octubre 22, 2020

La Espectacularización mediática: La boda real, la beatificación de Juan Pablo II y la venganza/ajusticiamiento de Bin Laden

Partiendo de un análisis de los orígenes de la espectacularización, la autora nos propone un agudo ensayo sobre cómo el recurso a la puesta en escena de eventos mundiales específicos, donde se explota el carisma de los personajes, se ha transformado en el nuevo recurso de manipulación de masas, donde nuestro afán “voyerista” termina predominando y posicionándonos como espectadores en este “gran teatro del mundo”.

La espectaculariza-ción mediática actual es responsabilidad de Joseph Goobels, amigo íntimo y ministro de propaganda de Adolfo Hitler, bautizado como el evangelista del nazismo por su extraordinaria retórica mesiánica, asentada tanto en sus vastos conocimientos de literatura, historia, arte y lenguas clásicas como en su talento natural para la manipulación y la seducción no sólo verbal, porque aunque los registros dan cuenta que sus atributos físicos no eran precisamente los de una persona simpática, desplegaba todo un arsenal de cualidades para dejar brillar su carisma.

Merced a ello, sus máximas conceptuales terminaron transformándose en frases célebres, en las cimientes de la seducción mediática, principalmente de la televisión, la publicidad, la propaganda política, obviamente de la cinematografía y por supuesto, del tratamiento noticioso audiovisual, como las que citamos a continuación: “Una mentira mil veces repetida…. se transforma en verdad”. “Hay que convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave”, que refleja el principio de la exageración o desfiguración. O: “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”, que expresa otro principio más de autoría de Goobels, el de la vulgarización.

Así, desde los años 30 a la fecha, estas máximas se sofistican permanentemente a la luz de las nuevas tecnologías de la difusión masiva y la espectacularización legada por el evangelista del nazismo, que hoy se han transformado en el sello de la cultura audiovisual global y local, como lo demuestra la reciente cobertura de tres hechos noticiosos: i) una boda real de larga tradición monárquica e imperial, en tiempos de supuesta modernidad o postmodernidad, que se instala en el panorama informativo para reforzar el imaginario y sueño patriarcal de los cuentos de hadas; ii) la beatificación de Juan Pablo II, consecuente con la optimización retórica y mediática del Vaticano, invisibilizando la pedofilia extendida al interior de la propia institucionalidad eclesial, las indemnizaciones millonarias por abusos sexuales a lo largo del mundo católico o las acusaciones de conspiración de la cúpula del Vaticano durante su papado contra el avance de los derechos sexuales y reproductivos y el reconocimiento de derechos de homosexuales, lesbianas, bisexuales, travestis o transgénero; y iii) la muerte de Osama Bin Laden, multimillonario financiado por la CIA norteamericana para enfrentar la invasión soviética en Afganistán e ideólogo del grupo terroristas Al Qaeda, que se atribuyó los ataques al World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, lo que desató la guerra contra el terrorismo y la lucha contra el “eje del mal”, provocando la invasión y ocupación norteamericana en Afganistán y posteriormente en Irak con la muerte de Saddam Husein, Aunque nunca se confirmaron la existencia de armas de destrucción masiva, ni sus vinculaciones directas con Al Qaeda, la guerra contra el terrorismo se afianzó con la inversión de cientos de millones de dólares. No obstante ello, la recompensa por Osama Bin Laden de 50.000.000 de dólares a la fecha no ha sido entregada a las personas torturadas de Guantánamo quienes hicieron posible la ubicación de Bin Laden.

Hechos noticiosos que con la misma vertiginosidad que se adueñaron de las pantallas televisivas, las aperturas de página de los principales diarios del mundo, incluidos los nuestros, y los distintos medios de difusión masiva como el Internet sedujeron a millones de audiencias a lo largo del mundo, gracias a la espectacularidad en el tratamiento informativo bajo soportes comunes: cercanía incuestionable ante los hechos por la simultaneidad e inmediatez de los medios masivos, proximidad casi familiar con los protagonistas de la noticia, las sonrisas cautivantes de la plebeya a punto de convertirse en princesa, la del joven príncipe, la imagen sublimada de Juan Pablo II y la dotación de santidad gracias a la indumentaria papal y, paradójicamente, el rostro carismático de Osama Bin Laden, de reminiscencias religiosas islámicas e incluso judeo cristianas.

Al calor del carisma

En todo caso, uno de los elementos comunes de los hechos noticiosos mencionados es sin duda la amplificación del carisma de los protagonistas, como bien lo habían definido hace milenios los griegos: ese regalo divino, esa cualidad ligada a la apariencia física, la simpatía que provoca en las demás personas, la calidez de miradas, sonrisas, el magnetismo de la personalidad, de la forma de ser. Éstas, desde la esfera mediática, son cualidades que se trabajan, que se exaltan y comprobamos así que las bases detectadas por Goebbels dieron paso a sendos estudios desde disciplinas como la sociología, la psicología y la comunicación social, además de la publicidad, el marketing y la propaganda o comunicación política y las industrias del entretenimiento. Ello con el fin de resaltarlas al máximo gracias a todo tipo de estrategias como el dominio de sí mismo ante cualquier puesta en escena, el juego de miradas, el uso de la voz, la sonrisa y la posición de la persona frente a las cámaras y los micrófonos.

Max Weber ícono de la sociología, denominaba a esta condición la autoridad carismática. Por su parte, Roger Ailes, experto en comunicación política, actual directivo del emporio Fox News y asesor de comunicación de Richard Nixon, Ronald Reagan y George Bush padre, trabajó desde la premisa “¡Tú eres el mensaje!”. Y afirmaba que las personas simpáticas gozan de mayor credibilidad por la empatía que generan, aspectos que desde el lente de la cámara no dan margen a la discusión. A ello se atribuye, por ejemplo, la pérdida de Nixon frente al carismático, joven y sonriente John F. Kennedy luego de un histórico debate en televisión.

¿Se imagina un Bin Laden sin pelo por el paso del tiempo, de rostro arrugado, de ojos claros u oscuros inexpresivos y sin rastro de sonrisa e su rostro? No en vano a lo largo del mundo luego de su aparición surgió una iconografía que lo situó, desde la construcción de la subjetividad mediática, en los márgenes de la rebeldía, de la venganza o revancha contra el imperio, se vendieron miles de poleras con su rostro, durante los años 2000, en diversas paredes del mundo su imagen se estampó con frases alusivas a libertad, juventud, irreverencia y reivindicación, algunas incluso emblemáticas como aquella que dice “¿y dónde estaba Superman?”.

Por ello, no es casual el temor que genera la difusión de imágenes de su cadáver o del lugar donde murió, porque simplemente alimentarán el mito, ya que entre las paradojas con las que edificamos nuestros referentes míticos e históricos, ese tipo de iconografía siempre ha estado presente. Basta echar una mirada a la historia del arte principalmente religioso, como bien apunta el periodista español Paco Gómez Nadal, ese “delirio de imágenes fúnebres y funestas heredadas, del martirio cristiano”. Así también puede justificarse la desaparición inmediata del cuerpo en las supuestas profundidades del mar y es que todo mensaje o construcción comunicativa es manipulable.

Lo mismo ocurre con los príncipes consortes. ¿Imagina usted una futura princesa parecida a Lady Gaga o a Beyoncé? Impensable, porque los códigos de la realeza británica se rigen por protocolos estrictos casi de tradición —bizantina—, desde el relacionamiento social hasta la amplificación mediática y global, con protocolos rigurosos en los especifican claramente las estrategias de comunicación política del Palacio Buckingham, por las condicionantes impuestas no sólo por la consolidación de emporios mediáticos transnacionales, sino también por la presencia global y casi totalizadoras de televisión e Internet, con sus respectivas particularidades. Algunos de esos aspectos quedan tímidamente abordados en la película actualmente exhibida en algunas pantallas nacionales “El Discurso del Rey” galardonada recientemente con un premio Oscar.

Así se explica el suceso global y mediático de gran repercusión desde el pasado año de esta boda: había la suficiente experiencia para ello. Recuerden la majestuosidad de la boda de Lady Di desde la cobertura principalmente televisiva o las permanentes coberturas globales a las infidelidades de Carlos, los actos de beneficencia de la hermosa y atormentada Diana o el matrimonio del príncipe viudo con su histórica amante pero, además, el cuidadoso sepelio de la Princesa Diana muerta dramáticamente junto a Dodi Al Fayed, carismático y joven empresario egipcio, en una huída contra el infernal asedio de los famosos paparazzi.

Y ante la tragedia de la muerte, las vidas dramáticas, las rupturas o las infidelidades y distanciamientos entre la realeza británica, esos protocolos comunicativos al momento de las exequias, lograron mitigar la hostilidad global hacia la monarquía gracias a cuidadas puestas en escena para los medios de todo el mundo, considerando que ese país asienta mucho de su identidad en la fuerza simbólica de su monarquía.

Reforzamiento de identidades, simbologías, ritualidades

Julio Cesar Herrero afirmaba en un sendo análisis del funeral de la princesa Diana que los responsables del protocolo desplegaron una tarea de auténtica ingeniería televisiva con la BBC, la cadena que distribuiría la señal a lo largo del mundo, por lo que todo entramado del complejo lenguaje televisivo fue revisado al máximo para lograr la mayor efectividad: “La importancia concedida a la imagen y al sonido, la capacidad de transmitir el acontecimiento ceremonial a cualquier lugar, dan pie a una ‘retórica de la transmisión’; ésta impone su lógica en la dramatización y lo hace mediante la opción que opera acerca de qué es lo que muestra combinando los diferentes planos de la escena y cómo han de ser presentados los personajes centrales…”, aludiendo a su vez al experto en puestas en escena mediáticas George Balandier.

Al igual que la boda del príncipe Guillermo, en el sepelio de Diana en la televisión se tuvo el cuidado de poner todo en su lugar en la retransmisión del evento a nivel mundial; claro que luego de horas de rigurosa planificación, porque se tuvieron que matizar las imágenes en directo con inserciones de imágenes de archivo e imágenes captadas en diversos escenarios en los que se desarrollaban los acontecimientos y para posibilitar el acercamiento de las audiencias con los diferentes escenarios en los que tuvieron lugar los mismos. Pero, además, en el caso de esa sociedad, permite el reforzamiento de identidades y creencias veteranas en torno a simbologías, ritualidades y tradiciones comunes en un contexto como el británico, que se hace extensivo a una sociedad global que presenció el hecho televisivo como propio a cientos de miles de distancia no sólo física sino también de particularidades culturales. La imaginería patriarcal fue significativamente reforzada a lo largo del mundo a través del cuento de hadas que nuevamente se hizo realidad. Una plebeya había cautivado al joven y carismático príncipe. No es casual que en torno al hecho fluyeron cientos de millones de dólares por coberturas, fotos primiciales, señales de televisión, auspicios, transmisiones en directo, en fin, una parafernalia mediática ya indispensable en la sociedad actual y ni qué decir de los y las televidentes, millones de personas en distintos continentes presenciando la boda en directo sin importar cambios de horario o disímiles cosmovisiones. La espectacularización noticiosa de una boda se convirtió en la primicia obnubilando otros hechos de relevancia informativa como guerras, invasiones o muertes de población civil, principalmente niños y mujeres, en distintos puntos del mundo árabe, entre otros.

En todo caso, la espectacularización de la realidad siempre ha transitado entre esas aguas y las de la ficción, ampliamente desarrollada por el cine desde principios de siglo. En el caso de la boda real, el hecho noticioso no ha terminado ya que el padre de Dodi al Fayed, el magnate dueño de los famosos y exclusivos almacenes Harrods, en unos días presenciará en el Festival de Cine de Cannes un anticipado polémico documental cuyo título parece decirlo todo: “Ejecución Ilegal”, donde se trata de desentrañar el misterio o conspiración de las altas cúpulas británicas en torno a la muerte de la carismática princesa Diana, lo que sin duda ofrecerá otras aristas para detonar cientos de coberturas informativas y por demás apetecibles para la espectacularización.

En el caso de Juan Pablo II, lo mediático responde a la tradición retórica y a las ritualidades ya milenarias para cautivar a las audiencias, por lo que la espetacularización del hecho estaba garantizada para mitigar cualquier sombra de deslegitimación gracias al carisma del potífice, cuyos asesores comunicativos supieron exaltar y no dejar ninguna presentación pública suya al azar. Cada puesta en escena estaba cuidadosamente planificada y fue brillante el modo en que se supo manejar no sólo los encubrimientos de pedofilia del famoso obispo Marcial Masiel sino la serie de actos conspirativos para coadyuvar al declive de la Unión Soviética desde la cúpula misma del Vaticano y que se recogen no sólo en realidades ficcionadas del mundo literario, sino en una serie de periódicos, películas y hoy en la red.

Así nos lo recuerda Eric Frattini en su obra “Los espías del Papa” o Carl Bernstein, el autor del libro sobre el escándalo de Watergate que causó la dimisión de Richard Nixon, en su obra “Su Santidad: Juan Pablo II y la historia oculta de nuestro tiempo”. En ella, se refleja en detalle las operaciones secretas del Vaticano, principalmente en Polonia, con los grupos opositores al comunismo hasta derivar en un Golpe de Estado, cuyas cúpulas máximas impulsan el papado de Karol Wojtyla debido a su carisma extraordinario capaz de influenciar y movilizar no sólo a los sindicatos católicos y otros movimientos de Polonia, sino de otros contextos, luego de que el Papa hizo declaraciones abiertas contra el comunismo.

Cruzada contra los derechos

Pero para las mujeres, la conspiración vaticana durante el papado de Juan Pablo II contra nuestros derechos sexuales y reproductivos fue una especie de cruzada muy bien planificada y a la que se denominó “cultura de la muerte”, a través de la cual la iglesia católica del mundo condenó el uso de anticonceptivos y la interrupción de embarazos, incluso los de riesgo de muerte de la madre. Y ni qué decir de la condena medieval e inquisidora de personas de otras identidades u orientaciones sexuales, que de manera análoga a las plataformas simbólicas de la esfera de las ideas y creencias como George Bush las situó en el eje del mal, del pecado mortal.

Pero para cerrar el escenario de la Espectacularizaciónn mediática, hay que señalar que la efectividad de su despliegue la completan las audiencia, nosotras y nosotros, gracias a entrenamiento operado sobre nuestras sensibilidades y percepciones por el cine desde inicios del pasado siglo para agudizar consciente o inconscientemente nuestra tendencia natural al voyeurismo y a la escopofilia, al placer de ver, de introducirnos gracias al lente de la cámara a la intimidad de los otros. Por ello no es casual el éxito descomunal de los reality shows en diversos continentes del mundo.

Por ello, desde hace décadas, la información ha desplegado su potencial también voyerista y escopofílico apelando a recursos del lenguaje cinematográficos como la ficción, la dramaturgia, efectos especiales, música, cuidadosas puestas en escena, teatralización, ángulos narrativos para amplificar el sensacionalismo, la comedia o el drama, como bien enfatizaba el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky al referirse a la espectacularización informativa, señalando que la cobertura noticiosa principalmente televisiva transformaba a la vida política en espectáculo, destacando hechos secundarios, irrelevantes, atentando incluso contra la vida privada, haciendo y deshaciendo arbitrariamente los hechos, pero, además, trivializando el dolor, las tragedias, la muerte. Todo para que nosotros/as, las audiencias, consumamos actualidad escenificada, lo catastrófico o lo real a distancia, a manera de animación hiperrealista y emocional de la vida cotidiana, como un show semi-angustiante, semi-recreativo que marca el ritmo de las sociedades individualistas del bienestar.

Atrás quedó la convicción del famoso periodista Ryszard Kapuscinski —cronista de varias guerras—, cuando afirmaba que los medios de comunicación trabajan con la materia más delicada de este mundo: la gente. Con nuestras palabras, con lo que escribimos sobre ellos, podemos destruirles la vida….

*     Feminista queer y periodista

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