octubre 26, 2020

Entre voces hegemónicas y subalternas

por: María Lourdes Zabala Canedo *

El derrumbe del sujeto histórico —la clase obrera— llamado a abrir el horizonte de una sociedad socialista, sumado al desmoronamiento de los socialismos realmente existentes, el cambio de siglo en Bolivia, precedido por luchas de larga duración, inauguran un nuevo imaginario y visibilizan un nuevo campo de actores con potencia revolucionaria.

Se trata de los movimientos sociales que guían su acción tomando en cuenta el acceso a los recursos naturales, el combate contra el neoliberalismo, la implementación de las autonomías y el autogobierno, el reconocimiento y ejercicio de los derechos de las naciones y pueblos indígenas, dejando atrás la lucha de clases y la enunciación de un sujeto histórico privilegiado. De tal suerte, el escenario político se desdobla en múltiples subjetividades, y la clase cede su lugar a una “alteridad más radical” (R. Prada) representada por las naciones, los pueblos y las culturas ancestrales.

Género e identidades emergentes

En este contexto en que el sujeto revolucionario que se privilegia es lo indígena originario campesino, no puede uno dejar de preguntarse si esta identidad emergente compleja y plural, que irrumpe en el proceso de cambio como referente de las transformaciones en el país, tiene género.

En verdad, ¿qué parentesco o similitudes tiene este sujeto colectivo portador de un proyecto emancipatorio, con el de otros momentos históricos constitutivos, en los que el sujeto de cambio se asumió como asexuado, homogéneo y universal? Recordemos que la década de los 70s del siglo pasado, el proletariado minero encarnó los fundamentos de una sociedad alternativa al capitalismo. En su proyecto afirmó la centralidad de la clase obrera masculina como sujeto universal, negando la existencia de cualquier contradicción que no fuera de clase; incluso si en su seno emergieron los Comités de Amas de Casa.

Como vemos, no sólo ocurre que la condición colonial y racista de la sociedad y el Estado fue sacrificada por su reduccionismo clasista, sino que también se resistió a considerar pertinentes otras coordenadas de poder, como la opresión de género, que atraviesan la relación entre el capital y el trabajo.

Y en el seno de la propia clase obrera se hizo evidente sus coincidencias con el capital al reproducir en el imaginario sindical prácticas y estereotipos sexistas (exclusión de las trabajadoras de los espacios de decisión) y naturalizar formas de explotación diferenciadas por sexo (menores salarios, división sexual del trabajo en la fábrica).

Viejas prácticas de dominación patriarcal

El propio proyecto del nacionalismo revolucionario de 1952, que configura un sentido de nación como una comunidad homogénea de individuos libres, de ciudadanos con iguales derechos (mujeres acceden al voto), que intenta imponer un sola forma de existencia social y cultural reproduce la condición subalterna de las mayorías indígenas, al reducirlos a compañeros o campesinos. Ocurre igualmente que bajo la narrativa del pueblo o la patria versus el imperialismo, se subsume el aporte de las mujeres asociándolo a valores y estereotipos de género (mujer = madre, transmisora de valores y cultura, símbolo de la madre patria, apoyo de los hombres en la lucha nacionalista). De ahí que el protagonismo de mujeres combatientes (Barzolas y mineras) sirve para configurar un nuevo Estado nación, ahora ocupado por una comunidad de fráteres o hermanos mestizos que reproducen, desde el poder político, las mismas viejas prácticas de dominación patriarcal que los denostados oligarcas, pero legitimadas por la votación del pueblo que ejerce ese derecho y sin distinción desde 1956.

Si el proletariado se vistió de overol y botas, ¿qué nos garantiza hoy que el sujeto plural indígena no adquiera los rasgos masculinos de las ojotas y los ponchos? ¿Qué recaudos tener para evitar el retorno de un sujeto de vanguardia, representante de todas las voces de los oprimidos/as, sólo que ahora matizado por los rasgos étnicos?

Si la historia, respecto a las desigualdades de género, es recurrente y su improntus se teje inalterable en los distintos momentos fundacionales del país, nos preguntamos, parafraseando a Ximena Soruco, cuáles son las “posibilidades de construcción de lo inédito”. Es decir, cómo romper las inercias del pasado y el presente para concebir un proyecto de liberación feminista que vaya en paralelo a las promesas de descolonización del Estado y la sociedad.

Cómo, en suma, pasar de la inclusión subordinada de la alteridad de género (las organizaciones y movimientos de mujeres están con el proceso de cambio, existe una unidad de despatriarcalización, hay mujeres en el aparato del Estado) al compromiso de pensar el nuevo Estado como la articulación (no asimilación) entre el horizonte descolonizador y despatriarcalizador.

El reto de este periodo histórico consiste, por tanto, en romper el silencio de los ideólogos de este proceso (incluido su más preclaro representante, Álvaro García Linera) para dejar de pensar en un sujeto de cambio hegemónico (sinónimo de totalidad), donde lo indígena, campesino originario, subsume todas las voces y en su pretensión de representarlas, las invisibiliza, que priva de historia a otras experiencias vinculadas a la vivencia de los cuerpos sexualmente diferenciados y presente en todas las culturas. Se trata de re-conceptualizar lo abigarrado o el hecho colonial, para pensar tensiones y clivajes de más larga data.

¿Será que el pensamiento crítico feminista, otro paradigma civilizatorio, podrá venir en su auxilio? Parece necesario recordar que la apuesta del pensamiento feminista, como la de la descolonización, es la historia del rechazo a la naturalización de las jerarquías entre blancos e indígenas, entre hombres y mujeres, considerando que el espesor histórico de éste último es más antiguo. Así como pensar que la descolonización no es cosa de indígenas, ni la discriminación de las mujeres tampoco es cosa exclusiva de mujeres.

*     Socióloga. Magister en Ciencia Política comparada. FLACSO, Ecuador. Consultora en temas de género y políticas. Diplomada en género y políticas públicas, PRIGEPP. Docente Universitaria, UMSS, UPB. Feminista.

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