junio 19, 2021

Ruanda: caminos de paz

por: Pilar Uriona Crespo

A veces, nombrar algo respondiendo al intento de iluminarlo desde la poesía puede terminar produciendo el efecto opuesto, cuando, sin quererlo, el adjetivo elegido concluye manifestando su lado oscuro. Así, cuando hace muchísimos años para identificar a Ruanda se recurrió a la metáfora que la definía como “las nieblas de África”, pocos imaginaban que este fenómeno natural terminaría denotando un proceso de invisibilidad, de distorsión y de ocultamiento de las violencias vividas dentro de este territorio montañoso.

En efecto, a lo largo de más de cuatro siglos, Ruanda ha estado inmersa en la conflictividad y en el enfrentamiento constante de dos de sus etnias principales, los hutus y los tutsis. Éstas, casi por turno, han sido arrastradas al torbellino de las aspiraciones violentas y totalitarias y, para establecer relaciones mutuas, han priorizado un léxico que incluía ante todo términos como “conquista”, “imposición”, “dominio”, “control”, “absoluto”, “sospechoso”, “trinchera”, “sometimiento”, “eliminación”.

Y todos ellos iban afianzándose como moneda de cambio ante la mirada indiferente de un entorno internacional que sólo se animó a escarbar en la bruma cuando en 1994 el gobierno de ese país, que estaba en manos de los hutus, desplegó una acción sostenida de exterminio que concluyó con el asesinato genocida de alrededor de un millón de tutsis, quienes por su parte también desplegaron una ofensiva feroz, ejerciendo, para vengarse y al igual que lo hicieron los hutus, una brutalidad sin reservas para dejar sentado su odio por el contrincante.

En el medio de estas pugnas, como siempre, las mujeres han sido las más perjudicadas, pues sobre ellas se ejerció una práctica constante de sometimiento descarnado que incluía las violaciones masivas. Más de una década después de la tragedia, organizaciones y activistas comprometidos con los derechos humanos terminaron cuestionándose cómo podía devolvérsele a éstas el sentido de dignidad y el alivio necesario para superar el trauma de haber pasado por una triple laceración: la que vulnera simultáneamente el alma, el cuerpo y la mente. Y encuentran su respuesta en el empleo de la creación artística como bálsamo que cura las heridas, generador de catarsis y herramienta que permite recuperar la fortaleza interior.

Es así que va tomando cuerpo el proyecto “Ruanda, caminos de paz”, el cual recurre a las cualidades terapéuticas de la producción artesanal para liberar a las mujeres de ese país de una doble y pesada carga: la de la pobreza y la del recuerdo de la crueldad con la que las quebrantaron tan sólo por pertenecer inconvenientemente a la etnia equivocada

Sin embargo, si la finalidad de la política bélica es doblegar un espíritu, aquella de la paz exhorta a reconstruirlo, dando cabida a la belleza, a la expresión estética y al desarrollo de la sensibilidad como brújula que nos regresa al mundo de los vivos y nos permite volver a confiar recordando nuestra calidad de seres de percepción y recepción. Creamos arte para armonizarnos y para sintonizar la voz del universo. Y lo hacemos también para reclamar otra libertad, la que deriva de la autonomía económica, que no apuesta por la ayuda asistencialista sino por el intercambio convencido y voluntario.

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