octubre 25, 2020

Inti: 42 años de su presencia

“Me golpearon varias reacciones: turbación por el respeto que le tenía (y mantendré siempre), emoción profunda, orgullo de estrecharle la mano, y una satisfacción difícil de describir al saber con absoluta seguridad que en ese momento me convertía en uno de los soldados del ejército que dirigiría el más famoso Comandante Guerrillero”. Así dice Inti (Guido Peredo Leigue) en sus memorias, que tituló ‘Mi campaña junto al Che’. Era el 27 de noviembre de 1966. no sabía que, muy pronto debía tomar una decisión trascendental.

Fue el 1 de enero de 1967, cuando los militantes del PCB debieron decidir cuál iba a ser su camino de allí en adelante. El relato que Inti hace de aquella decisión, es así:

“El 31 de diciembre llegaron a la Casa de Calamina Monje, Coco, Tania y Ricardo, que desde ese día se quedaría definitivamente con nosotros.

“Con el Che nos trasladamos al primer campamento.

“(Mario) Monje estaba muy nervioso. En el trayecto de la ciudad a la finca, Coco le había dicho que Ramón (Che) estaba dispuesto a darle la dirección política de la guerrilla al Partido, que no le entregaría la dirección militar, lo que él, Coco, consideraba justo. Luego presionó a Monje para que se decidiera a incorporarse pronto a nuestro núcleo.

“Monje nos dio la mano muy fríamente.

“Mientras el Che saludaba a los otros compañeros, me preguntó:

“-¿Y cómo está aquí la cosa?

“Le repliqué:

“-Está muy bien, ya lo verás. Además llegas oportunamente porque la guerra hay que empezarla pronto. Decídete a luchar con nosotros.

“Monje contestó:

“-Ya lo veremos, ya lo veremos…

“Che y Monje partieron solos y conversaron unas horas.

“Tarde regresamos al campamento base.

“Cuando llegó, vio a nuestra gente, la saludó y empezó a conversar con todos.

“Al poco rato Monje me pidió conversar con los compañeros bolivianos. Inmediatamente consulté con el Che para preguntarle si esto era posible. Che contestó afirmativamente.

“Se inició entonces una reunión dramática, tensa a veces, persuasiva en otros momentos, dura en otros pasajes.

“Monje relató en rasgos generales su conversación con Ramón, y luego centró el problema en tres puntos fundamentales, que son los que aparecen en el Diario (del Che):

“1) Renunciaré a la Dirección del Partido porque creo que el Partido como tal no entrará en la lucha, pero por lo menos trataré de lograr su neutralidad. También trataré de sacar de la organización algunos cuadros para la lucha.

“2) Le exigí al Che que la dirección político-militar de la lucha debe corresponderme en forma exclusiva a mí, por lo menos mientras ésta se desarrolle en Bolivia. Cuando se continentalice podemos hacer una reunión con todos los grupos guerrilleros y en esa oportunidad yo haré entrega del mando al Che, delante de todos.

“3) Le propuse al Che manejar las relaciones con otros partidos comunistas latinoamericanos y tratar de convencerlos para que apoyen a los movimientos de liberación.

“En seguida explicó con más detalles estas cuestiones y agregó con firmeza:

“-No hemos llegado a ningún acuerdo.

“Sentenciosamente agregó:

“-Cuando el pueblo sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero le volverá la espalda, le negará su apoyo. Estoy seguro que fracasará porque no la dirige un boliviano, sino un extranjero. Ustedes morirán muy heroicamente, pero no tienen perspectivas de triunfo.

“Todos lo replicamos con firmeza que no nos íbamos. Que él se quedara, que era un falso orgullo revolucionario negarse a estar bajo las órdenes de otro, sobre todo cuando ese ‘otro’ era nada menos que el Che, el revolucionario más completo y más querido, el hombre junto al cual querían luchar miles de latinoamericanos”.

Ya decididos, el Che organizó una expedición que recorrería la zona para preparar a los hombres como combatientes y evaluarlos adecuadamente.

El primer combate ocurrirá el 23 de marzo. Para Coco, aquélla debió ser una acción decisiva. Es cierto que muchas veces había disparado sobre animales en el Beni. Cierto también que pasó por un riguroso entrenamiento guerrillero. Pero en ninguna oportunidad había sentido el impacto que supone participar de una batalla real.

El Che anota así: “Día de acontecimientos guerreros… A las 8 y pico llegó Coco a la carrera a informar que había caído una sección del ejército en la emboscada”.

Inti fue comisionado por el Che para charlar con los detenidos, presentándose como jefe de la guerrilla. Era evidente, ya para entonces, que se destacaba entre los combatientes bolivianos; pero no sólo eso, sino que era comisario político y como tal lo reconocían todos los miembros de la columna.

El comunicado que se redactó, estaba firmado por el Ejército de Liberación Nacional; posteriormente aparecerían sólo las siglas: E.L.N. que fue como, desde entonces, se conoció al movimiento revolucionario generado en Ñancahuazú. Los militantes de la organización se llamaron desde entonces ‘elenos’.

Hasta julio, la situación se mantuvo sin variaciones. Hubo otros encuentros que reforzaron la confianza en los combatientes. El 30 de julio, esa confianza, iba a tener consecuencias funestas. Inti explica que cometieron varios errores debido a “un exceso de confianza en nuestra capacidad y en un desprecio por el poder del enemigo”.

El Che, que tenía un persistente ataque de asma, sufrió un peligroso percance: el caballo en el que iba resbaló y cayó. Lo auxiliaron Coco, Julio y Miguel que, evidentemente, ya formaban un equipo en la vanguardia de la columna.

Agosto se arrastró entre penurias y desalientos.

“Hubo días duros, tensos, de relajamiento de la moral en los que se necesitaba una voluntad fuerte y una conducción política firme y respetada”, dice Inti, añadiendo que allí estaba el Che, pese a su grave dolencia, imponiendo la disciplina que necesitaba el grupo para sobrevivir.

El combate más negativo ocurrió el 26 de septiembre. Ese día llegaron a Picacho muy temprano; había fiesta y los combatientes fueron agasajados con chicha y algunos bocados. Coco se había incautado de un telegrama en que el subprefecto de Vallegrande comunicaba al corregidor del poblado de la presencia de guerrilleros en la zona.

De allí iban a partir rumbo a La Higuera. La vanguardia salió para tratar de llegar a Jagüey. Poco después se escuchó un intenso tiroteo y, en el poblado, el Che organizó la defensa para esperar el retorno de la vanguardia.

Relata Inti: “El primero en regresar fue Benigno, con un hombro atravesado por una bala, la misma que había matado a Coco. Luego lo hicieron Aniceto y Pablito, este último con un pie dislocado. También habían muerto en la emboscada Julio y Miguel.

“El combate fue ligero y desigual. El ejército con un gran poder de fuego y un número aplastante de hombres había atacado sorpresivamente a nuestros combatientes en una zona sin ninguna defensa natural…

“Miguel fue muerto casi instantáneamente, Coco quedó malherido. El resto de los compañeros peleó heroicamente tratando de rescatarlo, dando una hermosa prueba de solidaridad. Cuando Benigno arrastraba su cuerpo sangrante, una ráfaga de ametralladora lo remató y una de las balas hirió a Benigno; otro rafagazo mató a Julio”.

Sigue Inti: “Coco y yo éramos —si así cabe decirlo— más que hermanos. Camaradas inseparables de muchas aventuras, juntos militamos en el Partido Comunista, juntos sentimos el peso de la represión policial en muchas oportunidades y compartimos la cárcel, juntos trabajamos en Tipuani, juntos recorrimos el Mamoré, aprendimos agricultura y pasamos largas jornadas cazando caimanes, juntos ingresamos a la guerrilla. En esta nueva aventura no lo veré a mi lado, pero siento su presencia, exigiéndome cada vez más”.

Después, recuerda:

“Yo no lo vi morir. Tampoco derramé una lágrima; por una cuestión de carácter, me cuesta mucho llorar. Pero no por eso el dolor, el sentimiento y el afecto por un hombre tan querido es menos intenso”.

La disminuida columna —apenas 17 hombres— marchó hacia La Higuera, con objetivos claros. Confirmado el aniquilamiento del grupo comandado por Joaquín, había que buscar un nuevo teatro de operaciones. Para ello, debían romper dos cercos que se desplegaban en torno a ellos. La marcha era lenta, tanto por las múltiples precauciones que habían de tomar para no ser detectados, cuanto por el estado de salud de algunos combatientes. Así llegaron, en las primeras horas del 8 de octubre, a la quebrada del Yuro.

A la 1.30 de la tarde, comenzó el tiroteo. Aniceto cayó fulminado. Los guerrilleros disparaban sólo cuando lo hacían los soldados, para evitar que los detecten. Al oscurecer, pudieron reunirse Benigno, Darío e Inti, que se habían mantenido en una posición lateral, con Pombo, Urbano y Ñato, que estaban frente a ellos.

“-¿Y Fernando (Che)?

“- Nosotros creíamos que estaba con ustedes”.

Ninguno de ellos sabía lo que había ocurrido con su comandante. Creyendo encontrarlo en un punto de reunión previamente acordado, marcharon hacia allí, sin resultado.

Relata Inti: “Después de perder el rastro de nuestra gente volvimos a caer en La Higuera, lugar que nos traía recuerdos dolorosos que aún no se habían borrado. Nos sentamos casi frente a la escuela del lugar. Los perros ladraban con persistencia, pero no sabíamos si era delatando nuestra presencia o estimulados por los cantos y gritos de los soldados que esa noche se emborrachaban eufóricos.

“Jamás nos imaginamos que a tan corta distancia de nosotros aún estaba allí herido, pero con vida, nuestro querido Comandante”.

Sólo dos días después, los 6 combatientes tuvieron la certeza de que el Che había caído. “Permanecimos callados —recordaba Inti—, con los puños apretados, como si temiéramos estallar en llanto ante la primera palabra. Miré a Pombo, por su rostro resbalaban lágrimas”.

Fue interminable el tiempo en que todos permanecieron quietos y mudos. Después lograron hablar.

“Sólo recuerdo —dice Inti— que con una sinceridad muy grande y unos deseos inmensos de sobrevivir, juramos continuar la lucha, combatir hasta la muerte o hasta salir a la ciudad, donde nuevamente reiniciaríamos la tarea de reestructurar el Ejército del Che para regresar a las montañas a seguir combatiendo como guerrilleros”.

Después de la batalla del Yuro, el ejército persiguió con encono a lo que consideraba restos en desbande. Durante un mes caminaron siempre hasta el norte, en cortas jornadas que aprovechaban la noche. Así llegaron hasta Mataral, donde incluso hicieron algunas compras. El ejército, que los seguía de cerca, volvió a detectarlos y se produjo un breve enfrentamiento en el que murió Ñato.

Jesús Lara, en “Guerrillero Inti Peredo”, cuenta: “Después de la muerte de Ñato Méndez, ciudades y pueblos de la república fueron empapelados con un cartel oficial que llevaba los retratos de los cinco sobrevivientes y ofrecía un ‘premio’ de diez mil pesos bolivianos por cada una de las cinco cabezas. Los guerrilleros debían ser presentados ‘en lo posible vivos’, para ahitar el sadismo del genocida Barrientos Ortuño”.

Mientras tanto, los cinco siguieron avanzando en paralelo con la carretera intentando así anunciar su situación, para que, desde la ciudad y al darse cuenta de la ruta que seguían, pudiese llegarles algún auxilio. Pero esta maniobra fue detectada antes por el ejército, obligándolos a buscar otros rumbos.

A mediados de diciembre, Inti y Urbano salieron a la carretera decididos a viajar hasta Cochabamba, pero la estrecha vigilancia militar les obligó a ir en sentido contrario. Llegaron a Santa Cruz, tomaron un avión y se trasladaron a Cochabamba. Allí hicieron contacto con el suegro de Inti, Jesús Lara, quien logró comprometer a varios dirigentes del PCB.

Salieron por fin Pombo, Urbano y Benigno. Inti lo haría varios meses después, para preparar condiciones que requería el reinicio de la guerra.

A su retorno a Bolivia, Inti encontró una organización desarrollada. A la vez, traía aportes, tan importantes como la formación de un excelente núcleo de combatientes en Chile. Varios de ellos ingresaron con él, para incorporarse a los preparativos de la columna que debía reanudar las acciones guerrilleras.

Por supuesto, la publicación de ‘Volveremos a las montañas’, hizo que se redoblara la vigilancia de los órganos de represión. Venciendo grandes dificultades, pero consciente de que cada tarea requería del máximo esfuerzo y la mayor dedicación, Inti viajaba a Cochabamba, estaba en La Paz, circulaba por Oruro y las minas.

A fines de julio de aquel 1969, Inti volvió a viajar a Cochabamba. En esta oportunidad, los contratiempos se convirtieron en peligro de muerte. El alojamiento que habitualmente usaba para sus estancias, estaba vigilado. Una revisión que hicieron tres compañeros, lo confirmó, con resultados fatales: Maya (Rita Valdivia), la responsable del ELN en Cochabamba, fue muerta en el enfrentamiento. Inti tuvo que pernoctar en domicilios de amigos, que sólo le ofrecían un precario asilo. Poco después, retornó a La Paz, sabiendo que la vigilancia policial era continua; otra vez, el cerco enemigo se estrechaba a su alrededor.

En los primeros días de septiembre, entregó un nuevo manifiesto que fue leído por radio y publicado en periódicos. El documento recordaba: “Cuando en julio de 1968 lancé un manifiesto, explicando al pueblo los alcances de nuestra lucha y las causas de sus victorias y derrotas, muchos creyeron que ésta era una honrosa retirada. Una vez más se equivocaron. Abandonar la lucha es una cobardía que la historia castigará implacablemente y los hombres formados por el Che no claudican ni se rinden”.

El 9 de septiembre de 1969, cuando tenía 31 años de edad, Inti daba su último combate en una vieja casona de la calle Santa Cruz en la ciudad de La Paz.

El legado que Inti y Coco dejaron, se confunde con el que recibimos del Che. Legado de valor y entereza, de consecuencia y honestidad. Entregaron de si, todo lo que podían ofrecer, incluso su vida. Esa conducta, era el producto de su crianza, de un carácter que fueron forjando desde esos tiempos de Trinidad, aquella polvorienta y querida ciudad que los vio crecer, aquellos inmensos ríos y la compacta selva en la que hicieron sus primeras armas de convicción y decisión. Era la consecuencia natural de sus años de sueños adolescentes, cuando se formaron queriendo construir un partido distinto, un partido para la revolución.

Unidos en la vida, estuvieron también unidos cuando la ofrendaron por un ideal de todos, por una utopía que sigue teniendo plena validez, cuarenta años después: el socialismo.

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