octubre 23, 2020

Ética, religión, cultura y sociedad

por: Rolando López del Amo/ CUBARTE/ Visiones Alternativas

Hombre es algo más que ser torpemente vivo: es entender una misión, ennoblecerla y cumplirla (1). Así escribió José Martí en artículo publicado en México en la Revista Universal, el 12 de junio de 1875. Era un joven de apenas 22 años de edad, pero ya había sufrido el trabajo forzado en la cárcel y el destierro. Se estrenaba como periodista tras haber culminado sus estudios de Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza, en España.

En otro artículo en la misma revista, seis días después, escribe que “la inteligencia humana tiene como leyes la investigación y el análisis”.  Y para completarlo habría que recordar que, tras el análisis, viene la síntesis y, después, la generalización. Esa es la forma en que opera nuestro pensamiento.

Este hombre que piensa gracias al lenguaje que le permite nombrar las cosas, las acciones y lo que las enlaza y concatena; este hombre que no es ya el primitivo bosquimano, el cavernario que ignoraba cómo hacer el fuego y no pasaba de ser otra bestia entre las demás; este hombre que piensa, ha ido resumiendo la experiencia de la vida y tratando de organizarla del modo más racional y más noble. Elevarse, alzarse sobre su condición primaria es lo que le permite acercarse más al conocimiento de la vida y las leyes que la rigen; aproximarse cada vez más, por los caminos de la investigación y el análisis, al descubrimiento de los orígenes; a entender que toda la materia está hecha de los mismos elementos simples y que la materia y la energía no difieren, esencialmente, entre sí, y que la materia es una forma de la energía. Eso es lo que dicen los científicos de nuestro tiempo.

Parece que nos vamos acercando a una etapa cualitativamente nueva. Sin embargo, la bestia perdura en el hombre en sus peores instintos primitivos, sólo que ahora con una capacidad de dañar y destruir solamente comparable a las de la naturaleza misma. La codicia insaciable y el egoísmo  torpe están detrás de las peores acciones.

Desde antiguo los seres humanos de mejor inteligencia y sentimientos más nobles y lúcidos procuraron sentar principios fundamentales  para que fuesen base y pilar de las sociedades humanas. Son los que entendieron una misión y trataron de ennoblecerla. Muchos de estos principios éticos nos fueron legados en el nombre de las religiones. Si eran principios establecidos por el Creador Supremo y Único de la vida, estos principios tendrían un valor tal como el que no podría tener jamás lo proveniente de un ser humano. Y, a pesar de ello, ¡qué poco respeto para esos principios por parte de los que se dicen seguidores de esas religiones!

Tres grandes religiones contemporáneas tienen un origen común: judía, cristiana y musulmana. Las dos últimas derivan de la primera. Detengámonos en los fundamentos de la religión judía según lo que se recoge en el Libro segundo de Moisés, conocido por Éxodo y que forma parte del Antiguo Testamento de la Biblia. En su capitulo 20, Jehová le transmite a Moisés, en el Monte Sinaí, varias recomendaciones que conocemos hoy como los diez mandamientos.

La primera indicación es la de que no adore imágenes, que no haga imágenes de cosa alguna del cielo, la tierra o el mar para convertirla en objeto de adoración. Hay solamente un creador supremo y verdadero, misericordioso con los que le aman. El Creador indica también que no usen su nombre en vano. Les recuerda que toda la obra de la Creación  fue hecha por El en seis días y que descansó el séptimo día. De tal forma, uno de los siete días de la semana ha de ser de descanso de las labores y dedicado al Creador. Para los judíos ese día es el sábado, para los cristianos el domingo y para los musulmanes el viernes, pero el fundamento es el mismo.

Después de estas primeras indicaciones que se relacionan con Dios mismo, vienen otras sobre las relaciones entre los hombres. La primera de ellas es la de honrar al padre y a la madre, deber de gratitud primario hacia los que nos procrearon.

El siguiente mandamiento, escueto, sin explicaciones, es: no matarás. Porque, ¿qué derecho tiene nadie de poner fin a la vida de un semejante? No debemos destruir otras vidas. Pero este es un principio altamente violado y olvidado, porque la propia práctica judía antigua estableció la pena de muerte por lapidación y la práctica de cobrar “ojo por ojo y diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe”, como dice el capítulo 21 del propio Éxodo. En este capítulo y el siguiente se hace una relación pormenorizada de delitos, de los cuales varios llevan como castigo la pena de muerte. Contradictorio, ¿verdad? Solamente el cristianismo planteó la posibilidad de cumplir este mandamiento con la implantación de otro: amaos los unos a los otros y amad a vuestros enemigos. Eso, en teoría, porque cuántas horribles matanzas genocidas se hacen en nuestros días por quienes dicen ser cristianos. Eso sin mencionar aquella aberración conocida como Inquisición.

Otro principio es el de no cometer adulterio. En una sociedad patriarcal y monogámica, basada en la familia de una pareja, el adulterio es traición que quiebra el orden social, la certeza de la descendencia, los fundamentos mismos de la célula básica de la sociedad basada en la propiedad privada.

El siguiente mandamiento es el de no hurtar, no robar.  Es inaceptable que alguien se apropie de lo que no le pertenece, de lo que no es obra suya o producto de su trabajo, de lo que no ha adquirido o le ha sido dado  lícitamente. ¡Con cuánta frecuencia es violado! No levantar testimonios falsos contra el prójimo es otro de los mandamientos. O sea, no mentir, no acusar falsamente, no esparcir rumores venenosos para dañar al prójimo, al otro. Y sigue una enumeración de cosas a no hacer en relación con el prójimo: no codiciar la casa, la mujer, las propiedades del otro. En síntesis: respetar la situación social existente y no envidiar, no desear lo que es de otro. Todo este pensamiento corresponde a la sociedad patriarcal hacia el siglo XIII a.n.e., antes de Cristo, aproximadamente.

Con estas referencias trato de indicar la absoluta necesidad del ser humano de basar las relaciones con sus congéneres en determinadas normas (éticas, jurídicas) que tengan reconocimiento social y la necesidad también de aplicar sanciones en contra de los violadores, reforzadas, además, ideológicamente, con la inclusión de medidas máximas después de la muerte: castigo eterno para los que obraron mal, premio eterno para los que obraron bien. Todo ello a partir de una vida post mortem.

El Islam, a diferencia del judaísmo y el cristianismo, convalida la poligamia (un hombre puede tener cuatro esposas y tantas concubinas como sea capaz de mantener) y ofrece una visión del paraíso muy precisa para los hombres: allí estarán vestidos con seda verde, en un ambiente sombreado, sin frío ni calor, bebiendo en copas de plata el agua con sabor a jengibre de la fuente de Salsabil. (Ver la Sutra LXXVI de El Coran). El Islam, se considera heredero de Abraham y Moisés y de Isa (Jesús), el hijo de Marian (Maria), quien es un profeta más. En la Sutra  LXXXVII se citan, a propósito de la vida después de la muerte, las enseñanzas contenidas en “los libros antiguos de Moisés y Jesús”. Mahoma, a quien el ángel Gabriel le ha dictado los contenidos de las sutras que componen El Coran, que quiere decir El Libro, y también se presenta como El Recordatorio, es considerado como el último de los profetas.

Los musulmanes también desean la paz (aunque haya terroristas de esa confesión, como de otras) y al saludarse siempre lo hacen con un Salam Alecum (que la paz sea contigo), y responden Alecum Salam, para desearle paz a quien lo ha saludado; también son temerosos de Dios (Alá es su nombre en árabe y siempre se refieren a El como el Dios verdadero, clemente y misericordioso) y cuando hablan de algo que desean hacer, siempre añaden: Si Dios quiere (se pronuncia en árabe como Insh Alá) , como los cristianos, que dicen lo mismo y, desde antiguo, se desean que la paz del Señor sea con ellos.

Otras religiones (budismo e hinduismo) también aportan normas para sus seguidores. El hombre posee libre albedrío, como en las tres religiones antes mencionadas, y con sus acciones (karma), determinará las condiciones de su vida, de sus reencarnaciones o renacimientos, hasta que logre, por sus méritos, salirse de ese ciclo y alcanzar la eterna felicidad en un desconocido nirvana, según el budismo, o reunirse con su creador, según el hinduismo. El budismo dice que hay un camino de ocho aspectos para alcanzar el nirvana, y entre ellos están  el pensar correctamente, el hablar correctamente y el actuar correctamente.

Con todo esto apenas quiero recordar que las más extendidas religiones humanas proponen una ética del bien. ¿Qué ocurre con todo eso que, en la práctica, se trueca en su contrario?  Por una Teresa de Calcuta, ¿cuántos que son su negación?

Los seres humanos aún no hemos salido de nuestra prehistoria, para decirlo en términos de Carlos Marx y Federico Engels. Muy lejos estamos del hombre nuevo  que proclamaba el apóstol Pablo que se lograba tras el bautismo, o del hombre nuevo que proponía el Che como constructor de la sociedad nueva.

La vida muestra que la pobreza no es necesariamente sinónimo de virtudes para el común de los seres humanos. Tampoco la riqueza excesiva. Ambos extremos se tocan. La codicia, la ambición desmedida, desemboca en un egoísmo desenfrenado. La pobreza impulsa a la necesidad de salir de ella de cualquier forma. El ser humano no tiene un testimonio convincente de que esta vida de ahora no sea la única que tiene y tendrá y es por y para esta vida que actúa. Los místicos son una minoría. El hombre pide a Dios, a los dioses, a los espíritus, que lo ayuden frente a las dificultades de esta vida, frente a las calamidades, a las enfermedades, al desvalimiento, a las circunstancias que le son desfavorables. Por creer que esta es la vida única, el hombre corre tras la riqueza, los placeres, la fama, el poder.

¿Cómo lograr un hombre distinto?

El ser humano, además de un ser biológico, es un ser social. Es el resultado de una sociedad determinada en una época determinada que, a su vez, es el resultado de todo lo que la ha antecedido. Es en la sociedad que el ser humano aprende a pensar y a hablar, aprende a ser y a estar. Su existencia social determinará su conciencia. Eso es el abecé de la sociología. De modo que si queremos transformar al hombre, hay que transformar la sociedad. Para ello, hay que apropiarse de todas las ideas buenas que la humanidad ha acumulado en su devenir y, con ellas, y las realidades del mundo material, tomar el poder político y económico necesarios para hacer los cambios.

Por justa que sea una idea, necesita de los medios necesarios para su implementación, para su puesta en práctica. Sin esa premisa, lo demás es puro sueño. Pero la historia demuestra también que, a nombre de las mejores ideas, se pueden hacer las peores cosas desde el poder. Por eso es imprescindible que el poder delegado en los que dirigen, pueda ser revocado si no se emplea debidamente, y que se cuente con un programa político y económico-social que encarne las ideas más justas que puedan comprobarse en la práctica social misma. Si los hombres quieren librarse de la tiranía de las castas con sus caudillos, de la división en clases, en ricos y mendigos, necesitan de un programa claro y de una fuerza social de vanguardia capaz de impulsarlo. La relación íntima entre los que dirigen y los dirigidos es indispensable para la forja del hombre nuevo de la sociedad nueva. El ejemplo personal de los que dirigen es la máxima lección de ética y la más efectiva.

La praxis social demuestra que los seres humanos necesitan sentirse incentivados en lo que hacen y es necesario lograr una armonización de los intereses del individuo con los de la sociedad en su conjunto. Si se trata por igual al vago y al laborioso, termina venciendo el vago. Si se trata por igual al deshonesto que al honesto, termina venciendo el deshonesto.

Creo que sabemos que deseamos un ser humano laborioso, honesto, culto, amable, fraternal, solidario, sincero, generoso, risueño, leal, valiente. Son virtudes que todos aceptamos como deseables. Y también que se premie a los más esforzados, que se les reconozca moral y materialmente, en un mundo en el que las necesidades materiales están presentes.

Se trata ahora de buscar la mayor justicia y la indispensable abundancia de bienes imprescindibles para una vida digna en una sociedad de trabajo y estudio, de cultura y bienestar, de reposo y entretenimiento, de disfrute equitativo del producto del esfuerzo de todos y del cuidado el medio natural que nos permite la vida misma. Eso significa producción suficiente y medios de distribución satisfactorios que recompensen el esfuerzo y la virtud, vivienda decorosa,  acceso al conocimiento que nos hace más libres para ser felices, a través de la comprensión de la realidad y nuestra identificación con lo que hacemos en la sociedad en la que vivimos; lograr una conciencia social nueva en una existencia social también nueva que no podemos, en verdad, preconcebir, salvo en sus fundamentos deseados. Pero de las realidades mismas se irá conformando y transformando: no hay un final de la historia. Las instituciones basadas en el egoísmo darán paso a las de aceptación colectiva, porque no hay otra alternativa. Díganlo si no el hormiguero y la colmena.

Una sociedad es un complejo de personas diferentes, y no venimos del aire ni de las nubes, sino de nuestro pasado inmediato, con todas nuestras imperfecciones; pero con esas realidades tenemos que alzarnos sobre nosotros mismos y distribuirnos los trabajos de los días, en lucha por ganar cada vez más tiempo para el espíritu, para la cultura, gracias a los ingenios mecánicos automatizados y la inteligencia electrónica de que ya vamos disponiendo y de una organización social justa y equitativa.

 Si las ideas están defendidas por las realidades existentes y las posibles, la vida puede continuar con el anhelado desarrollo en paz y la esperanza de un mundo siempre mejor. Es en la práctica donde hay que demostrar la justeza de las ideas. En ella está su consagración. Pero las ideas necesitan del poder que pueda ponerlas en práctica. Tomar el Poder es la primera tarea. Y conservarlo para lograr, parafraseando a nuestro Apóstol, que frente al dogma del mal eterno levantemos el otro, el del eterno trabajo por el bien.(2)

Notas:

(1) José Martí, Obras Completas, Tomo 6, página 232, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975

(2) Ibídem, tomo 9, página 464.

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