octubre 21, 2020

Elecciones judiciales. Balance

Se puede caer en muchas verdades a medias en este momento de finalización de las sonadas elecciones para elegir a los jueces bolivianos. Predominan las voces jactanciosas desde la oposición, tan vehementes como la falta de autocrítica oficialista. Sin embargo, lo cierto amerita ser menos severos. Destacan cinco elementos.

Primero, éste definitivamente no es el “triunfo de oposición” y menos aun “el triunfo de la derecha”. Es una victoria de la madurez democrática del elector boliviano. Identificar el rondante 40% de voto nulo con las consignas del Movimiento Sin Miedo o Unidad Nacional es una acción legítima y comprensible de parte de estos partidos, pero dista de ser la única verdad. Aquella izquierda que descubre Sherlockholmescamente que la “derecha quiere aprovecharse de esto”, ha descubierto que el sol brilla y las palomas vuelan. Claro pues, que la derecha y todo Cristo va a querer sacar tajada de esto es obvio, pero no por su innata maldad sino porque están haciendo política y la izquierda haría lo propio en caso inverso. Pero ese es otro cantar. Lo cierto es que extrapolar de este resultado la tesis de que la oposición “está consolidándose”, es preservar la tónica de la lucha de clases en Bolivia: una lucha discursiva de quien suelta más generalidades sesgadas e ideológicas. La pomposa y revolucionaria combinación de palabritas “lucha de clases”, tiene mucho de lucha de discurseadores que se escudan en otras palabritas “descolonización”, “el proceso”, “vivir bien”, haciendo populismo académico no menos engañoso que la tesis del día: “la oposición ganó”. Pues no. Quizás se empieza a esbozar algo parecido a lo que podría ser una alternativa a Evo Morales el 2014, pero inferir de esta elección que ello ya es casi un dato dado, es más de ese populismo. La lucha de clases continua y, con ella, la andanada de sentencias finales.

Segundo, la victoria de los nulos no es la derrota de Evo Morales. Quiero insistir en la idea de que el elector boliviano, más allá de algunas regiones donde el voto se impone de múltiples maneras, es muy sagaz. Diferencia bien lo que es Evo de lo que son sus gobernadores y/o alcaldes. Por dar un ejemplo, el apoyo de más de 80% en El Alto en la elección presidencial de 2009 y la caída a menos de 40%, sólo algunos meses después, en la elección del Alcalde Patana, no significa que Evo bajó 40 puntos y que “la gente ya se ha dado cuenta de la impostura”. Pues no, la gente se ha dado cuenta de que una cosa es Evo y otra Patana. Vale aclarar que este ejemplo es extrapolable a otras regiones y municipios. En suma, es mejor creer que si bien hay una dosis creciente de descontento con el Presidente Morales, es igualmente cierto que mucho del pretendido carácter plebiscitario de la elección, no es tal. La gente, incluso cercana al MAS se dio cuenta de que la papeleta era complicada, que las instituciones a las que da el voto no se distinguen entre sí y uno, al final, no sabe por quién vota; los candidatos eran menos conocidos que el origen del cáncer y, los menos, sabían que la justicia no se resolvería eligiendo jueces. Por ende, los bastiones masistas no tan duros, posiblemente darían, de todos modos, en una elección tradicional, su voto a Evo Morales (en realidad, mi hipótesis es que Morales vencerá el 2014 aunque no por mayoría).

Tercero, todo ello no debe llevarnos a matizar en extremo las versiones radicales. No hacerlo nos despierta a la cruda verdad: la elección del domingo fue una derrota a la pretensión del gobierno de turno de instalar un nuevo Poder Judicial dotado de legitimidad. Así nomás, sin matices. No tiene la venia ciudadana más que de una porción minoritaria. Por lo tanto, la tibieza de algún comunicador que señalaba que “la justicia ya tiene sus autoridades”, denota un cinismo mayúsculo si la frase no va complementada con “….pero son profundamente ilegítimas”. Se ha propiciado la boda pero con el descubrimiento de que la madrina de torta es amante del novio o que la novia lleva la criatura del padrino de aros y no del casamentero. Ya comenzó mal la cosa. Igualito se procede a la hostia, beso a la novia, chupa y zapateada descomunales, etc., pero el daño está hecho. Lo legal tiene lugar pero a expensas de la legitimidad. Aunque resulta forzada la comparación con el régimen previo, la esencia de legalidad sin legitimidad en la victoria gonista de 2002, es la misma. Hay un divorcio preocupante de inicio. Malos augurios para una justicia novel.

Cuarto, como correlato al párrafo previo, la constatación, verdaderamente dura, de que legítimos o no, los jueces elegidos, serán los jueces que lideren la justicia boliviana. Nos remite esta verificación a la tensión preelectoral entre el deseo de votar nulo y, así, deslegitimar el proceso electoral, o votar nomás por alguien “menos malo” para evitar que el MAS se quede con los cupos judiciales. Al optar por la primera opción hay que despertar de la satisfacción de que la elección fue una derrota oficialista, para vivir la posible pesadilla de lidiar con jueces nacidos de la enfática orientación de copamiento del poder judicial. Esos son los jueces. No hay marcha atrás (o será difícil que la haya).

Por último, la justicia con elegidos, no ha variado no lo hará por mucho tiempo. La retardación de justicia, la falta de cobertura judicial en al menos el 50% de los municipios del país, el anacronismo de los Códigos Civil y de Comercio, el hacinamiento en las cárceles y un largo etcétera que impone el desafío central a futuro: saber en qué medida elegir a estos señores tiene relación con mejorar la justicia. Portavoces del gobierno reiteraron que la disyuntiva era entre “los que quieren una mejor justicia” y “los que quieren quedarse con la justicia neoliberal”. Por supuesto que no estoy de acuerdo con esta última opción, pero tampoco me creo a pie juntillas la relación causa/efecto entre este hecho electoral y la posibilidad de construir una justicia proba. Sólo sé que la cosa acaba de comenzar. Y mal.

Be the first to comment

Deja un comentario