octubre 20, 2020

El militante Rogelio

Hace días hallé a Calixto Pacheco en un pequeño poblado del norte chileno. Siete años atrás lo conocí en medio de suelas y calzados propios de su oficio de zapatero remendón. Luce idéntico a entonces. Vive en una pequeña casa en una población construida con la ayuda social del gobierno de Bachelet. Sus vecinos ignoran que en marzo de 1970, se despidió de América, su joven esposa. Abandonó todo, y solo arropado por sus ideas trepó a un jeep y enrumbó a la fronteriza Ollague. Tomó el tren hasta La Paz y luego recaló en Cochabamba. El 19 de julio engrosó la columna guerrillera que ocupó las instalaciones de la empresa norteamericana SAPI. Luego, junto a otros 66 hombres del ELN, cruzó el río del Kaka. Bajo el peso de su mochila y su fusil Garand se introdujo al monte agreste, resguardado con el nombre de guerra deRogelio. Militaba en el Partido Socialista de Chile, pero lo abandonó para abrazar el foquismo y el guevarismo. Tenía 34 años y una vida de miseria sobre los hombros. Mi madre, me dice, me daba un solo fósforo para prender la leña. No había para más. En la guerrilla, aquel tiempo de extrema escasez, le sirvió para armar fogatas en las condiciones más difíciles. El 1 de septiembre casi se ahogó en el río Chimate, bajo el estruendo y la metralla de los proyectiles de los morteros castrenses. Dos semanas más tarde, la guerrilla ya no existía. Sufrió hambre y sintió temor. Una dramática jornada de octubre, con la derrota acechante como fantasma, se desprendió de la columna en armas. Se acostó a esperar que la muerte lo alcance. La Parca pasó de lado. No lo vio o lo ignoró y fue tras otros guerrilleros a los que sí tocó con su guadaña, uno tras otro. Rogelio sobrevivió al hambre, al desconcierto y al cerco militar. Regresó a Chile y su partido socialista. Cuando el imperio del norte y la oligarquía local derrocaron a Salvador Allende, luchó con denuedo contra la dictadura militar. Escapó una vez más a la muerte.

En las paredes de la habitación observo fotos de Allende. Sagas, decidido y políticamente comprometido, su entrega es reconocida por sus compañeros. A 41 años de Teoponte, ya no cree en el foquismo, pero no reniega de su experiencia en la selva boliviana. Internacionalista como cuando se dispuso a vencer o morir en Teoponte, no duda: Bolivia tiene derecho al mar. Si por él fuera nos lo devolvería integro, con peces, arena y puerto incluido. Palabras desafiantes, cuando el nacionalismo, pese a su chatura, amenaza con ahogarnos en un mar de pasados.

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