octubre 30, 2020

La lección Libia

La caída de la ciudadela blindada de Muamar Kadafi y su huída a algún lugar desconocido, marcaron el fin de su régimen de 42 años, aunque los tiros suenen por un rato más.

El desbalance militar creado por la OTAN desde el aire se transformó en un dato irreversible entre marzo y julio. Tras unos meses de inutilidad militar y política, el impacto acumulado de misiles, cambió el curso de la guerra desde agosto. Facilitó el avance de los opositores desde el este hacia la Capital. Aunque no fueron desdeñables los aportes hechos por la CIA, los mercenarios africanos y el M16 británico en el terreno, no decidieron nada. Lo que vemos en la arremetida sobre Trípoli es una masa armada de miles de jóvenes libios, sobre todo de las clases medias profesionales.

El segundo hecho clave en el retroceso militar del gobierno fue la mengua creciente de su base social en las cinco ciudades más oficialistas: Trípoli, Sirte, Al-Kums, Sabratah y Garyán. Entre febrero y mayo fue alta la adhesión a Kadaffi en amplios sectores del funcionariado y de trabajadores de la Capital, pero desde junio decayó y en agosto se convirtió en un factor clave de su retroceso. Fue evidente en las calles, pero también en las Fuerzas Armadas y en instituciones políticas. Con los datos de fuentes como Yabiladi.com, GuinGuinBali.com, AfrolNews, EuroNews y la cadena rusa RT.com, al 30% de funcionarios consulares y políticos que abandonaron el régimen, hay que sumar el casi 20% de oficiales y jefes de batallones que defeccionaron entre enero y junio.

El sistema mundial de Estados controlado por EEUU está a punto de avanzar otro paso, en medio de su peor crisis económica, financiera, social, ecológica y política. La Libia post Kadafi podría teber el mismo destino inestable de Irak o Afganistán, pero será un paso a favor de ellos. Sobre todo para Alemania, Gran Bretaña, Italia y Francia, que dependen en más del 60% del petróleo libio. Las bolsas narran su euforia, sea a la alza o a la baja.

El lamentable resultado libio confirma, una vez más en la historia, lo que la decimonónica Doctrina Palmerston pautó desde Londres para las relaciones entre imperios y naciones dominadas. “Gran Bretaña no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes, sólo tiene intereses permanentes”. Eso vale hoy tanto como ayer. Esa lección fue la que no aprendieron Manuel Noriega, Saddam Hussein, Ben Ladem, Al Assad, Aristide, y en otro plano Pinochet, Galtieri, el Cha de Irán y otros “amigos”, socios o agentes temporales de EEUU y la OTAN, que en algún momento fueron convertidos en objetivos. Ni amigos, ni enemigos.

De nada sirve asociarse en cuclillas, retroceder sobre lo avanzado, capitular, firmar pactos de corto vuelo, o en el mejor de los casos desplazándose “al centro”, es posible engañar a las potencias y obtener indulgencia generosa. Eso hizo el ex nacionalista Kadaffi y el resultado negativo fue inexorable. Fue protagonista en el origen y en el final de este drama. Los imperios siempre serán malos, el asunto es qué hacen o dejan de hacer sus adversarios temporales.

De poco sirve derrocar un reyezuelo, una dictadura o régimen parlamentario corrupto y represivo, si el régimen depuesto no es suplantado por otro superior en lo político y en lo social. O es más democrático y beneficioso para las mayorías, o se devolverá como reaccionario por el peor de sus costados. Si es que no lo echan a los tiros.

Las ilusiones democráticas de quienes se apoyan en la OTAN para la operación imperial sobre Libia, se evaporarán cuando las nuevas privatizaciones, ritmos de explotación y la conversión del país en un dispositivo de la energía europea, impidan la estabilización institucional. El costo será la devastación fratricida entre clanes y castas y el debilitamiento como Nación. El régimen resultante no será mejor que el de Kadafi.

Esto les recordará dos errores trágicos. No haber sabido superar el despotismo desarrollista del líder libio, y algo peor, apoyar a sus peores enemigos.

Esta lección vale para Siria y el resto de las “Primaveras árabes”, que en Libia se volvió Otoño borrascoso, pero también es un guiño para procesos transformadores no despóticos como los de Bolivia, Ecuador y Venezuela.

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