octubre 21, 2020

Violencia contra las mujeres: buscando explicaciones

Con el presente artículo cerramos una serie destinada a poner en debate la violencia contra las mujeres en la sección “Diversidades” del Semanario La Época. El primero abrió el debate mostrando cuán “universal” es este problema, a través de la denuncia de intentos de retroceso de la normativa de protección al derecho de las mujeres a vivir sin violencia en Puerto Rico. El segundo mostró cifras nacionales que dan cuenta que estamos lejos de ponerle un alto. La violencia contra las mujeres se acrecienta con signos aterradores en sus consecuencias: la muerte, irreparable y al mismo tiempo impune. El tercero mostró casos concretos, porque cada mujer que sufre violencia no es ni debiera ser una cifra en las estadísticas, tiene nombre y apellido, tiene una historia que contar. Aquí pretendemos buscar explicaciones a la pregunta de cómo y por qué es posible que las mujeres sufran violencia en nuestras sociedades.

Expresiones de la incomprensión y la naturalización de la violencia contra las mujeres

Tómese nota que hoy jueves 26 de mayo de 2011 no es un día particularmente destinado a poner en relieve el tema de la violencia contra las mujeres; sin embargo, entre los titulares de la prensa, leemos:

    “La violación es la primera causa del feminicidio” (La Razón, La Paz)

    “Cada tres días matan a una mujer en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz” (Red ERBOL)

    “Mujeres cochabambinas aterradas se movilizan contra la violencia y la impunidad” (Opinión, Cochabamba)

    “Casos de feminicidio llegan a 17 en La Paz” (Cambio, La Paz)

    “Índice de feminicidios se dispara en Bolivia” (El Mundo, Santa Cruz)

Algunas amigas mías se niegan a admitir que la violencia sea un problema de magnitud mayor. Piensan incluso que las mujeres que la sufren “son tontas”, “no saben defenderse”, “lo permiten”, quizás hasta “se lo merecen”. Algunos amigos míos protestan cuando les hablo del tema y señalan que “también los hombres sufren violencia por parte de sus parejas, no sólo las mujeres”. No falta quien comenta que le tocó ver cómo un hombre maltrataba a una cholita en la calle y ante su intervención ésta lo defendió diciendo “no te metas, es mi marido, tiene derecho [a pegarme]”.

El Ministerio de Salud ha llegado a acuñar la categoría de “violencia inter-genérica” en su “Lineamiento Estratégico del Buen Trato” 1 como si la violencia entre mujeres y hombres fuera recíproca, sin considerar que se trata habitualmente de una acción de abuso de poder de los hombres hacia las mujeres, fundada en principios patriarcales que otorgan a éstos la potestad de dominio sobre aquellas y que raramente sucede en relación inversa, lo que está estadísticamente demostrado.

Muchas mujeres víctimas de violencia señalan que no denuncian estos hechos ante las Brigadas de Protección a la Familia porque cuando alguna vez lo hicieron se enfrentaron a preguntas de las o los agentes de policía culpabilizándolas, cuando les plantean preguntas como: “… y tú ¿qué hiciste para que te pegara?, seguro que le has hecho renegar a tu marido”.

Pues bien, expresiones y visiones como las antes señaladas están mostrando algo verdaderamente preocupante y es que, pese a décadas de campañas, luchas e incluso normas aprobadas que protegen el derecho de las mujeres a vivir sin violencia, la sociedad en general no alcanza a ver la magnitud del problema. En un artículo previo ya mostramos algunas cifras y no vamos a redundar en ello, pues aquí intentamos buscar explicaciones científicas que ayuden a personas particulares y especialmente a las “autoridades competentes” a abrir los ojos, a poner atención, a dejar de observar con indiferencia una situación que afecta a centenas de miles de mujeres en todo el mundo y también en nuestro país.

En la búsqueda de explicaciones a este grave problema social intervienen diversas disciplinas ligadas a las ciencias sociales, de la salud, jurídicas y políticas; cada una de ellas aporta alguna mirada particular y todas juntas muestran que no existe una explicación simple a este fenómeno. No se puede atribuir a una sola causa el hecho de que las mujeres en todas partes del mundo se encuentren sometidas al terror de la violencia. Veamos algunas de ellas.

Patriarcalismo

Cuando se trata de saber por qué la violencia contra las mujeres es un fenómeno tan extendido en el planeta, personalmente no encuentro mejor explicación que la hallada por las feministas cuando denuncian al patriarcado como un sistema perverso que ha otorgado a los hombres adultos la potestad del dominio sobre todas las personas de su entorno. El patriarcado es:

“un concepto redefinido por la teoría feminista a partir de los años setenta del siglo pasado y pieza clave para el análisis de la realidad sociocultural. Es una forma de organización política, económica, religiosa y social basada en la idea de autoridad y liderazgo del varón, en la que se da el predominio del hombre sobre las mujeres; del marido sobre la esposa; del padre sobre la madre y los hijos (…) Ha surgido de una toma de poder histórico por parte de los hombres quienes se apropiaron de la sexualidad y reproducción de las mujeres y de su producto, los hijos, creando al mismo tiempo un orden simbólico a través de los mitos y la religión que lo perpetúan como única estructura posible” 2.

Actualmente, el patriarcado hace parte de la estructura de poder en todas las sociedades del planeta, aunque, por cierto, no se expresa de la misma manera en todas las culturas; sin embargo, quizás por el hecho de que la cultura occidental se extendiera por todo el orbe a través de diversos procesos, más o menos violentos, se encuentre sus sentidos y significados en su tradición más antigua, lo que no significa que allá donde llegó no hubiera encontrado un ambiente propicio para arraigarla de forma definitiva.

Marcela Lagarde, antropóloga mexicana feminista, aporta los siguientes elementos 3:

“… definidos por un patriarcalismo más autoritario y, en general, de menor desarrollo socioeconómico, gobiernos, instituciones y organizaciones civiles, militares y religiosas de diversos países y sus poderosos hombres, defienden su derecho a oprimir y violentar a las mujeres. Sostienen asimismo, la desigualdad natural y la inferioridad de las mujeres en relación con los hombres. Ellos gozan de supremacía sexual, social, económica, política, jurídica y cultural, emanada, entre otras fuentes, de su poder de dominio sobre las mujeres”.

Es más, agrega y llama la atención sobre una tendencia actual muy preocupante:

“Cierta retórica misógina reivindica contenidos contrarios a los derechos de las mujeres y a favor de la dominación patriarcal. Es parte de creencias religiosas e ideologías identitarias de tipo genealógico, tribal y clánico, étnico, nacionalista y multiculturalista de signo relativista. Su defensa se realiza en el marco de conflictos postcoloniales, guerras o invasiones imperialistas de algunos países occidentales contra otros países. Son esgrimidos en controversia como respuesta a la pésima intervención de organismos internacionales en conflictos armados, hambrunas, epidemias y problemas de desplazamiento y refugio… Siempre se agudiza en confrontaciones de supremacismo cultural y de mundo. Se atribuye valor moral positivo a las normas, las prácticas y la cultura patriarcal por ser “propias” lo que en ese discurso significa verdaderas, auténticas, buenas, puras y, desde luego, mejores. Así se genera un supremacismo inverso y lo patriarcal propio es superior a los derechos humanos que no son propios, no son auténticos, son contaminantes de la invocada pureza cultural”.

Cuando leo esta advertencia no puedo menos que retrotraerme al momento actual que vive Bolivia. Desde cierto discurso indigenista o indianista se pretende desconocer los derechos de las mujeres bolivianas, aun cuando hubieran sido reconocidos en la CPE, bajo el criterio de que el patriarcado no es propio de las culturas indígenas y originarias, sino una herencia colonial que será desterrada en la medida en que se avance en el proceso de descolonización.

La teoría del ciclo de la violencia

Ahora bien, esta explicación resulta insuficiente y demasiado genérica cuando se trata de revelar por qué determinadas mujeres, en lo individual, como sujetas, pueden quedar sometidas a la violencia sin enfrentarla de manera decidida. La psicología aporta otras explicaciones que hacen más al orden subjetivo que a un problema de orden social estructural.

Leonor Walker (1979) desarrolló La teoría del “ciclo de la violencia”, según la cual la violencia doméstica y particularmente contra las mujeres suele producirse a través de un “círculo vicioso” que atrapa a las víctimas en una situación difícil de identificar y más difícil de evadir. Establece tres momentos del ciclo (ver gráfico 1):

    FASE UNO: LA ETAPA DE AUMENTO DE LA TENSION:

Durante esta etapa, ocurren incidentes de agresión “menores”. La mujer puede manejar estos incidentes de diferentes formas… generalmente intenta calmar al agresor a través de la utilización de técnicas que previamente han probado ser eficaces… puede ser condescendiente, puede anticiparle cada capricho, o puede permanecer fuera del camino de él. Ella le permite saber al agresor que acepta sus abusos como legítimamente dirigidos hacia ella. No es que ella crea que debería ser agredida sino, más bien, que ella cree que lo que hace evitará que su enojo aumente. Si ella hace bien su trabajo, entonces el incidente se acabará; si él explota, entonces, ella asumirá la culpa. En esencia, ella ha llegado a ser su cómplice al aceptar algo de responsabilidad por el comportamiento agresivo de él. A ella no le interesa la realidad de la situación, porque está intentando desesperadamente evitar que él la lastime más. Con el propósito de mantener este rol, ella no debe permitirse a sí misma enojarse con el agresor. Recurre a una defensa psicológica muy común, llamada por los psicólogos “negociación”.

    FASE DOS: EL INCIDENTE AGUDO DE AGRESION:

Hay un punto hacia el final de la fase uno en el cual el proceso deja de responder a cualquier control. Una vez que se alcanza este punto inevitable, tendrá lugar la siguiente fase: el incidente agudo de agresión. La fase dos se caracteriza por una descarga incontrolable de las tensiones que se han venido acumulando en la fase uno. Esta falta de control y su gran destructividad distingue al incidente agudo de agresión de los incidentes menores de agresión de la fase uno. Esto no quiere decir que aquellos incidentes de la fase uno no son graves y no constituyen un ataque injusto, pero son ambas, la seriedad con que los incidentes de la fase dos son vistos por la pareja, como su naturaleza incontrolable, las que marcan una diferencia entre las fases. Cuando los agresores describen estos incidentes agudos se concentran en justificar su comportamiento. Con frecuencia, relatan una gran cantidad de insignificantes molestias que ocurrieron durante la fase uno. Algunas veces culpan a la bebida o al exceso de trabajo. Rara vez, el gatillo, para iniciar esta fase dos, es el comportamiento de la mujer agredida; más bien, es generalmente un evento externo o el estado interno del hombre.

    FASE TRES: AMABILIDAD, ARREPENTIMIENTO Y COMPORTAMIENTOCARIÑOSO:

El final de la fase dos y el avance hacia la fase tres del ciclo de agresión es bienvenido por ambas partes. Así como la brutalidad está asociada a la fase dos, la tercera fase se caracteriza por un comportamiento extremadamente cariñoso, amable y de arrepentimiento por parte del agresor. Sabe que ha ido demasiado lejos y trata de compensar a la víctima. Es durante esta fase que se completa el proceso de hacer una víctima a la mujer agredida.

“Síndrome de Estocolmo” o adaptación paradójica a la violencia

Muchas mujeres maltratadas soportan la situación que viven con sus parejas porque sufren las mismas reacciones psicológicas que los prisioneros de guerra o que las víctimas de los secuestros. Se trata del conocido “Síndrome de Estocolmo”: una persona amenaza de muerte a otra y parece capaz de llegar al extremo de matar. La víctima no puede escapar y su vida depende de la persona que la ha hecho prisionera. El opresor se muestra cariñoso y violento, alternando ambos comportamientos.

“… el Síndrome de Estocolmo Doméstico sería descrito como un vínculo interpersonal de protección, construido entre la víctima y su agresor, en el marco de un ambiente traumático y de restricción estimular, a través de la inducción en la víctima de un modelo mental (red intersituacional de esquemas mentales y creencias). La víctima sometida a maltrato desarrollaría el síndrome para proteger su propia integridad psicológica y recuperar la homeostasis fisiológica y conductual” 4.

Parece absurdo ¿verdad?, pero suele suceder con demasiada frecuencia. Podría pensarse que este fenómeno sucede más entre mujeres poco instruidas, pero no es así

necesariamente. Cierto es que las mujeres con menores niveles de educación resultan más vulnerables a la violencia, pero entre mujeres de clases medias y altas, incluso con suficiente independencia económica como para hacer frente a sus agresores, la violencia aparece con estas características.

Tampoco es algo que suceda “de la noche a la mañana”, es un proceso paulatino a través del cual la víctima se ve atrapada sin darse cuenta; se produce por fases (ver gráfico 2):

¿Quiénes y cómo son los maltratadores?

Los maltratadores, contra toda lógica de sentido común, suelen ser “personas normales” a los ojos de la sociedad, condición que los protege de toda sospecha y los libera de toda culpa a la hora de ser señalados como personas agresivas. Mientras que fuera del entorno familiar se muestran como personas socialmente adaptadas y calmadas, es dentro de sus hogares que manifiestan su conducta agresiva y violenta.

El maltratador puede aparecer en cualquier contexto, clase social o nivel cultural y aunque es evidente que existen determinados factores de riesgo, su conducta no tiene que estar necesariamente ligada a estos factores. En el ochenta por ciento de los casos su conducta no está ligada al consumo de alcohol o drogas que, en todo caso, lo que harían no es marcar una pauta de comportamiento agresivo sino desinhibir sus impulsos en un momento determinado. Tiende a culpabilizar a la mujer y hasta mostrarse “preocupado” por su “histeria”, a la que atribuye las acusaciones de maltrato por parte de ella.

Los mecanismos que utiliza para evadir su responsabilidad son el utilitarismo (“sólo así hace lo que quiero”), la justificación (“fue ella la que me provocó”), el arrebato (“en ese momento no me di cuenta de lo que hice”) o el olvido (“ni siquiera me acuerdo de lo que hice”). Los celos patológicos, sean delirantes (surgidos de la falsa certeza de que el sujeto es engañado) o pasionales (surgidos de la inseguridad de perder la pareja), juegan un papel importante en la justificación de la violencia. Los sujetos que utilizan este argumento suelen sufrir de baja autoestima y dificultades de comunicación.

Pero, más allá de la psicopatología encubierta o descubierta de los maltratadores, existe un proceso de aprendizaje de la masculinidad que los orienta a convertirse en sujetos controladores y agresivos. Durante el proceso de producción del sujeto masculino, éstos suelen recibir y aprehender mensajes como: “no eres un verdadero hombre si no eres capaz de controlar a tu mujer” o “un verdadero hombre sabe cuándo es necesario utilizar la fuerza”. Por otra parte, los hombres suelen estar expuestos a la mirada de los demás y cualquier comportamiento “poco masculino” suele ser identificado como homosexual: “tu mujer te domina, ¿acaso eres maricón?”, y en el proceso de convertirse en “verdaderos hombres” aprenden la homofobia y el terror a ser identificados como tales.

En suma, en la violencia contra las mujeres confluyen factores individuales y sociales que requieren ser atendidos con igual preponderancia si se quiere, de verdad, erradicarla de la sociedad.

*     Psicóloga Social, militante por los derechos de las mujeres

1    Ministerio de Salud y Deportes/ Unidad de Promoción de la Salud. LineamientoEstratégico del Buen Trato 2011-2016. Tratarnos Bien Para Vivir. Serie: Documentos Técnico-Normativos. La Paz, 2010 (pág. 11)

2    REGUANT, Dolors (1996). La mujer no existe. En: http://www.stecyl.es/Mujer/

3    LAGARDE Y DE LOS RÍOS, Marcela El derecho humano de las mujeres a una vida libre de violencia. En: www.programamujerescdh.cl/media/images/…/

4    MONTERO, Andrés (2001). El síndrome de Estocolmo doméstico en mujeres maltratadas. En: http://www.nodo50.org/mujeresred/violencia-am.html

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