octubre 20, 2020

Desde lo hondo del pozo

Sigue agitándose, por oleadas, el tema de la despenalización de las drogas. Algunos opinan que dando luz verde y legalizando la venta y el consumo el narcotráfico perdería espacio y la salud pública trataría mejor a los adictos, como sucedió con el alcoholismo. Otros alegan que la marihuana sí debiera ser liberada pero no las drogas sintéticas o estupefacientes, como el crack, la cocaína y el opio.

No tengo opinión propia sobre la materia. Me pregunto si legalizar el cultivo y el comercio de la yerba no sería un paso para, más tarde, venir con manifestaciones a favor de la legalización del tráfico y consumo de cocaína y éxtasis…

En Zurich presencié, a inicios de los años 90, la liberalización del consumo de drogas en el espacio restringido de la antigua estación ferroviaria de Letten. Allí, protegidos por la alcaldía, y con todos los cuidados de salud, los adictos se inyectaban opio, cocaína, heroína, hasta el punto de ser conocido dicho lugar como ‘el parque de las agujas’. En 1995 se prohibió la experiencia. A pesar de lo restringido del lugar, hubo un aumento del índice de enviciados y de la criminalidad.

No siempre en el debate se pregunta por las causas de la dependencia de las drogas. Es obvio que no basta con tratar solamente de los efectos. Además, en materia de efectos, mi experiencia con adictos, reflejada en la novela «El vencedor”, me convenció de que son importantes los recursos médicos y terapéuticos, pero que no hay nada tan imprescindible como el afecto familiar.

Una familia que no soporta el comportamiento perjudicial y antisocial del adicto comete un grave error si cree que la solución consiste en internarlo. Sin duda que a veces esa medida es necesaria. Pero otras veces es la comodidad la que induce a la familia a distanciarse por un período del pariente insoportable. Difícilmente la internación termina con la desintoxicación y menos en la abstención definitiva de la droga. Una vez fuera del ambiente de protección clínica, el adicto regresa al vicio. ¿Por qué?

Soy de una generación que en la década de 1960 tenía 20 años. Una generación que se inyectaba utopía en las venas y que por tanto no se llevaba bien con las drogas. Pienso que cuanto más utopía, menos droga. Lo que no es posible es vivir sin soñar. Quien no sueña con cambiar la realidad anhela al menos modificar su propio estado de conciencia ante la realidad que le parece pesada y absurda.

Muchos entran a la droga por la vía del agujero en el pecho. Falta de afecto, de autoestima, de sentido de la vida. Van, pues, en busca de algo que virtualmente llene el corazón.

Pues así como la puerta de entrada a la droga es el desamor, la de salida es obligatoriamente el amor, el cuidado familiar, el difícil empeño de tratar como normal a alguien que obviamente presenta reacciones y conductas anómalas.

Desde lo hondo del pozo todo drogado clama por trascender la realidad y la normalidad en las que se encuentra. Todo drogado es un místico en potencia. Todo drogado busca lo que la sabiduría de las más antiguas filosofías y religiones pregona tanto (sin que pueda ser escuchada en esta sociedad de hedonismo consumista): la felicidad es un estado de espíritu, y reside en el sentido que se imprime a la propia vida.

El adicto es tan consciente de que la felicidad se enraíza en el cambio del estado de conciencia que, al no alcanzarla por la vía del absoluto, lo intenta por la vía del absurdo. Él sabe que su felicidad, aunque sea momentánea, depende de algo que altere la química del cerebro. Por lo cual cambia todo lo que tenga por ese momento de ‘nirvana’, incluso infringiendo la ley y corriendo el peligro de la vida.

Por tanto debemos preguntarnos si el debate respecto a la liberalización de las drogas no carece de énfasis en las causas de la dependencia química y de cómo tratarlas. Todos los místicos, desde Pitágoras hasta Buda, de Plotino a Juan de la Cruz, de Teresa de Ávila a Thomas Merton, buscaron ansiosamente esto que una persona apasionada conoce muy bien: experimentar que el corazón sea ocupado por Otro que lo abrase y lo arrebate. Éste es el más prometedor de los «viajes”. Y tiene nombre: amor.

[Frei Betto es escritor, autor de «Conversación sobre la fe y la ciencia”, junto con Marcelo Gleiser, entre otros libros. http://www.freibetto.org twitter:@freibetto.

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Traducción de J.L.Burguet].

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