octubre 21, 2020

Egipto y la estrategia de Estados Unidos en la Primavera Árabe

Las tres potencias que han dominado el escenario de Oriente Medio durante todo el período de reflujo (1967-2011) son: Estados Unidos, patrón del sistema, Arabia Saudí e Israel. Se trata de tres aliados íntimos. Los tres comparten el mismo temor obsesivo a la emergencia de un Egipto democrático. Porque éste sólo podría ser antiimperialista y social, tomaría sus distancias del liberalismo mundial, condenaría a Arabia Saudí y a los países del Golfo a la insignificancia, reanimaría la solidaridad de los pueblos árabes e impondría a Israel el reconocimiento del Estado palestino.

Egipto es una piedra angular en la estrategia estadounidense para controlar el planeta. El objetivo exclusivo de Washington y sus aliados Israel y Arabia Saudí es conseguir que aborte el movimiento democrático en Egipto; con ese fin, quieren imponer un «régimen islámico» dirigido por los Hermanos Musulmanes, que es el único medio que tienen para perpetuar la sumisión de Egipto. El «discurso democrático» de Obama sólo sirve para confundir las opiniones ingenuas, las de Estados Unidos y Europa en primer lugar.

Se habla mucho, para dar una legitimidad a un gobierno de los Hermanos Musulmanes (¡alineados con la democracia!), del ejemplo turco. Pero sólo es una cortina de humo. Porque el ejército turco, que sigue presente entre bastidores, aunque en realidad no es democrático y por añadidura es un fiel aliado de la OTAN, sigue aportando la garantía del «laicismo» en Turquía. El proyecto de Washington, expresado abiertamente por Hillary Clinton, Obama y los think tanks a su servicio, se inspira en el modelo paquistaní: el ejército (islámico) entre bastidores, el gobierno (civil) asumido por el partido (o los partidos) islámicos «elegidos». Obviamente, si se diera este caso, el gobierno «islámico» egipcio sería recompensado por su sumisión en los asuntos esenciales (no cuestionar el liberalismo ni los presuntos «tratados de paz» que permiten que Israel continúe su política de expansión territorial) y podría proseguir, como una compensación demagógica, con la implementación de sus proyectos «de islamización del Estado y de la política», ¡y los asesinatos de los coptos! Bonita democracia la que se concibe en Washington para Egipto. Naturalmente Arabia Saudí apoya con todos sus medios (financieros) la implementación de ese proyecto. Porque Riad sabe perfectamente que su hegemonía regional (en el mundo árabe y musulmán) exige que se reduzca a Egipto a la insignificancia. Y el medio es «la islamización del Estado y de la política»; de hecho una islamización de tipo wahabí con todos sus efectos, entre otros las desviaciones fanáticas con respecto a los coptos y la negación del derecho de igualdad de las mujeres.

¿Es factible este tipo de islamización? Quizá, pero al precio de violencias extremas. La batalla se libra sobre el artículo 2 de la constitución del régimen depuesto. Dicho artículo, que estipula que «la Sharia es la fuente del derecho», es una novedad en la historia política de Egipto. Ni la constitución de 1923 ni la de Nasser la imaginaron. Fue Sadat quien la introdujo en su nueva constitución con el triple apoyo de Washington (¡respetar las tradiciones!), de Riad (El Corán toma el lugar de la constitución) y de Jerusalén (El Estado de Israel es un Estado judío).

¿Será capaz el movimiento democrático egipcio abolir ese artículo en la futura constitución? Sólo podemos responder a esta pregunta volviendo a examinar los debates políticos, ideológicos y culturales que se han desplegado en la historia del Egipto moderno.

Comprobamos, en efecto, que los períodos ascendentes se caracterizan por una diversidad de opciones abiertamente expresadas que relegan la «religión» (siempre presente en la sociedad) a un segundo plano. Así fue durante dos tercios del siglo XIX (de Mohamed Alí al Jedive Ismail). Los temas de la modernización (en forma de despotismo ilustrado más que democrática) dominaron entonces la escena. Fue lo mismo de 1920 a 1970: había un enfrentamiento abierto entre los «demócratas burgueses» y los «comunistas», que ocuparon ampliamente el primer plano de la escena hasta el nasserismo. Éste suprimió el debate para sustituirlo por un discurso populista panárabe, pero al mismo tiempo «modernizador». Las contradicciones de ese sistema abrieron el camino de regreso al Islam político. Podemos comprobar que en las fases de reflujo, por el contrario, desaparece la diversidad de opiniones dejando sitio a un anacronismo presuntamente islámico que se arroga el monopolio del discurso autorizado por el poder. De 1880 a 1920 los británicos construyeron esta tendencia, entre otras cosas al condenar al exilio (en particular en Nubia) a todos los pensadores y actores modernistas egipcios formados desde Mohamed Alí. Pero también se remarcó que «la oposición» a la ocupación británica se ubica asimismo en esa concepción anacrónica. La Nahda (inaugurada por Afghani y continuada por Mohamed Abdou) se inscribe en esta tendencia, asociada a la ilusión «otomanista» defendida por el nuevo Partido Nacionalista de Mustafá Kemal y Mohamed Farid. No es sorprendente que esa deriva condujera hacia el final de los escritos ultra reaccionarios de Rachid Reda, recuperado por Hassan el Bana, fundador de los Hermanos Musulmanes.

Las elecciones presidenciales y legislativas están previstas para septiembre/octubre de 2011. El movimiento democrático lucha por una «transición democrática» más larga, de forma que permita que sus discursos lleguen verdaderamente a las masas desamparadas. Pero Obama hizo su elección en los primeros días de la insurrección: una transición breve, ordenada (es decir, sin cuestionar los aparatos del régimen) y las elecciones (que den la deseada victoria a los islamistas). Como sabemos las «elecciones» en Egipto, como en otras partes del mundo, no son el mejor medio de asentar la democracia sino, a menudo, el de acabar con la dinámica de los avances democráticos.

Una última palabra con respecto a la «corrupción». El discurso dominante del «régimen de transición» enfatiza su denuncia asociada con amenazas de persecución judicial (ya veremos cómo será en realidad). Ese discurso ciertamente es bien recibido, particularmente por la fracción, sin duda la más amplia, de la opinión ingenua. Pero se guarda de analizar las razones profundas y de explicar que la «corrupción» (presentada como una desviación moral, un tipo de discurso moralista estadounidense) es un componente orgánico necesario en la formación de la burguesía. No sólo en el caso de Egipto y en los países del Sur en general, se trata de la formación de una burguesía compradora cuya asociación con los poderes del Estado constituye el único medio de emerger. Sostengo que en el estado capitalista de los monopolios generalizados la corrupción se convierte en un elemento constitutivo orgánico de la reproducción del modelo de acumulación: la retención de la renta de los monopolios exige la complicidad activa del Estado. El discurso ideológico (el virus liberal) proclama «nada de Estado» mientras que su práctica es «el Estado al servicio de los monopolios».

*       Extractado del artículo “La primavera árabe de 2001” enviado a La Época por Samir Amin.

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