octubre 24, 2020

Esencialismos: Identidad cultural y falacias puristas

La actual crisis de los estados-nación, sus fronteras y la identidad nacional es producto del desarrollo de un capitalismo global en donde el multiculturalismo (el ideal ideológico de la globalización) se presenta a sí misma desde una posición global vacía.

En tiempos donde se habla mucho de descolonización y la moda por los estudios culturales ronda los círculos académicos, donde muchos     —principalmente funcionarios públicos— terminan buscando algunapollera, lliclla o ñañaca en su pasado para autodenominarse campesino-originario, y poseedores de una cosmovisión “otra” en relación a la modernidad capitalista pero que en su vida cotidiana despliegan relaciones sociales típicas de una sociedad capitalista, y lo que es peor colonial, resulta necesario plantear elementos que nos permitan salir del pozo cultural folklorista en el que estamos inmersos y que cree ciegamente en los purismos y esencialismos culturales.

Una de las tareas iniciales en la temprana constitución moderna de los Estados-nación en Latinoamérica fue realizar una nacionalización de lo étnico; lo heterogéneo y la otredad debían ser homogenizadas por la “identidad” y la “cultura nacional” y de esa forma cumplir con la perspectiva logocéntrica que impera en la modernidad: el único gobierno legítimo es la autodeterminación de un Estado nacional homogéneo; es así que los países latinoamericanos se construyeron a imagen y semejanza de sus grupos gobernantes, que no eran más que una imagen caricaturesca de las modas políticas e “intelectuales” del centro europeo. Los Estados-nacionales se convertían en sujetos de la historia y en la forma racional inevitable de la organización universal de la humanidad. Este proceso —que en todos los casos fue violento—, trató de ser una “transubstanciación” de las comunidades locales y sus tradiciones en una nación, en cuanto “comunidad imaginaria”; intentó que las identidades pasen de una identidad primaria basada en las formas de vida particulares a una identidad secundaria. Es decir, que el individuo deba apartarse de su comunidad primaria y se afirme como individuo autónomo, reconociendo la sustancia de su ser en otra comunidad de carácter universal y artificial (secundaria y abstracta: la nación). Esta tarea (asumida como civilizatoria y misional) debía reprimir las formas auténticas de la vida local para insertarlas a nuevas formas “inventadas” de tradición.

La obsesión por contener la diferencia cultural nada más impulso múltiples formas de resistencia en la otredad y el conflicto étnico-cultural entre lógicas completamente diferentes destrozó cualquier sentido de identidad nacional acorde a los modelos de la modernidad eurocéntrica.

La actual crisis de los estados-nación, sus fronteras y la identidad nacional es producto del desarrollo de un capitalismo global en donde el multiculturalismo (el ideal ideológico de la globalización) se presenta a sí misma desde una posición global vacía: “existe una distancia eurocentrista condescendiente y/o respetuosa para con las otras culturas locales” (_i_ek); contrariamente a este fenómeno, ahora todos nos tratamos como culturas colonizadas, a cada uno se nos asigna un origen cultural y ahora como “nativos autoreconocidos” debemos respetar y reconocer a “Otros nativos autoreconocidos”; es ahí donde resurgen las comunidades primarias y con ella sus identidades. En este resurgir de la otredad y sus identidades primarias que se empieza a dar un “proceso de “racismo con distancia”, la cultura que se ubica en el punto vacío de la universalidad multicultural (la sociedad capitalista multicultural posmoderna) está en la posición privilegiada para respetar al Otro, ver y sobre todo señalar qué comunidades son “autenticas” (originarias) y mostrar si ésta es o no “cerrada”, y si está en capacidad de pasar de una identidad defensiva a unaidentidad trascendental funcional al orden hegemónico. Por ello el capitalismo multicultural y la posmodernidad no aniquila las determinaciones identitarias de las diferentes culturas sino las funcionaliza, pero aquellas culturas que interpelan su hegemonía son sustituidas o reconstruidas acorde a los lineamientos de una cultura de paz y dialogo, benigna y folklórica.

Debemos entender que el capital no es una cosa abstracta que por sí domina y explota; en todo caso es una relación social histórica de explotación, una persona es una persona, pero en determinadas condiciones sociales e históricas es “pongo”, esclavo o subalterno. El hecho que perduren y se relacionen estrategias laborales y de parentesco de una economía denominada comunal —entiéndase relaciones de compadrazgo, ayni, entre otras— con lógicas de economías mercantiles ha permitido a lo largo de nuestra historia que grupos sociales puedan ser competitivos en el mercado capitalista sin realizar grandes inyecciones o inversiones de capital. Por ejemplo, en Mizque en el siglo XVII, Rossana Barragán muestra que los resquicios que quedaban de los ayllus se funcionalizaban para la expansión del mercado colonial y a partir de un modelo comunal de mercantilismo agrario las comunidades campesinas, que realizaban colectivamente sus productos, podían cubrir cargas tributarias. Claramente las relaciones sociales que se generan (la contemporaneidad de lo no contemporáneo o la simultaneidad jerarquizada) no son neutras, dan lugar a un espacio abigarrado; las relaciones sociales que se desarrollan lo hacen sobre un código amplio y variante que fluctúa entre el orden hegemónico y lo subalterno (cultura dominante y dominada); con el tiempo logra naturalizarse, operan de forma invisible y jerarquizan a los individuos dependiendo en que extremo se encuentre.

La cultura debe ser vista desde una perspectiva de conflictividad, de la lucha por ganar espacios de legitimidad frente a otros; la heterogeneidad cultural no resulta de la supervivencia de cosmovisiones “puras” frente a la modernidad (como dos estructuras que se chocan pero que no se mezclan) sino del encuentro entre ellas, de la forma como se atraviesan, se manchan el uno del otro; este encuentro genera multitud de identificaciones, unas alienadas respecto a un origen cultural pero otras desarrollando prácticas nuevas y que resisten a la funcionalización del orden hegemónico. Cuando Bolívar Echeverría plantea el problema de lablanquitud menciona que la identidad humana moderna es el conjunto de características que constituyen a un tipo de ser humano que se ha constituido para satisfacer e interiorizar plenamente el solicitamiento que viene del “espíritu del capitalismo”, por ello la identidad no es una especie de “tijera” que corta a la gente sino que proviene de las relaciones sociales en la que nos inscribimos y el tipo de hegemonía a la que estamos sujetos. Es por esta razón que no existen núcleos esenciales y puristas en el mundo cultural; se generan espacios ambiguos, espacios de la no-ubicación e indeterminación donde se dificulta la identificación de los diversos campos de acción, todo es una sobre-posición de todo y es un círculo que se reproduce y extiende constantemente e interminablemente. Pero no debemos olvidar que estas aparentes ambigüedades, yuxtaposiciones, sincretismos o hibridismos hacen a los aparatos contemporáneos de dominación de la modernidad/colonial/capitalista, y más allá de dejarnos llevar por la creencia de la existencia de un terreno neutro y común, y enarbolar prácticas y expresiones complejas de identidades des-centradas u originarias necesitamos conocer la capacidad que tiene lo heterogéneo de subvertir la supeditación que sufre y ser una alternativa real; necesitamos conocer sus capacidades y límites porque de nada sirve quedarse en el espacio de resistencia si no se logra incurrir en espacios de lucha hegemónica.

*     Joven intelectual aymara.

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