octubre 26, 2020

Bolivia y una estrategia para ganar a Chile

El presidente de Chile, Sebastián Piñera, ha afirmado que el tratado de 1904, con el que se pretendía dar por clausurada la demanda marítima boliviana, ha garantizado durante 106 años la paz entre ambos países. Las palabras del jefe de estado del país vecino no merecerían mayor comentario si ese mismo día el Titular de Defensa chileno no hubiese encabezado un ejercicio conjunto de sus fuerzas armadas en el desierto de Atacama, con el despliegue de armamento moderno.

Ambas situaciones —las palabras de Piñera y el ejercicio conjunto— conducen a un innecesario y peligroso ambiente de agresividad de las autoridades chilenas, más aun cuando existe la prueba histórica de que una guerra mutiló el territorio boliviano y nos cercenó una salida soberana al Pacífico.

Todo este cuadro de situación, que se ha profundizado desde la llegada de la derecha chilena al poder, no corresponde a un siglo XXI, donde los gobiernos y los pueblos deberían hacer el gran esfuerzo de aportar a la paz a partir del reconocimiento de que la guerra no da derechos y más bien a trabajar para construir la unidad y la integración latinoamericana.

Lo que está haciendo Bolivia, a partir de la cláusula de reserva incorporada al Pacto de Bogota (orientado a la resolución pacífica de controversias entre estados) es desconocer los alcances del Tratado de 1904 que, ya sea por temor a una nueva guerra o por acción anti-patriótica del gobierno boliviano de ese entonces, en los hechos empujaba al estado boliviano a admitir su renuncia a una salida al Pacífico.

Desde la perspectiva boliviana todo apunta a que se debe formular una estrategia en la que se construyan escenarios de resolución estatal del conflicto y también de una amplia participación de la población de ambos países. Para lograr un resultado exitoso se requiere, sin embargo, una articulación satisfactoria entre el gobierno y la sociedad civil de Bolivia, pero al mismo tiempo trabajar y/o esperar la desarticulación de esa negativa compacta del lado chileno, al menos desde las organizaciones de la sociedad civil.

Es decir, siguiendo la línea de reflexión anterior y apelando a uno de los conceptos del intelectual René Zavaleta, las posibilidades de un retorno boliviano al Pacífico serán mayores en la medida que Bolivia logre el “optimo social” que no tuvo en la guerra del Pacífico y Chile pierda lo que tuvo ese momento y lo ha mantenido hasta ahora. El primer escenario está en dependencia de lo que se haga dentro de nuestras fronteras, de la capacidad que tenga el gobierno de alcanzar un Gran Consenso Plurinacional en torno al tema. El segundo escenario dependerá de lo que puedan hacer los sectores que en ese país tienen conciencia sobre las enormes pérdidas que Bolivia tiene por carecer de una salida soberana al mar. Para eso, sin embargo, hay que tener el cuidado de no hacer las cosas de tal manera que en vez de incorporar el debate en la sociedad chilena más bien cerremos las puertas, hagamos florecer anticuerpos y dejemos mal parados a los que han mostrado solidaridad con la causa boliviana desde hace años.

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