octubre 25, 2021

Los escenarios del debate en Bolivia

Que Bolivia inauguró una nueva etapa de su historia con el espectacular triunfo político-electoral de Evo Morales en diciembre de 2005 está fuera de toda duda, sobre todo cuando cerca de seis años después una derecha —nacional e internacional— busca “colarse” en el proceso por la vía de “expropiar” —como expropia el capital todos los días la naturaleza y la fuerza de trabajo—, el discurso y el sistema de valores y creencias que acompaña a la revolución.

Luego de alrededor de dos años de cierta pasividad, el debate ha vuelto a las calles. No hay sindicato, movimiento social y espacio ciudadano donde no se esté registrando un intercambio de puntos de vista sobre la naturaleza y el alcance del proceso de cambio.

El debate tiene algunos ejes: si la “Agenda de Octubre” ha sido cumplida y si hay necesidad de una nueva agenda, las circunstancias en las que nació la primera y las condiciones distintas del sujeto histórico (hoy “elevado” a la categoría de clase dominante) en un momento de necesaria reformulación, ampliación o actualización de la agenda para los siguientes años. Pero también está el balance —desde diferentes perspectivas— de los hechos de Caranavi, Potosí, la movilización de la COB, el gasolinazo, la marcha indígena y las elecciones judiciales.

En este debate hay dos escenarios y una multiplicidad de intereses en juego. De un lado está el campo indígena-campesino-popular donde es muy rico que se abra el debate como no ha ocurrido en los últimos cinco años, pero siempre que se tenga en cuenta cuatro premisas: trabajar por la unidad como condición para la victoria, establecer un nuevo tipo de relación gobierno-movimientos sociales para profundizar el proceso, cuidar a un gobierno que por haber surgido de los movimientos sociales ha logrado conquistas de un valor histórico extraordinario y nunca perder de vista la presencia —abierta y encubierta— de la derecha imperial. Omitir cualquiera de esas premisas implica el riesgo de encaminarse a una derrota de dimensiones estratégicas superiores a las experimentadas en 1971 y 1985.

El otro campo es de la derecha, donde a pesar de las grandes contradicciones que hay en sus partidos, en sus entidades gremiales, en sus medios de comunicación y en una diversidad de instituciones privadas, todavía existe un predominio de fracciones contrarias al proceso de cambio y que no escatimarán esfuerzos, cada vez que se presente el momento, para propinarle un golpe de muerte. El análisis de este campo es importante, además de por lo anteriormente mencionado, por la existencia de fracciones que no discuten la necesidad del cambio pero que intentan darle su propia direccionalidad, con lo que apuestan a quitarle al proceso el carácter que debe tener la única revolución posible en el siglo XXI en Bolivia: antimperialista, anti-colonial, anti-capitalista y por el socialismo comunitario del Vivir Bien.

Pero la consideración de lo que se produce en este segundo campo adquiere importancia adicional pues una inteligente táctica puede incorporar a esos sectores empresariales, en condiciones no dirigenciales, a la dinámica general del cambio que se espera.

Por tanto, el debate que se desarrolla es de primera importancia, pues de cómo se vayan encarando y resolviendo los temas dependerá la profundización de un proceso que ya marca la diferencia en la historia nacional y latinoamericana por el solo hecho de haber llevado a la titularidad del gobierno a un indígena-campesino de corte popular y revolucionario.

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