octubre 31, 2020

Descolonización y anticapitalismo

por: Raúl Prada Alcoreza

Parece que la clave de la discusión de la coyuntura del proceso radica en cómo resolver la necesaria articulación entre la lucha anticolonial, que con el tiempo se transformó en una lucha antiimperialista y también en una lucha descolonizadora, con la lucha anticapitalista, con la lucha de emancipación proletaria, en contra de la explotación del capital, de las formas de acumulación del capital. La pregunta en términos sociales y políticos puede traducirse del modo siguiente: ¿cómo articular la perspectiva de los movimientos sociales, de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos con la perspectiva del proletariado? Ciertamente no podemos contentarnos con el uso del términopueblo, que es demasiado amplio, aunque la convocatoria antiimperialista acude a la movilización del pueblo contra la dominación e intervención imperialista. En el análisis de esta posibilidad, de la posibilidad de una articulación compleja y múltiple, que encare la combinación y composición de la lucha descolonizadora y anticapitalista, aparecen varios problemas. Detengámonos en algunos de ellos, sobre todo los más determinantes.

La perspectiva de los movimientos sociales se configura desde las capacidades inherentes de resistencias y auto-convocatorias autogestionarias de los sujetos y subjetividades interpelantes de las instituciones, las leyes, los ordenamientos jurídicos, políticos y sociales, las limitaciones económicas impuestas por las realidades económicas concretas. La perspectiva de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos deviene de las luchas anticoloniales del siglo XVIII; se trata de una acumulación política y cultural, de una interpelación a las formas del colonialismo, la colonialidad, incluso en sus herencias y condiciones poscoloniales. La perspectiva proletaria ha sido construida en la lucha económica y política de los trabajadores, con incidencia del discurso marxista y de las formas de organización partidista, que apunta a la revolución de los trabajadores contra las formas de explotación, de subsunción, de acumulación del capital. En las condiciones de los países periféricos, esta lucha adquirió las formas de una lucha antiimperialista combinadas con las formas de una revolución que se nombró como ininterrumpida, permanente, guerra prolongada. En Bolivia adquiere el diseño de un programa de transición que combina las tareas propias del proletariado que apunta a una sociedad sin clases y las tareas no cumplidas por la burguesía nacional. En la jerga de los militantes se hablaba de la combinación de las tareas socialistas y las tareas democrático-burguesas. Esta interpretación se puede adscribir bien a las tesis sobre el desarrollo desigual y combinado, también a las tesis orientales elaboradas por Lenin, Trotky y Mao Zedong sobre el desplazamiento de la revolución a los países dominados por imperialismo, con incipiente desarrollo industrial y poblados preponderantemente por campesinos.

Estas tres perspectivas, corresponden a distintas temporalidades, a distintos campos problemáticos, aunque también se superponen en contextos de realidad compartidos, conformados en la complejidad del sistema-mundo capitalista. Estas perspectivas han convivido de manera entrelazada en el estallido de la crisis múltiple del Estado y del proyecto neoliberal durante el periodo de movilizaciones de 2000 a 2005. Ciertamente, se puede notar, que los discursos preponderantes en este periodo, incluso desde antes, durante la última década del siglo XX, van a ser los discursos autogestionarios y auto-determinantes de los movimientos sociales, también los discursos críticos del colonialismo interno y de la de-colonialidad. En cambio el discurso obrerista y los discursos izquierdistas van a quedar rezagados, afectados por el derrumbe del movimiento obrero con la derrota de la Asamblea Popular (1971), también afectados por la derrota del gobierno de la Unidad Democrática y Popular (UDP; 1984), derrotas patentizadas con la frustración de la marcha por la vida de los mineros, que trataban de impedir la relocalización y el cierre de los centros mineros (1986). Lo que viene desplegándose desde la guerra del agua (abril de 2000) es la conformación de una perspectiva descolonizadora, plurinacional, comunitaria y autonómica. Perspectiva expresada en la concurrencia de distintos discursos, indianistas, populistas, nacionalistas, izquierdistas, también autonomistas, que no terminan de irradiar su propia hegemonía. Sin embargo logran darle una textura a la escritura de la Constitución Política del Estado. Esta convivencia discursiva, que no logra configurar una formación enunciativa plasmada, ha durado aproximadamente y dramáticamente la dificultosa temporalidad de la primera gestión de gobierno. Los primeros problemas aparecen en la propia Asamblea Constituyente, durante el proceso constituyente, también aparecen en el conflicto de Huanuni en el enfrentamiento entre mineros trabajadores de COMIBOL y cooperativistas mineros (2006). Sin embargo, los problemas de convivencia discursiva y de perspectivas se hacen acuciantes después de la aprobación de la Constitución, cuando hay que asumirla y aplicarla, con el objetivo de las transformaciones institucionales y estructurales económicas, políticas, sociales y culturales. Los enfrentamientos con el CIDOB, que exigía el cumplimiento de la Constitución, de los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, el respeto al territorio indígena y a las áreas protegidas, muestran patentemente el choque de enfoques diferentes, de discursos ya contradictorios y de perspectivas políticas distintas. El enfrentamiento se da entre un discurso populista-nacionalista y un discurso indianista descolonizador. También los enfrentamientos en Caranavi con las organizaciones sindicales campesinas y las instituciones locales muestran patéticamente que no es fácil conjugar intereses locales y los intereses del gobierno, perspectivas burocráticas institucionales y demandas específicas de desarrollo local. Hay pues una crisis del discurso campesino y del discurso populista. Así mismo, los enfrentamientos en el departamento de Potosí, con el Comité Cívico de Potosí, acompañado por otras instituciones y organizaciones del departamento, muestran las complicaciones del discurso autonomista, pero también muestran las contradicciones inherentes entre las regiones y la estrategia del gobierno central.

Avanzando en la revisión de los conflictos, podemos observar claramente que la crisis del gasolinazo ha destapado profundas contradicciones latentes del proceso (fines de 2010). El levantamiento popular contra el decreto de nivelación de precios muestra patéticamente el desarrollo de la contradicción entre las políticas públicas y el pueblo. Esta contradicción se ha vuelto el rasgo fuerte de la coyuntura crítica del proceso. Hay demandas económicas insatisfechas, también hay demandas políticas, que tienen que ver con la participación social en el marco de la democracia participativa, contradicciones en las lecturas del proceso de nacionalización. Después del decreto 748, de su abrogación, los precios de los bienes, sobre todo de los alimentos, subieron para no bajar, ocasionando grados de intensidad en el incremento de la inflación. Frente a esta situación, la COB reclama un incremento salarial acorde a la situación. El gobierno responde con un incremento del orden del 10%, empero la COB rechaza esta oferta y opta por una lucha salarial y económica, con algunos ribetes de crítica política, desatando un conflicto social en las principales ciudades capitales, sobre todo en la sede de gobierno. Este conflicto deriva con una prolongada movilización, en marchas y bloqueos de caminos, que sólo consigue arrancar al gobierno un 1% más de incremento sobre el 10% ya ofrecido. Podríamos decir que se ha movido una montaña para parir un ratón. Sin embargo, las características mismas del conflicto nos muestran tendencias a la reorganización del proletariado en el contexto de un proceso en crisis. Por eso es menester analizar las posibilidades de los sujetos involucrados, de sus perspectivas, sus discursos y sus estrategias políticas.

Al respecto, la hipótesis interpretativa que podemos lanzar se expresa de la siguiente manera:

No se puede ser consecuentemente anticapitalista si no se es consecuentemente anticolonial, por lo tanto descolonizador; tampoco se puede ser consecuentemente descolonizador si no se es consecuentemente anticapitalista. Por lo tanto, es indispensable para salir del estancamiento del proceso, de la crisis política de la coyuntura, articular ambas estrategias, la anticapitalista y la anticolonial. Esto en términos organizacionales significa resolver las diferencias entre los sindicatos urbanos y los sindicatos campesinos; en términos políticos significa una discusión profunda sobre los alcances y límites de los discursos en concurrencia, proyectando la construcción consensada de una formación enunciativa que dé cuenta de la complejidad de la transición transformadora. En otras palabras, se requiere de una perspectiva que interpretante del diálogo necesario entre proletarios, movimientos sociales y naciones-pueblos indígenas originarios campesinos. En términos teóricos se requiere elaborar una estrategia anticapitalista y descolonizadora; en términos prácticos se requiere responder a la pregunta sobre cómo articular la demanda de desarrollo de los trabajadores y la demanda por la soberanía alimentaria de los campesinos, decodificada en la perspectiva ecológica de armonía con los seres vivos de la madre tierra de las naciones y pueblos indígenas originarios.

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