octubre 19, 2020

En los ojos de Luís Rocha un ex minero ahora no vidente. La Masacre de San Juan no pudo acabar con los mineros subversivos

por: Patricia Almaraz

Para 24 de junio, pese a que se había prohibido todas las reuniones y actos públicos, en Siglo XX se gesta una insurrección minera. Estaba previsto un ampliado nacional de mineros, para definir las acciones y resistencia contra el gobierno de Barrientos, pero además, se decidiría un aporte económico de una mita (una jornada laboral), para apoyar la guerrilla del Ché y la posibilidad de que algunos mineros se incorporen a la lucha armada.

En las pupilas apagadas de Luís Rocha, ex trabajador minero de Siglo XX, la Masacre de la Noche de San Juan aún brilla con la fuerza de las fogatas, las “luces rojas y blancas de los disparos de ametralladoras”, con el recuerdo de los compañeros fallecidos y los heridos, y con las detonaciones de dinamita que intentaban hacer retroceder al Ejército y su plan “Cuchillos Largos”.

Hace 41 años que Luís perdió la vista, ocurrió cuando trabajaba en interior mina de “parrillero”, en el Blokc Cavic 3-D, allí, a golpe de combo y dinamita debía despedazar las rocas grandes de mineral para que pasen por la parrilla a los carros de carga. Ese día, la fatalidad estuvo con él, la dinamita explotó en sus manos, perdió un brazo y sus ojos quedaron sin vida. Ahora, desde la sombra de sus recuerdos, Luís revive la “masacre de noche de San Juan”, 23 de junio de 1967.

Era un periodo en el que las minas eran semilleros de revolucionarios y trincheras de lucha contra el orden establecido. El 4 de noviembre de 1964, René Barrientos Ortuño se hizo del poder con un golpe de Estado a Víctor Paz Estensoro, el Gobierno Barrientos había declarado la guerra a los izquierdistas y comunistas, como solía llamar a todos quienes se oponían a su régimen, y su sable apuntaba a los centros mineros.

El presidente golpista había dispuesto la rebaja del 50 por ciento del salario de los mineros, la libertad de expresión estaba vetada, el toque de queda era otra medida coercitiva, el derecho a la huelga y las movilizaciones fueron conculcados. A pesar esto, las minas nunca dejaron de ser el escenario subversivo donde se gestaba una alianza entre mineros y guerrilleros del Ñancahuasú. Luís recuerda que en interior mina, a los costados de los parajes se podía encontrar panfletos y volantes que llamaban a la resistencia, convocaban a asambleas y ampliados, y llamaban a solidarizarse con el movimiento armado del Ché.

Ese día, 23 de junio de 1967, a las siete de la mañana se realizó una asamblea en interior mina, en el nivel 411, en un lugar conocido como “jaula blanca”. “Un día antes se escuchaba rumores de un plan denominado Cuchillos Largos que consistía en una intervención militar a Siglo XX, Llallagua y Catavi. Desde la radio La Voz del Minero se llamaba a la población para que esté alerta, pero creo no le dimos mucha importancia. También decían que Juan Lechín llegaría a la mina junto con otros dirigentes mineros de la FSTMB para dirigir la asamblea”, recuerda Luís.

Las sombras del nivel 411, cobijó la reunión clandestina que estuvo dirigida por Irineo Pimentel (padre del actual Ministro de Minería, José Pimentel) y Simón Reyes, dirigente minero. “Aún recuerdo el rostro de Pimentel cuando decía que los mineros no debemos permitir ser tratados como esclavos por el gobierno de Barrientos. Dijo que tampoco debemos dejar que nos rebajen los salarios y dijo que debemos luchar aún a costa de nuestras vidas”.

Los “busos” en los parajes del Tío

A los parajes del Tío nunca se atrevieron a llegar los militares, pero sí pudieron hacerlo los “busos” o informantes del gobierno de turno, “cuando se desarrollaba la asamblea, se escuchó la voz del compañero Máximo Torrico que decía: ¡la palabra, la palabra compañeros¡ atrás, en uno de los pahuichis (lugar de descanso para pijcho o aculllico), los busos, los alcahuetes de Barrientos, están escuchando la grabación de nuestra asamblea. Ese mismo rato fuimos y a patadas tumbamos la puerta y ahí estaban seis o siete hombres, los agarramos a patadas, algunos compañeros querían colgarlos del cuello con la guía de la dinamita, pero los dirigentes se opusieron, decían que daríamos al gobierno motivo para mayor represión, les hicimos callejón oscuro (pasar en medio de golpes), los pateamos y sonamos con nuestros tojos (cascos); escaparon por un callejón del nivel 411 que salía a Cancañiri.

Concluida la asamblea, los mineros se retiraron a sus casas. Luís y algunos de sus amigos, a eso de las 10 de la mañana, bajaron al estadio porque tenía un encuentro de fútbol, cuando pasaban por la parada de flotas, frente a la estación, se encontraron los “busos”, los reconocieron porque tenían el rostro golpeado y porque les amenazaron con las manos y pasaron el dedo índice por el cuello, como diciendo “van a morir”.

Ese mismo día, (23 de junio), la gente comenzó a juntar leña y recoger callapos (árboles de eucaliptos que eran usados para apuntalar las galerías). Entre las siete y ocho de la noche las fogatas comenzaron a agitar las sombras en los campamentos mineros. Los vecinos compartían coca, cigarros y bebidas calientes con alcohol. Había música y algunos, un poco machaditos (mareaditos), se animaban a bailar, los niños y jóvenes competían en saltar las fogatas, mientras que lo lejos se escuchaban detonaciones de petardos, fuegos artificiales y dinamita. En la Plaza del Minero la gente también bailaba al ritmo una banda de música.

Luís se retiró a descansar a eso de las 11 de la noche porque al día siguiente debía entrar en la primera punta (primer turno de ingreso a la mina). Otros se quedaron a celebrar decididos a amanecerse. Sumergidos en la celebración nadie se percató que en la madrugada del 24 de junio, cientos de soldados del regimiento Rangers y Camacho de Oruro, descendían de los vagones del tren, en la estación. En poco tiempo, los campamentos mineros fueron ocupados lo mismo que la Radio La Voz del Minero y la Radio Pío XII, además de los sindicatos, los disparos de las metrallas se confundieron con los fuegos artificiales y la explosión de dinamitas que en celebraciones como San Juan era común escuchar.

San Juan y la guerrilla de Ñancahuazu

Para 24 de junio, pese a que se había prohibido todas las reuniones y actos públicos, en Siglo XX se gesta una insurrección minera. Estaba previsto un ampliado nacional de mineros, para definir las acciones y resistencia contra el gobierno de Barrientos, pero además, se decidiría un aporte económico de una mita (una jornada laboral), para apoyar la guerrilla del Ché y la posibilidad de que algunos mineros se incorporen a la lucha armada que se estaba gestando; más tarde, Moisés Guevara y Simón Cuba, ambos mineros, marcharon a la Higuera.

La Noche de San Juan, aislada de la guerrilla del Ché, no tendría explicación. Las voces de declarar a los centros mineros como “territorios libres”, fueron la punta de lazan de la intervención militar para devastar el germen de una articulación entre los mineros y los guerrilleros.

“Me desperté sobresaltado, la sirena sonó como nunca antes de las cinco de la mañana. Miré el reloj, era las cuatro y media. Presentí algo, me vestí, mi esposa me dijo ¿dónde estas yendo? yo le dije, tanto suena la sirena, algo está pasando, y salí. En la esquina me encontré con Ángel Taquichiri, un compañero que colaboraba en la radio La Voz del Minero, horas antes advirtió sobre la amenaza de una intervención militar; me dijo que el Ejército había intervenido las radios y que algunos mineros estaban resistiendo con dinamita. Más abajo que encontré con otro compañero del POR, Ciro Valle, un minero intelectual y luchador, era muy preparado política y sindicalmente, él me dijo que lo mejor es esconder en la mina, pero no le hice caso. Cuando vi que los proyectiles brillaban rojo y blanco dije que la cosa era en serio y corrí a la mina”, relata Luís.

Ahí, en la mina todo estaba oscuro, sólo la luz de las lámparas de los mineros brillaban moviéndose de un lado a otro. “A eso de las de las cinco y media o seis de la mañana, me encontré con unos jóvenes que estaban mareaditos, me dijeron que estaban yendo a la mina a sacar dinamita porque el Ejercito estaba masacrando a la gente en Llallagua, pero no pudieron entrar porque se cortó la luz y a la mina se entraba en carritos eléctricos”.

En Llallagua, población civil minera, los militares, armados hasta los dientes, entraban por la fuerza a las casas y sacaban a todos los hombres en medio del llanto y gritos de las mujeres y niños, “los sacaban a patadas y culatasos y a los que se resistía los mataban ahí mismo. En ese momento vi una ráfaga de ametralladora y quise volver a mi casa que estaba a unas 10 cuadras, en el campamento 6 – Pabellón de Solteros. De pronto escuchamos una voz en nuestro detrás: levanten las manos, a mí se me heló el alma porque en mi bolcillo tenía dinamita. Nos llevaron a la radio La Voz del Minero (que se había convertido en cuartel), nos golpearon diciendo ¿ah, con que comunistas no? Ahí me encontré con Mario Tellez que era dirigente y con algunos locutores, periodistas y dirigentes mineros que estaban con las manos en la cabeza mirando a la pared”.

“Al poco rato, un borrachito en la calle gritaba: ¡abusivos, asesinos, mata gente¡ y un capitán alto que estaba ahí mandó a dos soldados para que lo traigan, era otro compañero que se llamaba José Espinoza. Cuando estaba adentro el capitán le dijo ¿quién es asesino? y José le dijo ¡tu carajo! y le disparó en la pierna y cayó al suelo. Cuando me reconoció, en medio de su borrachera me dijo: Lucho, hermano, me han matado. Tanto se quejaba que un teniente me ordenó que lo lleváramos al hospital, fuimos con Mario Tellez, que por ser dirigente era buscado, si los militares lo identificaban lo hubieran matado ahí mismo. Cuando salimos para llevar al herido vimos a los soldados que estaban echados en el suelo disparando en medio de la noche. José tenía una herida en el muslo y sangraba mucho, me decía: Luís me estoy muriendo, te encargo a mi esposa y mis seis hijos, yo le dije no vas a morir, agarré un pedazo de saquillo blanco y se lo metí en la herida”.

Después de dejar a José Espinoza en una ambulancia, Luís y Mario se encontraron con grupo de 10 mineros que dinamita en mano intentaban recuperar el sindicato que estaba ocupado por el Ejército. “Cubriéndonos llegamos hasta el mercado, lanzamos dinamita pero era imposible recuperar la sede. De pronto una ráfaga de ametralladora hirió a Maximiliano Achu en el cuello, antes de caer al suelo muerto me dijo, Lucho me dieron, me dieron. Ya estaba amaneciendo y volví a mi casa, mi esposa estaba asustada, como mi ropa estaba pura sangre pensó que estaba herido, sabía que tarde o temprano vendrían los soldados y decidí irme a Uncía, encontré una camioneta y me subí”, relató el ex minero.

“Recuerdo también a un campesinos que estaba corriendo y una ráfaga de ametralladora le llegó al estómago, en quecha el campesinos me dijo en quechua, tatay, qhaway imata ruawanku (tatay, mira haber lo que me han hecho), y luego murió”.

A eso de las siete de la mañana cesaron los disparos y la gente, particularmente mujeres, comenzaron a salir de sus casas, algunas en busca de sus esposos, hijos o padres que no habían regresado en toda la noche, otras iban a las tiendas y a la pulpería para aviarse de alimentos.

Los salones velatorios, como el Club Rasing, Nacional, San Cristóbal, Chorolque, estaban llenos, el llanto plañidero de las mujeres sonaban a protestas contra los “masacradores”. Apenas sí tuvieron tiempo para enterrar a sus seres perdidos porque desde los cerros, alrededor del cementerio, los soldados amenazantes continuaban disparando al aire.

El mayor número de víctimas se registró en el campamento “Salvadora”. Oficialmente no se conoce la cifra de fallecidos, pero se contabilizó más de 20 muertos y alrededor de 72 heridos según la prensa de entonces. Pese a que las radios La Voz del Minero y Pio XII estaban intervenidas, los periodistas, desde la clandestinidad, se dieron modos para proporcionar información, sobretodo de los fallecidos, heridos y desaparecidos. En estas listas estaban los nombres de Rosendo García, quien activó la sirena de la mina para alertar sobre la presencia de los militares, Nicanor Torres, Ponciano Mamani, Maximiliano Achu, Bernardino Condori, entre muchos otros.

Luís Rocha, ingresó a la mina con la recomendación de Irineo Pimentel, trabajaba en el nivel 446 y tenía la ficha 3554, sección Salvadora. Nació en 1943, ahora, con cerca a 70 años dice “Yo vi, lo vi todo y me volví comunista a la fuerza, tanto que Barrientos decía —refiriéndose a los mineros— estos comunistas, no sabía ni qué era comunismo, pero decidí ser un comunista”.

Barrientos creyó que erradicaría a los mineros subversivos, sin embargo, 44 años después de la Masacre de San Juan, los mineros continúan siendo la vanguardia del movimiento sindical y de la liberación de nuestros pueblos.

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