octubre 28, 2020

Sobre el discurso modernista y el capitalismo verde

Dentro de la actual problemática emergente a nivel nacional, resulta por demás recurrente una revisión sobre los usos y perspectivas referentes al concepto de ecología, y el vínculo estrecho de éste concepto respecto al análisis del denominado capitalismo verde, visto como un fenómeno que se estaría desplegando sobre todo en países latinoamericanos clasificados como “subdesarrollados”.

Evidentemente, el capitalismo verde ha propuesto una de las críticas más importantes hacia la economía ambiental de corrección de las fallas de mercado a través de la venta de servicios ambientales, pues de acuerdo a ésta interpretación, los servicios ambientales implican en realidad la apertura de una nueva fase de acumulación de capital que dan lugar a amplios procesos de privatización, permitiendo así a las grandes potencias ampliar su control y mantener a la vez sus esquemas de producción y tecnología, así como por ejemplo, se había demostrado con los distintos tratados internacionales tales como: el Convenio de Diversidad Biológica o el Convenio Marco de Cambio Climático de las Naciones Unidas que en cierta forma condujeron a los países del sur a reducir sus niveles contaminación en tanto las economías industrializadas del norte podían hacerlo libremente, ó como fue el caso de las negociaciones del GATT en la cual Estados Unidos exigió un marco legal que le permitiese derechos monopólicos de propiedad sobre semillas, plantas, animales, microorganismos, genes, etc. En éste sentido, la venta de servicios ambientales no constituiría una real estrategia de conservación, sino más bien un mecanismo de apropiación de los territorios (sobre todo de países de tercer mundo) a quienes se les privaría “legalmente” del derecho de uso, explotación y control de los mismos bajo pena de sanción.

Es decir, parte de la interpretación del capitalismo verde conduce básicamente a reclamar éste monopolio de los países del norte al convertir en un derecho privado distintas áreas naturales del mundo y la posibilidad de explotar y contaminar espacios públicos, como un acto injusto hacia los países subdesarrollados al obstaculizarles el camino para poder alcanzar la misma dinámica de los países del centro de tener una economía industrializada, moderna y capitalista. Razón principal por la que la cuestiónecológica de conservación en los países periféricos no sería más que un simple pretexto de las grandes potencias para evitar que éstos países puedan progresar.

Así, ésta visión, crítica en un principio a los esquemas del capital, desemboca finalmente en la conclusión de que la dinámica de los países del norte o centro impiden el “desarrollo” libre de los países del sur o periféricos, al negarles la libre explotación de sus recursos y por ende su salto hacia una fase industrial de crecimiento económico. Sin embargo, la exigencia de fondo de ésta visión no hace más que retornar a la misma idea del progreso al no proponer ningún tipo de ruptura con el paradigma económico objetivado dentro del discurso modernista del desarrollo. Precisamente éste es un problema que nos remite a las viejas discusiones que ya se habían desatado dentro la misma Unión Soviética, así pues como se señalara en un determinado momento:

“la izquierda europea de entonces con algunas pocas excepciones compartía con los liberales la idea del progreso como una marcha victoriosa de la humanidad hacia un futuro en el cual la ciencia y la industria la liberarían de la necesidad, las pestes y la opresión (…) Los socialistas de aquel entonces creían que para alcanzar ese futuro era necesario y suficiente extender la democracia electoral y expandir la propiedad pública, los liberales en contraste sostenían que la propiedad privada y la competencia entre los diversos capitales eran la fuerza motora de dicho progreso y de la libertad 1

En éste sentido, nos topamos con la ausencia de una crítica profunda de lo que implica plantearse una visión alternativa al progreso lineal y al paradigma tecnológico y económico de la sociedad moderna, que es donde reside y desde la cual se despliega el mayor poder del capital.

1    A. Gilly. Historia a Contrapelo. México DF. 2006.

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