colectiva, comunitaria y comunista, y la creación de una sociedad justa para todos y todas, más allá del interés mezquino inmediato.

Los mismos teóricos de la “autogestión” lo reconocieron públicamente. El centro de ese modelo (que hoy se pretende reeditar en América Latina) está constituido por “la lógica inexorable de las necesidades de una economía de mercado” (10).

Si las (encomiables) promesas democráticas estaban por detrás del modelo autogestionario, en ese mismo orden de aspiraciones también se encontraba la (justa) lucha contra la burocracia. Sin embargo, convendría no ser más papistas que el papa. Hasta los mismos partidarios de la autogestión yugoslava reconocen que en sí misma dicha forma de gestionar las empresas no garantiza automáticamente la eliminación de la burocracia. Incluso puede llegar a reproducirla en otra escala y en otros planos: “el anquilosamiento de las condiciones de la autogestión en determinados mecanismos —esto es, su congelación en órganos— que opera en nuestros países como tendencia vigorosa, puede crear un nuevo terreno para la reproducción de condiciones burocráticas” (11).

Analizando críticamente aquellas experiencias que apelan al interés material directo para elevar la productividad, el Che Guevara le escribió a Fidel Castro: “El interés material individual era el arma capitalista por excelencia y hoy se pretende elevar a la categoría de palanca de desarrollo, pero está limitado por la existencia de una sociedad donde no se admite la explotación. En esas condiciones, el hombre no desarrolla todas sus fabulosas posibilidades productivas, ni se desarrolla él mismo como constructor consciente de la sociedad nueva. Y para ser consecuentes con el interés material, éste se establece en la esfera improductiva y en la de los servicios… Esa es la justificación, tal vez, del interés material a los dirigentes, principio de la corrupción, pero de todas maneras, es consecuente con toda la línea del desarrollo adoptada en donde el estímulo individual viene siendo la palanca motora porque es allí, en el individuo, donde, con el interés material directo, se trata de aumentar la producción o la efectividad” (12).

Adelantándose a los partidarios del socialismo mercantil que promueven un Estado flaco, sólo reducido a la defensa, la educación y la salud, pero que deja en manos de “los sectores económico no estatales” el resto de la economía, el Che continúa diciéndole a Fidel Castro: “¿Qué sucede ahora? Se revelan contra el sistema pero nadie ha buscado donde está la raíz del mal; se le atribuye a esa pesada lacra burocrática, a la centralización excesiva de los aparatos, se lucha contra la centralización de esos aparatos y las empresas obtienen una serie de triunfos y una independencia cada vez mayor en la lucha por un mercado libre. ¿Quiénes luchan por esto? Dejando de lado a los ideólogos, y los técnicos que, desde un punto de vista científico analizan el problema, las propias unidades de producción, las más efectivas claman por su independencia. Esto se parece extraordinariamente a la lucha que llevan los capitalistas contra los estados burgueses que controlan determinadas actividades. Los capitalistas están de acuerdo en que algo debe tener el Estado, ese algo es el servicio donde se pierde o que sirve para todo el país, pero el resto debe estar en manos privadas. El espíritu es el mismo; el Estado, objetivamente, empieza a convertirse en un estado tutelar de relaciones entre capitalistas. Por supuesto, para medir la eficiencia se está utilizando cada vez más la ley del valor, y la ley del valor es la ley fundamental del capitalismo; ella es la que acompaña, la que está íntimamente ligada a la mercancía, célula económica del capitalismo” (13).

Esa propuesta, crítica de la planificación socialista, no quedó históricamente reducida a Yugoslavia. Luego se adoptaron esos criterios en Polonia, Checoslovaquia y Alemania oriental (la antigua República Democrática Alemana, RDA). La experiencia se generalizó. ¿Los resultados…? A la vista.

Los compañeros y amigos de América Latina que proponen para el siglo XXI la receta del socialismo.

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