octubre 25, 2020

¿Es posible la descolonización del Estado desde el Estado?(Primera parte)

por: Jiovanny E. Samanamud Ávila

Estas reflexiones que a continuación iniciamos, parten de una exigencia política que involucra un conjunto complejo e intrincado de procesos que en principio pueden definirse como paradójicos, primero porque cuestionan ciertos cánones de comprensión teórica desde el amplio espectro de experiencias políticas de trasformación o revolución social.

La comprensión teórica sobre el cambio o la revolución estuvo marcada durante el siglo XX por la posibilidad de construir el socialismo, y por tanto la gran mayoría de las reflexiones venían desde esa fuente. En vísperas de una ansiada “superación” del capitalismo se priorizaron las reflexión mas teóricas como por ejemplo de la superioridad del socialismo frente al capitalismo o la definición sobre que es una economía socialista (Hobsbawm)”. Sin embargo, el peso del fracaso del socialismo real, repercutió, en el pensamiento crítico que dejó la reflexión sobre el cambio, y desnudó un problema grave en su seno: la dependencia enorme del pensamiento del cambio en cánones teóricos pre-definidos y el olvido del la realidad histórica concreta (Zemelman).

Por otro lado, usualmente los momentos de liberación del siglo XX han tematizado siempre las posibilidades de una revolución y de un cambio y tal vez muy poco sobre cómo realizar este proceso, como movimiento continuo, como direccionalidad que implica una combinación entre grandes trasformaciones y modificaciones cotidianas, es decir la combinación de los macro-procesos y los micro-procesos. En otras palabras: y que del momentos del después cuanto aun lo viejo coexiste con lo nuevo que está por aparecer.

Este déficit también puede atribuirse al hecho de que las teorías sobre el cambio o la revolución enfatizaban los momentos de euforia y grandes movilizaciones de masas, algunos coqueteaban con visiones apocalípticas sobre el fin del capitalismo, pero no cabe duda de que siempre se tematizó ese momento con preferencia, ¿y qué del día después? Es decir, podemos plantear una pregunta un poco más precisa que tal vez muy pocas veces se la esbozó: ¿cómo se construye un proceso de cambio? Una cosa es hacer la revolución y otra cosa es construir el cambio. Ambos son momentos y por tanto temporalidades y exigencias diferentes. La primera necesita más de una convicción teórico- ideológica simbólicamente fusionadas, la segunda, depende más del momento histórico-concreto del presente y menos de pre-definiciones teóricas. Esta distinción no fue suficientemente tematizada durante el siglo XX

Justamente esta pregunta contiene lo paradójico, a la luz sobre todo de las experiencia históricas donde se esperaba un cambio automático y se tenía una teoría bien definida desde donde el partido la ideología y el sujeto histórico ocupaban un lugar preciso, y por mucho que los revolucionarios de profesión mantuvieran un contacto directo con los sectores explotados, su vida política era vivida teóricamente, porque estas relaciones ya estaban definidas desde la ideología que ya ordenaba y jerarquizaba la forma de acción sobre la realidad. Por esa razón es posible comprender la gran frustración de la caída del socialismo real y el desbande generalizado en el pensamiento crítico.

Este es un poco el contexto que dejó huérfano la reflexión sobre el cambio, se creyó olvidada ya pensar en hacer la revolución, se pensó que eso nunca mas podría ocurrir en pleno siglo XXI, donde la democracia y el diálogo ganaron el terreno como herramientas de intervención sobre la realidad. Una vez más la definición previa de revolución o de cambio fue el sostén de las ideas y las prácticas subsecuentes.

Este es el trasfondo de la descolonización hoy en Bolivia, si se la piensa como un proceso político de cambio, tiene la exigencia de enfrentar estos desafíos y vacíos que se generaron en las dinámicas históricas del complejo proceso del cambio en el mundo. En este sentido, hay un engarce particular hoy en Bolivia, no porque la originalidad se le deba a la particularidad del proceso político boliviano, sino porque dadas las exigencias históricas concretas es posible repensar nuevamente estas viejas preguntas bajo fuentes diversas y distintas, desde donde las concepciones del cambio intentaron responder estas mismas preguntas.

Por esta razón es apropiado hablar de la descolonización como un proceso, porque implica muchas cosas más al mismo tiempo. Precisamente en este contexto se ubica la posibilidad de descolonizar al Estado estando dentro del mismo Estado, y esto es una paradoja, que leída teóricamente puede definirse a-priori como un sin-sentido. Pero, precisamente, el comprender esta paradoja a partir la exigencia históricas, es decir, de que por mucho que nuestra teoría se empeñe en mostrarnos como ilógica esta paradoja, aparece como una necesidad histórica cuando partimos del criterio de que el proceso político tiene que tener una viabilidad. Por ello, la dilucidación de esta problemática ya nos plantea límites y posibilidades, por este motivo es importante discutir sus alcances.

A continuación puntualizaremos algunas ideas, sobre todo aquellas referidas a la descolonización dentro del servicio o la función pública, para plantear de manera concreta, una propuesta de descolonización de las instituciones públicas, que más que ser un conjunto de definiciones o principios teóricos, trate de mostrar un conjunto de problemas y posibilidades contenidas justamente en esta

En principio esto no está solo definido por decálogos teóricos o morales, que puedan ser convertidos en principio, en primer lugar porque hablamos de un proceso y un proceso implica acción o movimiento y aunque tengamos reglas claras y perfectas, “no hay una regla que nos enseñe a aplicar una regla”.Hablamos aquí entonces de la descolonización como proceso en esa compleja y particular especificidad.

Como la descolonización implica básicamente un proceso, es decir, implica no tanto un fin o un objetivo en concreto sino, la descolonización nos permitiría construir un camino propio para construir lo nuevo, llámese: estado plurinacional, socialismo comunitario o el vivir bien. La descolonización se focaliza en el “modo” en la manera, en el cómo es que lograremos construir y hacer realidad nuestros horizontes políticos.

Es el modo como procedemos a salir de la burocratización, la apatía del funcionario público, convertir al funcionario público en servidor público, la ruptura con el contenido colonial del estado que heredamos, la posibilidad de construir el Estado plurinacional, etc. Por este motivo la descolonización tiene que expresarse en “dispositivos”, que intenten operativamente funcionar dentro del servicio público.

Deberíamos entonces comprender que concebir estos dispositivos que permitan una descolonización articula un conjunto de problemas de carácter político y ético que deber ser continuamente evaluados, porque por un lado no son reglas general para aplicar, sino mecanismos que depende sobre todo de la propia convicción subjetiva del servidor público. Lo que el dispositivo intenta es hacer visible un conjunto de problemas que deber ser resueltos en concreto por los propios servidores públicos. Por el momento solo lo mencionaremos esta característica general pues nos interesa más la comprensión de los problemas involucrados en el ejercicio de descolonización del servicio público.

Por otro lado, la descolonización desde el punto de vista de nuestro horizonte político y para fines de la descolonización de la función pública, involucra dos exigencias, esto es la incorporación de lo comunitario y el vivir bien como formas institucionales que busquen la descolonización, siempre que su incorporación como formas institucionales dentro del servicio público, sea sobre la base de cuestiones concretas y en función de resolver los problemas que el estado colonial no ha podido resolver, y que a cada momento se le presentan al servidor público en su tarea cotidiana.

Lo comunitario y el vivir bien tienen varias tareas importantes; lograr modificar la característica impersonal de la institución pública, modificar el sentido militar con el cual fue concebida en la modernidad el Estado (el modelo del funcionario público es el modelo del soldado prusiano) y la forma de concepción del poder que es la base de su estructura interna, es decir, cambiar el poder del que manda mandando por el poder del que manda obedeciendo.

  1. Los ejes de la descolonización del Estado

A partir de estas dimensiones podemos establecer algunos componentes de este proceso de descolonización que involucran juntar tanto las dimensiones como las tareas bajo ejes de descolonización estos serian los siguientes:

 

  1. Del funcionario público al “servidor” publico

Este cambio no involucra un simple cambio de nombre, implica una cantidad de problemáticas que van desde la recuperación del servidor público como “sujeto” hasta la modificación de la función y el rol de lo público mismo.

Cuando decimos recuperación del servidor público como “sujeto”, estamos hablando de la necesidad de “humanizar” el servicio público, es decir, romper con la impersonalidad de la relación burocrática, y esto pasa por devolverle primero al servidor público su condición de ser humano.

La práctica de la burocracia donde el hombre se convierte parte de un engranaje de una maquinaria, se internaliza en una forma de ser, en una subjetividad, que al sentirse parte de una maquinaria, actúa y siente como un engranaje mas, de ahí el trato impersonal y poco cordial del servidor de años porque a subjetivado el hecho de ser parte de una burocracia que debe funcionar y sincronizar como un reloj.

¿Cómo humanizamos al servidor público? Sentirse como sujeto quiere decir en parte sentir que el trabajo no consuma toda su vida. Este punto es importante y tiene que ver con el “vivir bien” en la institución pública. Una gran parte de los errores del la burocratización de los estados liberales puede ser entendida bajo esta lógica de funcionalidad que convierte al ser humano en parte de una maquinaria, sobre todo cuando los florecientes Estados-nación europeos en el siglo XIX, empezaron a burocratizar su función pública al servicio, principalmente de la expansión colonial y de mercados capitalista.

Pero durante el siglo XX, los países del denominado bloque socialista, así como muchas experiencias de tomas del poder por parte de partidos o movimientos de izquierda, también se enfrentaron al tema de administración del Estado, y un error frecuente fue subsumir a los sujetos ya no solo a la maquinaria del Estado, que había mejorado sus modos de administración una siglo antes, sino también bajo un proyecto político, que dejaba pocos resquicios a los ritmos y los tiempos de la construcción de un cambio.

Para ponerlo en otras palabras, esto tiene que ver con la forma de concebir la construcción de los proyectos políticos, y este es precisamente el caso del proyecto de descolonización del Estado. Porque una cosa olvidada en este contexto es no diferenciar las desiguales temporalidades que se expresan cuando nos preguntamos sobre como construir el cambio.

No es fácil hacer el pasaje del proyecto político que tiene un tiempo de duración de 50 años o más, y el tiempo de vida de los sujetos concretos que están dentro del servicio público, administrando un proceso de cambio. Los ritmos y las temporalidades no son las mismas (Zemelman).

Los tiempos y los ritmos en el contexto de la descolonización del Estado implica distinguir el tiempo de construcción del proceso político y, en este caso, hay por lo menos tres tiempos distintos, una cosa es el tiempo de las políticas públicas, el tiempo del proyecto político y el tiempo del proyecto de vida de los hombre y mujeres en concreto (servidores públicos).

Por eso, cuando definimos romper el trabajo despersonalizado de la función pública nos referimos a que mientras tomamos en cuenta que el tiempo del sujeto “servidor público”, si no lo tomamos ni como engranaje de una maquinaria, ni como cuadro de una estructura al servicio de una ideología, implica diversas formas de ser armonizadas con las exigencias de hacer eficaces e servicio y las políticas públicas en concreto, junto a las exigencias del proyecto político que involucra siempre que estemos encaminados en esa dirección.

Este problema significa que para que pueda ser viable una desburocratización del Estado debemos construir dispositivos de descolonización que intenten armonizar estas temporalidades, porque podría pasar que nuestros planes bien diseñados puedan no ser posibles de ser ejecutados precisamente por las dificultades “humanas” de los “servidores públicos” o porque las tensiones al interior de estos diferentes ritmos y procesos, puedan no hacer viable la construcción de una dirección de cambio.

Recuperarlos como “sujetos” a los servidores públicos, involucra en concreto dos cosas: hacer que no sientan que la vida se les va en el trabajo, cosa que debe ser reflejada por ejemplo en el horario de trabajo (ya sea acortando la jornada laboral o ampliando el horario de pausa de medio día sin reducir el horario de trabajo). Y esto también se expresa en modificar y cambiar el sentido de trabajo político o de concebir el trabajo dentro de la propia gestión y administración de lo público.

Por otro lado, recuperar el carácter de sujeto implica también combinar su carácter de administrador y gestor de lo público con su carácter activo dentro de un proceso político, es decir que sea propositivo, (proactivo si se quiere) frente al proceso político de descolonización del estado. Es decir, el “servidor público” yo no es simplemente un gestor y administrador, es también un “trasformador” de la institución, y esto le da el sentido de ser también un sujeto político dentro de la estructura del estado mismo, es decir, puede ser concebido como un agente de descolonización.

Pero para esto es necesario que en lo cotidiano sea posible que el ejercicio de la función pública posibilite estos espacios que van más allá de la llana obediencia. Esto no es una cuestión teórica sino que surge de la pregunta: ¿Cómo descolonizamos la función pública hoy? La respuesta a esta pregunta tiene que hacerla el servidor público, y esto porque es una necesidad, la misma que nos interpela cuando intentamos hacer práctico nuestro discurso político, esto es ya una exigencia histórica que no puede ser resulta a-priori. Los ejemplos en el contexto actual de Bolivia son elocuentes en todos los ámbitos de la realidad.

Ahora bien, esto involucra también modificar y cambiar la concepción del trabajo dentro de la Estado, entonces como intentamos recuperar la dimensión de sujeto del servidor público, debería dejar de concebir al trabajo como un sacrificio y empezar a comprender que el servicio implica compromiso y no sacrificio. Esto es importante porque otro de los errores de las experiencias revolucionarias del siglo XX es que intentaron ligar el trabajo por la “revolución” con el sacrificio de los revolucionarios por un mañana mejor, (emulando en parte a la famosa teodicea cristiana que explicaba así que si dios te exige o te castiga hoy es porque mañana te premiara, es decir la infelicidad del presente garantiza la felicidad del futuro).

El trabajo comprometido hace del trabajo algo menos impersonal: impersonal frente la maquinaria del estado e impersonal frente a la ideología política, este es un equilibrio necesario donde el servidor público, poco a poco descubre que él es parte de un proceso político en marcha y que debe combinar el mismo su tiempo de vida en concreto con el tiempo de vida del proyecto político.

Sabemos que esto, no significa renunciar a las grandes tareas que a menudo involucran un tiempo de disposición total para algunas tareas urgentes y necesarias, toda construcción implica compromiso y por tanto desprendimiento hacia el proyecto político. Pero para que esto no sea “vivido” como un sacrificio, es necesario compensar esto con algunos mecanismos (por ejemplo, con jornadas o medias jornadas libres que impliquen que es posible recuperar en el presente el esfuerzo que uno hace hoy).

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