octubre 30, 2020

¿Salvajes civilizados?

De un tiempo a esta parte, estamos siendo testigos del aumento desmesurado de delitos a mano armada, acuchillamientos, disparos de arma de fuego, robos planificados, ajustes de cuentas, delincuencia de bagatela, descuidistas y monreros (roban en domicilios y/o centros comerciales), atracos violentos e incluso muertes. Lo preocupante del caso no sólo es la cantidad de casos registrados, sino la intensidad de la violencia -que parece no tener límites- con la cual se cometen los delitos.

Curiosamente en las sociedades ricas y en las sociedades pobres se registra el mismo fenómeno, y obviamente nuestra Bolivia no esta exenta de este flagelo. El crimen se ha ido profesionalizando y la sociedad está perdiendo incluso el respeto a la vida y al dolor ajeno. En la coyuntura democrática actual, y pese a que predomina -en el imaginario colectivo de la humanidad- la idea que la razón debería estar siempre por encima de la utilización de la fuerza, las sociedades no han podido erradicar la violencia.

Y si bien, la violencia, lejos de desaparecer se ha especializado sin que sea viable o factible un tratamiento distinto al de la represión y sus excesos, no puedo menos que recordar el estado de naturaleza al que se refiere Juan Jacobo Rousseau en su “Discurso sobre el origen de la desigualdad”.

Recordemos que Rousseau -en total desacuerdo con el supuesto carácter violento del hombre en estado de naturaleza que atribuye T. Hobbes, discrepando con la categorización de que “el hombre es lobo del hombre, Juan Jacobo precisa que por naturaleza el hombre que no ha sido alcanzado por la civilización es bueno y sociable.

En ese mundo prehistórico, el “salvaje” (gobernado por sus instintos antes que por su razón) es un animal que ataca por hambre o por defensa. Y, desconociendo la avidez y la crueldad se muestra satisfecho con garantizar su primitivo instinto de conservación, reaccionando hormonalmente -sin cálculos sociales- contra todo mal que exceda la limitación de sus fines. Sería la antinomia del hombre y la mujer contemporáneo, quienes se muestran insaciables en la ambición que les dicta su razón, como norma sutilmente sublimada de subsistencia.

A decir del célebre ginebrino; “La razón engendra el amor propio y la reflexión lo fortifica; es ella la que concentra al hombre en si mismo; es ella la que lo aleja de todo lo que le molesta y aflige. Con lo cual, el hombre salvaje carece de este admirable talento, y falto de sabiduría y de razón, se le ve siempre entregarse atolondradamente al primer sentimiento de humanidad”; “Es pues perfectamente cierto que la piedad es un sentimiento natural que, moderando en cada individuo el exceso de amor propio, contribuye a la conservación mutua de toda la especie; es ella la que impedirá a todo salvaje robusto quitar al débil niño o al anciano enfermo, su subsistencia adquirida penosamente, si tiene la esperanza de encontrar la suya en otra parte” 1.

Con lo cual, en el citado contexto me pregunto sí el liberal J. J. Rousseau tuvo “razón” al sospechar que la “evolución” degeneró al hombre y que la razón es su perdición.

En fin, si bien el crecimiento de la violencia, la criminalidad, la delincuencia y la inseguridad social son universales, si nos empeñamos en encontrar responsables, es en la misma sociedad donde encontraremos el mejor caldo de cultivo a la violencia y al delito con los cuales convivimos, a saber: pésimo diseño moral, intereses económicos, imperio de la cultura del vicio, quebrantamiento de las normas (las armas se venden hasta en las calles), desempleo, narcotráfico y la pobreza generan un ambiente propicio para la propagación de la delincuencia, el alcoholismo, la drogadicción, la prostitución y las pandillas.

*     Politóloga y magister en relaciones internacionales.

1    JUAN JACOBO ROUSSEAU, “Discurso sobre el origen de la desigualdad”. Editorial Porrúa, S.A. Cuarta edición.

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