octubre 28, 2020

Madre e hijos combatientes

Las revoluciones, en la mayor parte de las veces, tiene raíces más importantes de las que alguien se puede imaginar y se nutren de historias también insospechadas, como aquellas en las que el amor abnegado de una madre —también revolucionaria— no ha podido impedir que, a manera de inevitable impulso para luchas ulteriores, la revolución se coma a sus hijos.

 

Este es el caso de Graciela Medinaceli Gutiérrez y Alberto Caballero Medinaceli —madre e hijo— quienes convergieron —por distintos motivos y perspectivas— en el Ejército de Liberación Nacional (ELN) a fines de la década de los 60. Por esas ironías de la vida nunca alcanzaron a estar juntos en las tareas de la militancia, debido a la rigurosidad de la compartimentación, ni mucho menos la primera pudo evitar que su único hijo ingresara al norte de La Paz, en el grupo que tenía por objetivo abrir la segunda experiencia guerrillera en Bolivia después del asesinato del Che.

“Susana” —el nombre de guerra de Graciela— le habla todas las noches a su hijo, Alberto, cuyos restos no han sido hasta ahora rescatados de algún lugar de esa extensa región en la que operó la columna guerrillera y de la que las autoridades militares de ese entonces, incluidos sus archivos clasificados, no han dado cuenta hasta ahora, dejando todavía pendiente una deuda histórica y humana que el Estado tiene con los que no dudaron jamás en ofrendar su vida por una sociedad mas justa.

Para Graciela, que ingresó a las filas del ELN a través de Carlos, el segundo en jerarquía después de Osvaldo “Chato” Peredo, pocos meses después de que su hijo tomara la decisión de abandonar sus estudios en sociología en la universidad de Chile y formar parte de los preparativos de la gesta guerrillera, no ha sido nada fácil aceptar que es poco probable la recuperación de los restos de Alberto y quizá mucho más difícil saber las circunstancias en las que murió. Recuerda que, junto a otras madres y familiares de los combatientes desaparecidos, buscaron en 1971 al general Mario Reque Terán, el mismo que estuvo al momento de la captura y asesinato del Che, para preguntarle sobre el paradero de los restos de sus hijos, sin recibir respuesta positiva alguna, más que la lapidaria frase “es imposible que estén vivos en semejante lugar y con tanto calor”.

“El murió por la causa en la que creía profundamente, por la razón de su vida, como me dijo en diciembre de 1968, cuando retornó a Bolivia después de permanecer dos años en Chile”, recuerda esta mujer que se ha quedado prácticamente ciega, pero que mira, vive y siente en el corazón la fuerza de la literatura que bajada en audio del Internet la acompaña todos los días.

El testimonio de “Susana” nos conduce por terrenos inesperados. Por un lado, nos lleva a la Madre que lo primero que hizo al saber que su hijo había ingresado al ELN fue buscar el camino, sin que él lo supiera, para hacer lo mismo, y “desde adentro” encontrar la manera de seguirlo protegiendo de todos los peligros como lo hizo durante toda la vida. No es que no hubiese identificación con los principios de los hombres y mujeres que tomaron la decisión de continuar el camino del Che, el único que era posible en un momento histórico en el cual la doctrina de la Seguridad Nacional de los Estados Unidos controlada y guiaba a las Fuerzas Armadas del continente, convertidas en “partido político” de las clases dominantes. Pero su condición de Madre era lo que más la movía y eso más que un defecto es una cualidad que la enaltece y la hace más revolucionaria.

El “Caballo” —como se lo llamaba a Alberto dentro del ELN— lo entendió de esa manera y en una carta enviada desde Cochabamba, donde la dirección de la organización político-militar lo envió para cumplir varias misiones, le dice a su madre que acababa de enterarse que ella había ingresado a la militancia elena, que estaba orgulloso de ello y que ojalá otras madres y padres tomaran esa decisión.

Pero, como dicen muchos, el destino estaba escrito. “Susana” no pudo impedir que “Caballo” se marchara a las montañas. Ella recuerda que en un primer momento, cuando formaba parte de las compañeras que estaban cosiendo los uniformes con la que los guerrilleros ingresarían a la zona de operaciones, había logrado que su hijo no estuviera en la lista. Más grande fue su sorpresa al ver la foto de su hijo en el grupo de jóvenes universitarios que eran despedidos del atrio de la UMSA por cientos de estudiantes que les deseaban éxito en la campaña de alfabetización (que fue la fachada con la que partieron al norte de La Paz). Días después se enteró que Alberto se enojó mucho con los mandos del ELN por su exclusión y que después de explicar el por qué tenía del derecho de “ser premiado”, la dirección no tuvo otra alternativa que sumarlo al grupo de rebeldes.

Del terreno del afecto maternal nos lleva rápidamente al terreno del compromiso político, que requiere tanto del amor como el primero para reproducirse todos los días, más aún cuando se está en la disposición de dar la vida por otros seres humanos que quizá ni siquiera los recuerden con orgullo. “El Che, a veces como mito, marcó la vida de mi hijo, cuya sensibilidad por los problemas de los demás también lo acompañaron desde niño”, afirma Graciela al recordar como Alberto se quedaba sin abrigo y sin comida para dársela a los niños y luego a las personas adultas. “Una vez le tejí una chompa muy linda y caminando un día por la calle veo a un hombre con la misma chompa; entonces regreso a casa y le digo a mi hijo que había visto una igual a la suya y él me dice: es la mía Mamá”, relata emocionada.

Han pasado más de cuatro décadas de la gesta guerrillera y lo que más representa un llamado a la sensibilidad y ante lo que hay que hacer un esfuerzo para no dejar salir el nudo en la garganta es cuando de la voz de Graciela —la Madre— y “Susana” —la militante— salen las palabras: “Cuando escuché a Evo en su primer discurso, me puse a llorar. Pensé que la muerte de mi hijo y sus compañeros no había sido en vano”. Pero después, en una suerte de balance silencioso del gobierno actual, de inmediato afirma que “muchas veces pienso en la falta que le hace a este proceso los muchachos de Teoponte”.

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