octubre 30, 2020

La incógnita Humala

Humala representa un temor incógnito para los capitalistas y Washington, pero al mismo tiempo es una incertidumbre para los pueblos de Perú y Latinoamérica. En ese cruce se abren potencialidades para los trabajadores y la izquierda peruana. Ambos guardan una rica memoria de luchas y organización, además de las frustraciones y las derrotas.

Los mejores indicadores del significado progresivo de la elección de Ollanta Humala a la Presidencia del Perú, los han dado sus enemigos, tratando de instalar un clima de nerviosismo en la vida financiera que poco a poco van trasladando a la vida social.

La caída de la bolsa en casi 12 puntos al día siguiente del triunfo y las amenazas de retiro de inversiones, las acompañaron de un oleada de noticias, informes, imágenes, entrevistas y reportajes diarios en los principales canales y titulares del continente.

Es la manera que tienen nuestros enemigos de manifestar su terrible miedo a ser desplazados de sus espacios de poder y privilegio. Son exactamente los mismos que quisieran borrar del mapa latinoamericano lo que pasa en Bolivia, Ecuador y Venezuela.

Como en otras oportunidades, ocurre que el tamaño de sus temores no corresponde a la dimensión de los cambios prometidos, ni al compromiso político del nuevo gobernante. Para el lumpen campitalismo peruano, una elemental, limitada y democrática reforma tributaria a las empresas mineras, constituye un armagedón revolucionario. Allí se esconde una de las claves de la situación abierta en Perú.

Eso está ocurriendo con el caso Humala en Perú, pero lo hemos visto en situaciones anteriores respecto a Chávez, Evo y Lugo, incluso frente a figuras moderadas como Funes de el Salvador, Zelaya de Honduras o Cristina de Argentina .

El objetivo es claro: condicionar desde el inicio el perfil de su gobierno y régimen. Por eso le exigen los nombres de sus ministros. Saben que ellos definirán las instituciones de poder que representará el gobierno de Humala.

Necesitan limitarlo. Que no se mueva de los rígidos marcos neoliberales implantados por Alan García, Toledo y Fujimori desde hace 20 años. Que no se convierta en el cauce para un nuevo movimiento popular en Perú.

Humala representa un temor incógnito para los capitalistas y Washington, pero al mismo tiempo es una incertidumbre para los pueblos de Perú y Latinoamérica.

En ese cruce se abren potencialidades para los trabajadores y la izquierda peruana. Ambos guardan una rica memoria de luchas y organización, además de las frustraciones y las derrotas, que podrían deparar sorpresas en varias dimensiones.

Más que una pequeña diferencia

La pequeña diferencia de votos entre Humala y Keiko no lograron ocultar el tamaño de los impactos políticos, sociales y diplomáticos de este triunfo. Esto vale tanto para las profundidades anónimas de la sociedad peruana, como hacia la removida geopolítica latinoamericana.

El tipo de gobierno y régimen que conforme será decisivo para definir el curso de su conducta política y despejar la incógnita del nuevo líder emergente.

Humala no estaba en los planes ni en los cálculos de Washington, como no lo estuvieron sus pedecesores en este nuevo mapa de regímenes brotados entre las fisuras internas de sus países y las grietas abiertas en el sistema de dominación hemisférica. Como pocas veces, la crisis político-social latinoamericana se combina con la peligrosa caduquez imperial, para producir gobernantes imprevistos, díscolos, indisciplinados y en algunos casos hasta desafiantes de su hegemonía capitalista.

Humala sería el noveno en esta línea sucesoria que comenzó con Chávez en 1999, un militar formado en libros de izquierda y ha deparado las más sorpresivas variantes presidenciales. Un luchador aymara, un cura de barrio, un ex economista del Banco Mundial, un joven reportero de la CNN ligado a una organización insurgente de los 80, un exguerrillero famoso, dos neodesarrollistas con simpatías populares en Brasil y Argentina, y Lula, el líder sindical que desafió a la dictadura más sólida de los años 70. Todo en una década.

Demasiado para la embarullada digestión de un imperio en crisis. Aunque el nuevo presidente de Perú no se ha definido sobre el ALBA, la Unasur y la próxima Comunidad de Estados de América Latina y del Caribe (CEALC), la cuenta es más o menos simple: no tiene mucha opción frente al TLC genuflexo con EEUU, que condujo al país a un PBI sorprendente del 8% arriba, con una miseria ampliada del 60% en la población y una pobresa crítica de casi el 30%, según el informe de la CEPAL.

¿Mantendrá a la nación peruana amarrada al proyanqui “Cordón del Pacífico” recién formado con Chile, Panamá, Costa Rica y México? Hasta ahora sólo se ha pronunciado con muy pocas palabras sobre el Mercosur y la UNASUR.

Esta es una de las incógnitas estratégicas para el destino del nuevo mandatario. De ella dependerá lo que haga o deje de hacer el Pentágono y el Comando sur, sus enemigos internos y sus aliados derechistas en el gobierno que forme. Pero también su pueblo y América latina.

El resto dependerá de él y de hasta donde se atreva a correr el nudo.

Humala no es un hombre de izquierda y su nacionalismo militar de origen está lejos del invocado por el líder venezolano desde que fundara el Movimiento Bolivariano 200 en 1982. Pero si avanzara en apenas la mitad de lo que anuncia, él y su régimen podrían convertirse en lo que andan buscando los explotados y oprimidos peruanos para revertir las dolorosas derrotas de las décadas del 80 y el 90, y desatar un proceso social y político de impredecible transformaciones políticas. Perú no es Honduras.

Ese solo hecho ayudaría a contrapesar la tendencia a la reversibilidad que ha comenzado en los gobiernos progresistas de la última década, atrapados en las babosas relaciones del sistema regional de Estados y sus marañas institucionales conservadoras. Humala sería un pretexto de la historia en marcha, como lo fueron otros.

Ese es el temor de Estados Unidos y sus socios en la región andina y en el continente. Ya lo advirtieron los Republicanos de la Cámara Baja en Washington los días 19 y 20 de noviembre de 2010, cuando reunieron a derechistas de la Comunidad Andina y de Venezuela en un Seminario titulado “¿Cuál es la sustentabilidad de los gobiernos andinos frente al ALBA?”.

Como suele ocurrir en la historia de vez en cuando, los pueblos en situaciones críticas se apoderan de personajes ajenos para llevar adelante sus demandas, búsquedas e ilusiones. Este es un caso.

Según el registro territorial de la ONPE, Humala fue votado en más del 80% por trabajadores urbanos, campesinos del norte, mineros e indios y profesionales de baja clase media. Pero anuncia un gobierno de concertación con desprendimientos de la burguesía ligada a los neoliberales Toledo y Vargas Llosa, y con una parte de la inteligencia académica.

Esa fusión tendrá corto vuelo porque es contradictoria en si misma. Ya lo vimos en Venezuela entre 1999 y 2002.

Los votantes de Humala querrán ir más allá, mucho más allá, del programa, el discurso y el propio presidente.

Allí, exactamente en ese punto crucial, nace la incógnita llamada Ollanta Humala.

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