octubre 30, 2020

Reflexiones acerca del proceso de la carretera del TIPNIS

por: Isabel Rauber* / Rebelión/ Questión Digital

El Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), un parque reserva natural de la amazonía boliviana ascendió recientemente al primer plano de la palestra política en Bolivia, a raíz del rechazo de al menos una parte de sus pobladores, a la decisión estatal-gubernamental de avanzar con la construcción de una carretera que para articular Villa Tunari con San Ignacio de Moxos lo atravesaría.

No se trata de un tema nuevo ni de una situación urgente. Intenciones y propuestas para unir mediante infraestructura vial ambos territorios hubo muchas, y también litigios acerca de su pertenencia. Como recuerda Antonio Peredo [ALAI AMLATINA, 21/09/2011], sobre la “propiedad” de estos territorios hay un diferendo de larga data entre Cochabamba y Beni, disconformidad que ahora –en alguna medida late también en algunas aristas del problema presente. La situación actual emerge cuando la carretera Tunari-Moxos, está a las puertas del TIPNIS y no se han logrado acuerdos. Esto estimuló las manifestaciones de protesta y rechazo al proyecto, por el respeto a los pobladores y su hábitat, por la defensa del medio ambiente, por críticas a criterios acerca del desarrollo, etcétera. Al parecer las conversaciones entre “las partes” (población local y gobierno) se agotaron, y –enredado en una maleza de múltiples factores, matrices y matices , estalló el conflicto social-cultural y la crisis política que lo acompaña. ¿Por qué y cómo se llega a este punto?

Teniendo en cuenta el proceso de revolución democrática intercultural iniciado en Bolivia, la trayectoria, experiencia y el arraigo indígena-popular de los dirigentes políticos del gobierno y el Estado, así como también las enseñanzas frescas del llamado gasolinazo, se supondría que el proyecto de construcción de “la carretera del TIPNIS”, la decisión de llevarlo a cabo, contaría –cuando menos con la conformidad de la población abarcada directamente por las transformaciones que ello implica. Cabría suponer, además, que las comunidades que allí habitan fueron convocadas para pensar el proyecto, para definir sus puntos centrales –como, por ejemplo, el recorrido de los tramos que atraviesan el parque , y tomar las decisiones colectivamente, es decir, desde abajo. Sin embargo, los hechos acaecidos evidencian que no ha sido así o al menos, no integralmente , que predominaron las decisiones tomadas desde arriba, con las consiguientes ramificaciones y los significados sociales y políticos que ellas implican.

Inmediatamente salta una pregunta: ¿Por qué no decidir qué hacer y cómo, contando desde los primeros pasos con la participación de todos los actores involucrados?

Y ante los últimos acontecimientos, surgen otras: ¿Por qué los órganos decisores del gobierno y el Estado no detuvieron el proceso de construcción de la carretera ante las primeras –y las subsiguientes- manifestaciones de incomprensión, incomodidad o disconformidad de los movimientos indígenas y sociales del TIPNIS? ¿Por qué apelar a la represión antes que a la búsqueda de una razón colectiva compartida?

¿Subestimación?, ¿sordera política?, ¿convicción de tener la razón por parte de quienes gobiernan?, ¿concepción del desarrollo?, ¿verticalismo?, ¿lógicas viejas?, ¿“paradoja señorial”?, ¿orgullos heridos?, ¿“encierro espiritual de los gobernantes”?, ¿influencia del poder hegemónico?… Se podrían tal vez sumar muchas otras interrogantes, pero no habrá respuesta alguna que –aisladamente despeje la espesura del proceso abierto.

La determinación estatal-gubernamental a construir la carretera atravesando el TIPNIS y los acontecimientos, las explicaciones, interpretaciones y las conductas de los diversos actores sociales, políticos gubernamentales y no gubernamentales , desnudan no solo la complejidad de la medida, sino la complejidad del proceso de cambio que vive Bolivia, y en ella, las alternativas indo-afro-latinoamericanas. Señalar el carácter complejo del proceso no significa considerarlo “complicado”. La complejidad indica que –en este caso, como en todo lo social-, convergen un conjunto de factores políticos, económicos, culturales, ideológicos, identitarios y cosmovisivos, yuxtapuestos e imbricados transversalmente. Estos factores actúan simultáneamente en direcciones diversas y con intereses disímiles y, de conjunto, van delineando el curso y la intensidad del proceso. Expresándose en las conductas de los participantes, atravesándolas con sus contradicciones, se van configurando tendencias conductuales reiterativas, persistentes. Cuando se fortalecerse y predomina una de ellas, esta define y sintetiza la situación inicial con un contenido y alcances generalmente diferente al originario, situación que ninguno de los participantes –aisladamente- habría imaginado ni dado por supuesto al inicio o en el curso mismo del conflicto. Así ha ocurrido también con el conflicto creado y desarrollado en torno a la construcción de “la carretera del TIPNIS”.

Este acontecimiento sintetiza y expresa la reiteración de concepciones y posicionamientos en disputa acerca de quiénes son los hacedores es decir, los creadores y decisores , de las políticas orientadas al cambio social, y cómo y desde dónde promover su realización.

El proceso de resistencia y lucha de los habitantes del TIPNIS, así como las acciones gubernamentales en torno a ello, contiene elementos enriquecedores del pensamiento emancipador y emancipatorio si somos capaces de recuperarlos críticamente y crecer en conciencia colectiva. Es parte del proceso –también contradictorio , de sedimentación cultural. Su análisis crítico resulta de alto interés político, pedagógico, social y cultural para pensar o repensar a partir de las prácticas concretas , los derroteros diversos, los obstáculos, las contradicciones y la vitalidad de la construcción de poder y hegemonía indígena-popular revolucionaria emancipadora desde abajo. Sacar las lecciones y aprender de esta experiencia es vital, no solo para el proceso Boliviano sino para los pueblos de Indo-afro-latinoamérica.

Las reflexiones que ahora comparto se inspiran en este empeño, en el entendido de que acontecimientos como el ahora se trata son parte del caminar contradictorio de los pueblos que buscan de horizontes y vías para construir lo nuevo, en la misma medida que lo van diseñando e implementando. No hay manuales ni recetas que garanticen revoluciones. Los actores socio-políticos concretos, con sus historias, saberes, sus culturas e identidades, con sus subjetividades, sus virtudes y carencias van haciendo caminos al andar. En sus prácticas concretas, con sus aciertos y errores, sus marchas y contramarchas, van delineando el proceso socio-transformador, marcando el ritmo, imponiéndole su sello identitario.

Sin pretender agotar la complejidad que caracteriza las raíces, el desenvolvimiento y múltiples derivaciones o ramificaciones del conflicto de “la carretera del TIPNIS”, me referiré a los factores o fenómenos contradictorios o en pugna mutuamente imbricados, encadenados, eslabonados e interdefinidos, que considero más relevantes en este momento: Concepciones acerca del desarrollo, el crecimiento económico, el Vivir Bien y el cuidado de la naturaleza; el lugar y papel del Estado; la articulación socio-territorial, lo nacional-plurinacional y las autonomías; los sujetos protagonistas del proceso socio-transformador; lógicas de arriba y de abajo; el peso de las culturas políticas; la descolonización; el gobierno su relación con los movimientos indígenas, sindicales y sociales y viceversa; el desfase identitario; la interculturalidad, las subjetividades cambiantes y la necesidad de una intersubjetivación permanente; el lugar de la política y lo político. A continuación centraré el análisis en algunos ellos.

El desarrollo y el proyecto de la carretera, los pobladores, la ecología…

Desde sus primeros pasos el gobierno indígena-popular promueve cambios sociales y busca constantemente alternativas para superar –sobre nuevas bases la pobreza, la discriminación secular, la fragmentación interior, la cultura colonial, las exclusiones. “El patrón de desarrollo se define como una estructura fundamental que va más allá de la acumulación económica y está relacionada esencialmente con la libertad cultural para decidir, el respeto a la diversidad, al diferencia, la heterogeneidad social y con la forma en que se organiza la vida, las sociedad y el Estado.” [Pnd, 2006: 16]

En razón de ello, el gobierno y el Estado se han ocupado también de articular sus propuestas y acciones socioeconómicas con las actuales vías regionales y continentales que buscan el desarrollo. Esto configura, desde la base, una plataforma de contradicciones originadas en la disparidad de visiones, nociones e intereses propios de los distintos Estados participantes de los procesos de integración regional o continental, y se expresa particularmente en lo referente a la definición de las alternativas posibles y las propuestas programáticas concretas para el desarrollo, diferentes y contradictorios posicionamientos que de alguna manera –si de articulación se trata , hay que poner en sintonía común. En este ámbito también hay que tener en cuenta y evaluar paso a paso la correlación de fuerzas, de conciencia, de hegemonía político-cultural, etcétera. El debate del desarrollo y las propuestas han de tener presente también en cada momento esta intercondicionalidad, las interdefiniciones concretas que van imponiendo los tiempos y los ritmos de la conciencia histórica colectiva nacional, regional, continental y mundial.

La superación de la racionalidad depredadora y consumista implantada por el capital, por un sistema que tenga a la vida en el centro de su racionalidad productivo-reproductiva, implica un cambio civilizatorio, es decir, un cambio en el modo socio-cultural de vida de la humanidad toda. Un solo país no podrá romper con el sistema mundo.

La desconexión del sistema mundial regido por el capital es posible, pero hay que tener con quien conectarse, con quien ir creando y construyendo ese otro mundo anhelado. No se logra mágicamente; no basta con los deseos y las voluntades individuales, grupales, o de un pueblo, de un país. Los avances en el ámbito de un solo país constituyen fragmentos de lo nuevo que nace y que necesita –como el oxígeno articularse, converger con transformaciones de otros países empeñados en la misma direccionalidad. Las alternativas irán emergiendo en ese caminar, atravesando laberintos incógnitos, construyendo-conformando arítmicamente un nuevo “orden” (metabólico social) mundial, un nuevo sistema mundo basado en el cuidado de la reproducción de la vida en todas sus dimensiones y expresiones, alumbrando una nueva civilización. Sus elementos y principios se van perfilando y definiendo en los procesos locales desde el presente, por eso es tan importante no subestimarlos, ni desperdiciar las oportunidades de crear y experimentar lo nuevo…

Esto late en la búsqueda de nuevos paradigmas, horizontes y caminos para el desarrollo en aras del Vivir Bien, cuyas lógicas descolonizadas y descolonizadoras hacen a la concreción de los derechos universales de defensa de la vida humano-natural y sus principios de equidad, complementariedad, interculturalidad, plurinacionalidad, equilibrio, solidaridad. “En ese sentido, el Vivir Bien corresponde a un patrón de desarrollo y de democratización integral, plurinacional y diversificado, donde el desarrollo y la democracia tiene la misma importancia. No existe desarrollo sin democracia, sin extender la participación social en la actividad y las decisiones políticas, económicas y culturales.” [Pnd, 2006: 16]

Está claro que apostar por una concepción diferente acerca del desarrollo y progreso es vital. Como señalo en el libro Revoluciones desde abajo: “El modelo de desarrollo basado en el molde consumista-destructivo del capital, resulta claramente incompatible con la sobrevivencia de la humanidad. El capitalismo globalizado, expresión máxima de esta civilización oxidental [Boff], hace aguas. No puede mantenerse; hacerlo equivaldría a extender y profundizar la producción destructiva de la sociedad y la naturaleza. Hoy, cuando la crisis de los capitales expone sus deficiencias a las conciencias de la humanidad, sería un contrasentido continuar sosteniendo que tal especulación, saqueo y guerrerismo que abonan la escandalosa riqueza y abundancia de quienes constituyen el corazón del capital global y sus entornos cercanos , es condición o premisa para el cambio y el progreso sociales. Sin embargo, la constatación de esta realidad no implica su superación. El desafío consiste, en este sentido, en buscar nuevas alternativas de desarrollo basadas en una nueva concepción del mundo, es decir, de la relación humanidad-naturaleza. En base a ella será posible construir y apostar a una concepción de desarrollo ajena al esquema impuesto por el poder (que pretende, por ejemplo, que para “llegar al desarrollo” es inevitable “alcanzar” a los países desarrollados del Norte, por derecha o por izquierda).

“El socialismo del siglo XX dio por sentado que el tránsito al socialismo implicaba recorrer el camino al desarrollo truncado o deformado por el capitalismo. Con el afianzamiento de la revolución socialista de octubre, las nuevas revoluciones se propusieron –contando con el apoyo de la URSS y demás países socialistas “desarrollados” , acortar el tiempo de construcción de las bases para dar el salto hacia el socialismo. Esto implicó por izquierda , la asimilación y extensión del modelo eurocéntrico de desarrollo, al socialismo y la transición. Los resultados adversos están a la vista. Sin embargo, las concepciones culturales están, en gran medida, vigentes.

“(…) las posiciones revolucionarias en el siglo XX, en su mayoría, priorizaron la cuestión económica por sobre las sociales, culturales, etc., y centraron en ella el programa de transformaciones, relegando a un segundo o tercer plano la cuestión medular de toda revolución: ser un camino de liberación construido por sus protagonistas y a través de ellos , de la sociedad toda.” [Rauber, 2011: 92-93]

Pero los caminos revolucionarios no los emprenden los pueblos para “superar la dominación y salir del subdesarrollo”, sino para liberarse y poder llevar una vida en plenitud [Suma Kawsay, Vivir Bien, Ñande Reko] y es en el proceso de su liberación, simultáneamente, que pueden ir saliendo del subdesarrollo y la dominación (superándolos), y no al revés.

La experiencia socio-transformadora de los pueblos de Bolivia, desde la constitución misma de los sujetos del cambio, emerge distanciándose del economicismo burocrático socialista del siglo XX, de las concepciones desarrollistas de izquierda o derecha, y cuestiona tales paradigmas. El proceso revolucionario boliviano ha hecho del Vivir Bien su fundamento y brújula, a partir del cual se van definiendo sus principios, sus sentidos, sus contenidos y los sujetos del cambio social. Lo que enseña la experiencia es que, además de tener claras las ideas y su formulación, hay que transitar el proceso complejo y contradictorio de su construcción concreta en la arenas movedizas de la vida real, donde los diversos actores se encuentran y desencuentran permanentemente, haciendo necesario el debate y la construcción de las convergencias a cada paso, reconociendo la existencia natural de contradicciones entre sus cosmovisiones, identidades, aspiraciones o necesidades sectoriales, regionales, comunitarias o económicas, políticas, religiosas, etcétera.

Está visto que no por querer hacer el bien se hacen las cosas bien. No porque los deseos o propuestas favorezcan al colectivo ya es colectivo el procedimiento… No basta con las buenas intenciones, no basta tampoco con “tener la razón”. En política revolucionaria, la razón es (o tiene que ser) colectiva o de mayorías, y esto hay que construirlo. Generalmente surgen propuestas individuales, de grupos o de algunos actores sociales, pero –en los procesos socio-transformadores desde abajo , esa razón “parcial” tendrá que someterse a su colectivización-modificación apropiación por las mayorías, o no se consolidará socialmente como tal razón.

Lo ocurrido con le propuesta y la protesta alrededor de la construcción de la carretera que atravesaría el TIPNIS es un claro ejemplo de ello: de las intenciones y la voluntad de unos y otros, y de lo contradictorio del proceso y sus caminos de transición en los que afloran cada cierto tiempo, en conflictos como este, nuestras incapacidades y capacidades políticas histórico culturales. Esto enseña, una vez más que la transformación social es un proceso de aprendizaje colectivo, en el que está presente la metodología de la prueba y el error.

Ciertamente no hay fórmulas infalibles esperando en alguna biblioteca para “ser aplicadas”, pero sí se puede ir rompiendo el círculo maldito de supervivencia de la hegemonía del poder del capital que disocia permanentemente el sistema productivo y el reproductivo, los decisores y los ejecutores, el Estado y la sociedad, la sociedad y la naturaleza, el gobierno y el pueblo, que extravía el pueblo en sectores, los sectores en capas, las capas en fragmentos, los fragmentos en átomos y así hasta llegar a la disgregación del individuo y su imagen en el espejo, a la esquizofrenia total.

¿Manifestaciones de lo expresado? Por ejemplo, los enfrentamientos que se desataron en la discusión práctica por “la carretera del TIPNIS”, entre gobierno y pueblos indígenas que viven en realidades propias de las “tierras bajas”, cuyas nacionalidades e identidades no están directamente expresadas ni contenidas en los movimientos indígenas, campesinos sindicales y sociales que vienen motorizando el proceso de cambios. La persistencia en las posiciones desencontradas, hizo que –en vez de avanzar en acuerdos y la reformulación de propuestas para la construcción de la carretera , se abrieran puertas al renacimiento del país –subyacente dividido en regiones. Con ello salta a la palestra política la diferencia entre la proclamación del “Estado plurinacional” y la realidad de la construcción y existencia de dicho Estado.

Con esta crisis reaparece la contradictoria relación entre el Estado “nacional” y las autonomías regionales, departamentales y comunitarias, entre la “razón de Estado” y el derecho a decidir de cada región, de cada población, de cada comunidad…

La definición del Estado como actor director del proceso.

Consultando el Plan Nacional de Desarrollo (2006-2010), puede observarse que en sus definiciones de partida, el Ejecutivo prioriza la reconstrucción del Estado, recuperándolo como un actor clave para la generación de las políticas encaminadas a cumplir con los objetivos formulados.

Esta definición marca un posicionamiento político del Estado y el gobierno en relación con las políticas públicas, la sociedad y la ciudadanía que configura un ámbito de alerta: al establecer que el Estado tiene el “papel director de la actividad económica” [PND, 2006: 22] se abren las puertas para ser atrapado por la vieja cultura política que traduce esto como que: el “Estado decide”.

Pero en la perspectiva política socio-transformadora revolucionaria de los gobiernos enraizados en lo indígena popular, como el actual gobierno de Bolivia, la centralidad del papel del Estado resulta anclada a la posibilidad de construir –colectivamente, con el impulso del Estado y el gobierno- una nueva modalidad de articulación (intercultural, dialógica y descolonizada) entre Estado-sociedad-ciudadanía-naturaleza, es decir, un nuevo tipo de Estado. [PND, 2006: 22] Un Estado basado en el impulso creciente de la participación protagónica de los movimientos indígenas y sociales en la formulación, realización, seguimiento y control de las políticas públicas y sociales, estimulando el fortalecimiento de su empoderamiento colectivo, así como –simultáneamente la transformación desde abajo del aparato estatal, del sentido de su quehacer social y de los sujetos que lo protagonizan. [PND, 2006: 16-18]

¿En cuál perspectiva se inscribe lo que ha ocurrido con la definición y el tratamiento del proyecto de “la carretera del TIPNIS”? No hay una respuesta unívoca a esta interrogante, pero la tendencia de los acontecimientos evidencia que el paso primero, sencillo y elemental fue ignorado: preguntar.

La pregunta supone el reconocimiento del otro o de los otros como sujetos, como interlocutores válidos, y despeja el camino de desencuentros posteriores. La hermenéutica política presente en los procesos de construcción de poder desde abajo comienza con la pregunta a los actores y sectores partícipes del problema, o a los conocedores de un tema a tratar, o a los pobladores de una región a transformar o que se encuentra, por ejemplo, en situación de emergencia por catástrofe natural. Consiguientemente, preguntar supone tener la paciencia para escuchar las respuestas y reflexiones, para –sobre esa base promover los diálogos encaminados a la construcción de saberes, conclusiones o propuestas colectivas.

Pero, si es tan sencillo, ¿por qué no ocurre? Intervienen disímiles factores. De ellos resaltaré lo que nuevamente –después de la medida de la suba del precio de los hidrocarburos, en diciembre de 2010 , se evidencia como elemento político cultural reiterativo en esto: la creencia de que el Estado se constituye en actor central porque “decide” y lo hace con propuestas (seriamente) fundamentadas, con indiscutibles argumentos técnicos (económicos y de ingeniería).

La presencia y labor de los técnicos en sí misma no puede catalogarse como favorable ni desfavorable; lo que define el proceso es cómo y quiénes construyen y definen el proyecto: si se trabaja a partir de datos, estadísticas y análisis de expertos académicos o se parte de la pregunta a los habitantes del lugar, escuchando lo que ellos tienen que decir, que aportar, decidiendo conjuntamente: los técnicos, la población participante, y los funcionarios del Estado. Evidentemente los distintos posicionamientos en esto, responden a diversas razones políticas, culturales y epistemológicas que los atraviesan.

¿Dónde está el saber y quienes lo detentan? ¿Por qué pensar que los técnicos y funcionarios saben, y que los movimientos indígenas, la población que habita el lugar, carece de capacidad para entender de qué se trata? Está demostrado en este como en todos los casos , que es al revés.

Como señalaba en enero de este año reflexionando acerca de la ocurrencia del gasolinazo: “Si se hubiese discutido el problema del precio de la gasolina y petróleo, etc., con las organizaciones sociales, si se hubiese consensuado una medida y los pasos para su implementación, nada de lo ocurrido hubiese pasado. No sé cual habría sido la propuesta, pero los resultados habrían sido diferentes: nadie sale a protestar contra lo que acordó.”

Y nuevamente ocurrió…

La persistencia en decidir desde arriba y la preeminencia de lógicas superestructurales acerca del cambio social.

La complejidad del problema de “la carretera del TIPNIS” tiene raíces e implicaciones político-culturales de mayor alcance que las que produjeron la medida estatal-gubernamental que desencadenó el gasolinazo. Pero aunque no son situaciones ni comportamientos idénticos, este hecho marca una profundización de la tendencia superestructuralista que se manifestó claramente en aquellos hechos. Es la reiteración de decisiones tomadas con preeminencia de lo superestructural lo que indica el predominio político-cultural de la vieja pero aun muy presente concepción de la revolución social desde arriba.

Esta claro, pese a sus diferencias, que ninguno de los dos acontecimientos respondió a cuestiones técnicas, sino políticas y, en este sentido, ambos hechos indican lo mismo: la participación de las población, de los movimientos indígenas y sociales, es determinante desde el primer paso y durante todas las etapas y dimensiones de los procesos de construcción de proyectos colectivos, para la toma de decisiones de políticas públicas o sociales, para definir e impulsar reformas socioeconómicas… Las decisiones tomadas “a puertas cerradas”, independientemente de lo excelente que puedan ser sus fundamentos y propósitos, inspiran siempre desconfianzas y generan rechazos porque “aparecen” enlatadas y porque en vez de aportar a la construcción del sujeto colectivo, reeditan el viejo estilo vanguardista elitista colonizado y colonizador.

Construir el nuevo tipo de Estado plurinacional intercultural y descolonizado implica ir abriendo cada vez más espacios a la participación de los de abajo en la definición de los rumbos y tareas del quehacer estatal, educando y propiciando a cada paso que los diversos sectores y actores que dan cuerpo al pueblo vayan participando cada vez más en las decisiones y definiciones de las políticas públicas y socioeconómicas.[Pnd, 2006:12-16] Esto hace del Estado y sus instituciones una importante herramienta de los pueblos para diseñar, decidir e impulsar los cambios creados y gestados con su participación consciente. La centralidad no está entonces en el Estado sino, una vez más, en los sujetos, en su creatividad, en su participación cada vez más consciente y comprometida.

La organización y la labor políticas resurgen como elementos vitales.

En la raíz de la conformación articulación del nuevo tipo de Estado, late la articulación política entre los diversos actores sociales del campo indo-popular, de sus problemáticas, sus identidades, sus cosmovisiones, sus aspiraciones. No es lo económico lo que tracciona el proceso, no es economicista la transformación; su corazón y su cabeza lo constituyen los hombres y las mujeres de la diversidad del campo indo-popular. Pero hay que superar la fragmentación histórica y presente, y ello no se logrará automática ni espontáneamente.

Es indispensable la acción de una organización política de nuevo tipo, conciente de estos desafíos, y capaz de trabajar en pos de resolverlos a favor de lo colectivo-social. Una organización que centre su quehacer en la articulación de lo diverso, que esté abierta a la pluralidad de actores con sus reivindicaciones y aspiraciones, que promueva la construcción de puentes y nudos de encuentro y convergencia entre ellos, fomentando interrelaciones en horizontalidad y equidad (sin jerarquías discriminatorias), para ir construyendo entre todos y todas, desde abajo, el actor político colectivo.

Esta organización política no puede equipararse con los tradicionales partidos políticos. Estos resultan ineficientes a los fines mencionados porque son incapaces de aportar y apostar a la construcción de un actor colectivo; giran en torno a sí mismos y despliegan sus actividades para situarse en el centro de la escena política y mediática para ganar las elecciones.

En Bolivia, las fuerzas político-sociales que gobiernan han constituido previamente el MAS, Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos, pero, ¿está abocado el MAS a construir desde abajo y con los de abajo las articulaciones sociales, culturales, políticas, orientadas a la conformación de una conducción colectiva, capaz de pensar, debatir, definir y respaldar en sus prácticas el proceso-proyecto socio-transformador? La propuesta y la protesta del TIPNIS indican que no es así o, al menos, no todo lo que hace falta.

Sin la mediación de la labor política articuladora y rearticuladora de lo colectivo social (totalidad), activadora también del entrelazamiento de la labor gubernamental con los movimientos indígenas, sindicales, sociales populares y viceversa, la separación histórica entre gobierno y sociedad crece, y las fuerzas gubernamentales y su organización política otrora catalizadoras y expresión de la totalidad indo-popular , se transformarán –en corto plazo en un sector y actor más entre todos los sectores y actores existentes. Con la sectorialización del gobierno se sectorializa lo social y lo político se corporativiza.

En tales condiciones, la disputa inter-hegemónica en el campo indígena-popular, lejos de decrecer se agudiza. Germinan entonces las condiciones para el florecimiento de las luchas de todos contra todos, objetivo central del poder del capital para reinstalar su hegemonía ahora debilitada, pero no desarticulada ni dormida.

La “intersubjetivación” es constante.

Hay que estar atentos permanentemente a la composición, descomposición y recomposición del hegemonía indo-popular del proceso de cambios, es decir, a la construcción y reconstrucción constante del campo indígena-popular como totalidad. Los actores-sujetos impulsores del proceso no se restringirán in eternum al “grupo inicial”, ni tampoco el partido de gobierno continuará siendo en todos los tiempos –necesariamente , la síntesis y expresión totalizadora del conjunto de movimientos indígenas y sociales y de todos los otros actores del campo popular.

Los intereses sectoriales-corporativos se modifican, se constituyen, reconstituyen y reconstituyen acorde con las diferentes situaciones y condiciones; su superación e integración en articulaciones colectivizadoras necesita ser creada y recreada en cada momento, acorde con las tareas, contradicciones o conflictos propios de cada momento, y con las capacidades y posibilidades de los actores sociopolíticos y sus realidades. Para ello, es vital desterrar las viejas miradas y lecturas lineales y deterministas de los procesos sociales.

La instalación de un gobierno indígena-popular produjo un gigantesco y acelerado cambio de la realidad social boliviana. Esto favoreció la emergencia, configuración o maduración de actores sociales nuevos o antes invisibilizados, incluyendo a quienes ahora están en el gobierno y se enfrentan, por ejemplo, la problemática de gobernar. Esto va modificando el mapa sociopolítico de los actores-sujetos del campo indo-popular, abarcando reivindicaciones y problemáticas hasta hace poco adormecidas, secundarizadas o desconocidas. Surgen también nuevas contradicciones y tensiones al proceso, que pueden desencadenar acontecimientos político-sociales inesperados, en el propio campo indo-popular. ¿Por qué ocurre esto?

Porque las formas, modalidades y personificaciones organizadas del campo indo-popular que pudieron constituir una identificación totalizadora aglutinante de los grandes actores sociopolíticos de las luchas sociales y políticas protagonizadas hasta el momento constitutivo del actual gobierno, hoy resultan insuficientes. Y esto no se debe a “errores” ni a cuestiones “negativas”, sino a la dinámica “natural” de los procesos sociales. Como advirtiera Zavaleta, son las dinámicas sociales concretas las que hacen que: “…incluso lo que se ha hecho general, tarde o temprano tiende a convertirse en el símbolo conservador de lo particular. La intersubjetivación debe, por tanto, reproducirse de un modo constante.” [Zavaleta Mercado, 1986:27]

Atender a ello es parte de las tareas políticas vitales del proceso socio-transformador, conscientes de que el proceso de la revolución democrático-cultural es una suerte de pulseada social política y cultural colectiva permanente, en pugna por afianzar la hegemonía indígena-popular en la misma medida que la configurando y construyendo. No hay garantías ni caminos pre-establecidos, es una lucha y creación constantes de los pueblos en busca de su liberación plena, desde abajo.

La manipulación política de los hechos, por parte de los oportunistas y de los adversarios ideológicos del gobierno y del proyecto socio-transformador.

La construcción de “la carretera del TIPNIS” como toda propuesta o proyecto impulsado o emanado desde el gobierno, discute su legitimidad además de con los “los suyos” y entre los suyos , con los actores –abiertos o encubiertos del poder desplazado del capital y sus personeros locales e internacionales. Es decir, se mueve en el terreno de lo político, que es –naturalmente- el de los conflictos. No cabe entonces extrañarse ante la manipulación que hacen los poderosos de adentro y afuera alrededor de “la carretera del TIPNIS”, ni ante sus mentiras, ni ante la exageración mediática, el engaño y la tergiversación de las informaciones que difunden… eso es parte de la disputa política de fuerzas en pugna. No puede esperarse que los adversarios se queden cruzados de brazos observando como se les arrebatan sus fuentes de poder: como se pone fin al analfabetismo, a la fragmentación y discriminación social, étnica, territorial, al acceso y la disponibilidad elitista de los recursos naturales.

Está en diputa el poder, que no es un edificio, ni se reduce al aparato estatal-gubernamental, ni a lo económico, es una conjunción de relaciones sociales (económicas, políticas, ideológicas, culturales) articuladas en función del predominio de una de ellas, que se halla en movimiento y jaque permanente de fuerzas que pugnan por conquistar construir la mayoría, es decir, por lograr la supremacía e imponer su voluntad (por decretos o por consenso, la imposición se produce en relación a los adversarios). No puede pretenderse que el Capital (y sus personeros de adentro y de afuera), permanezca impasible observando los cambios sociales que significan para él, la pérdida o disminución de su poder, de su dominación hegemónica. El caso de “la carretera del TIPNIS” –como pudiera ser cualquier otro-, ha sido a todas luces agigantado y manipulado por estos adversarios del proceso, para constituirlo en plataforma de desgaste y deslegitimación política del gobierno, en tribuna abierta contra del proyecto revolucionario liberador, utilizada como arma de deslegitimación política de los gobernantes. Es decir, ellos cumplen a pie juntillas con el más elemental de los manuales de la acción política.

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