septiembre 22, 2021

Chávez, un líder latinoamericano de su tiempo *

No obstante las guerras de distinto tipo que se han ejecutado en su contra para destruirla, Venezuela y el liderazgo de Chávez se han convertido en la vanguardia política de este otro momento de lucha emancipadora de América Latina.

El Libertador Simón Bolívar, poco después de que fracasara su proyecto de la Gran Colombia y antes de muerte, quizá nunca habría dicho con indescriptible tristeza: “He arado en el mar y he sembrado en el viento”, si de alguna manera hubiera sabido que su pensamiento, decisión, coraje y ejemplo encontrarían, en el cuerpo y alma de un venezolano, una proyección histórica en el siglo XXI.

El hecho de que América Latina esté pasando en lo que va de este siglo momentos extraordinarios que le abren la condición de posibilidad de alcanzar su definitiva y plena independencia, es ciertamente una constatación que los ideales independentistas de Bolívar, Sucre, Hidalgo, Morazán, San Martín y otros, así como de esas jornadas de resistencia anti-colonial de los pueblos indígenas, esclavos negros y pobres de las urbes, han sido sueños y esfuerzos que sembraron en tierra fértil.

A más de 500 años de la invasión que posibilitó el ingreso de Europa a la modernidad y convirtió el capital en universal, pero también a 200 años de esos gritos libertarios que hicieron estremecer los cimientos de la sociedad colonial, una combinación de la insurgencia radical de la lucha de los pueblos y la emergencia de nuevos líderes -cada cual con sus características- colocan a esa Nuestra América de la que hablaba el Apóstol José Martí en el camino de la recuperación de la utopía liberadora.

Pero del conjunto de esas nuevas experiencias y liderazgos que han brotado en el continente, lo que más destaca es la revolución bolivariana de Venezuela y la referencia política, ideológica y moral de Hugo Chávez, un militar rebelde que desde el llano -en medio de un contexto internacional desfavorable para las luchas populares tras la caída de la Europa Socialista del Este y en medio de un océano de gobiernos neoliberales en América Latina, a excepción de la épica resistencia de la revolución cubana-, irrumpió a la escena política con una agenda, nacional e internacional, que el imperialismo estadounidense -ese mismo que Bolívar denunció tempranamente con precisión- ha tratado de matar y que seguro no renunciara en el empeño.

La molestia del imperio no es para menos. No obstante las guerras de distinto tipo que se han ejecutado en su contra para destruirla, Venezuela y el liderazgo de Chávez se han convertido en la vanguardia política de este otro momento de lucha emancipadora de América Latina.

A Chávez, cuya irrupción en la política ya se dio en 1982 con la conformación del Movimiento Bolivariano Revolucionario (MBR2000), hay que atribuirle la gran insurrección cívico-militar de 1992 contra el presidente Carlos Andrés Pérez, que si bien fracasó militarmente en su propósito de la toma del poder, representó la respuesta popular al Caracazo de 1989 -una dura represión en la que murieron miles de hombres y mujeres que protestaban por la situación de miseria- y el anticipo de la victoria político-electoral de 1998, cuando en la patria de Bolívar la revolución liberadora retornaba sobre nuevas condiciones.

Todos estos episodios no eran casuales. El actual líder latinoamericano levantó las banderas de Bolívar desde su ingreso a la Academia Militar y siempre le atribuyó al Libertador ser el autor intelectual de la revolución venezolana en curso, así como Fidel Castro hizo lo mismo con José Martí, quien después de haber vivido en las entrañas del monstruo nunca ocultó seguir el ejemplo de jefe militar venezolano en la aspiración de ver algún día materializada la unidad de Nuestra América, para hacer frente a esa “otra América” anglosajona e imperialista.

Después de pasar dos años prisionero en la cárcel San Francisco de Yace, en el estado de Miranda, el militar rebelde -cuya popularidad iba en aumento a pesar de las campañas montadas en su contra-, fue liberado en marzo de 1994 y tras una dedicación absoluta a la preparación de su proyecto político volvió a dar claras señales de su indeclinable compromiso latinoamericanista al aceptar una invitación del comandante cubano Fidel Castro, con quien compartió largas horas de conversación el 14 de diciembre de 1994.

El papel de vanguardia política latinoamericana de Venezuela y su presidente, quien de una inicial posición nacionalista latinoamericana ha pasado a ser el más radical impulsor del socialismo, se han materializado en al menos tres campos fundamentales.

El primero, en el campo de la democracia. A partir de la victoria político-electoral de Hugo Chávez en 1998, las relaciones de fuerza en América Latina empezaron a cambiar favorable y progresivamente a favor de los intereses nacional-populares. Salvo Cuba, que tras el derrumbe del campo socialista resistió heroicamente en medio de un mar de capitalismo y gobiernos neoliberales, todos los países del continente estaban controlados por gobiernos de derecha.

Sin desconocer la necesidad del uso de la lucha armada para la toma del poder político en Cuba en la década de los 50 o de la organización de guerrillas de liberación nacional en otros países en la década de los 60, el líder bolivariano demostró con su triunfo electoral que las condiciones histórico-concretas de fines del siglo XX -que luego se ampliaron a principios del siglo XXI- abrían la condición de posibilidad de avanzar hacia el desarrollo de revoluciones profundas en unos países y a la constitución de gobiernos progresistas en otros, a través de la lucha electoral. Después le sucederían Brasil, Ecuador, Uruguay y Bolivia entre los más importantes.

Pero no solo eso. También, no por casualidad, en la patria de Bolívar se pondría en marcha la reconceptualización y ampliación de la democracia por la vía de incorporar formas y mecanismos de democracia participativa y directa que también han transformado radicalmente los sistemas políticos en Bolivia y Ecuador.

En segundo lugar, a partir de la denuncia que Chávez hizo en solitario en la III Cumbre de las Américas (Québec, 2001) a las intenciones de anexionismo camuflado que Estados Unidos tenía para América Latina a través del ALCA, no hubo encuentro y foro internacional -como ocurrió en la Cumbre de Jefes de Estado del G-15 en Venezuela en 2004 y el Foro Social Mundial de enero de 2005 en Porto Alegre-, en las que el líder latinoamericano no levantara las banderas integracionistas de Bolívar y otros próceres de la independencia.

Poco antes de que se extendiera el certificado de defunción al proyecto ALCA, en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, en 2005, el presidente venezolano no dejó de condenar al neoliberalismo, pedir el “relanzamiento del movimiento de integración del sur y proponer cosas concretas como la constitución del Banco del Sur, Petrosur, Telesur y otras iniciativas que se han ido concretando en poco tiempo en la medida que una ola de gobiernos de izquierda ha emergido en la mayor parte de los países de América Latina.

Pero quizá la osadía más grande de Chávez es la de haber ideado, en una reunión de países del Caribe en la Isla Margarita, la necesidad de anteponer al ALCA con la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA). La concreción de esta propuesta -considerada loca por muchos- se dio en diciembre de 2004 en La Habana, donde Chávez y Fidel, en un acto político único en el que ambos dieron verdaderas clases de historia, compromiso y latinoamericanismo, firmaron el acta de constitución de ese modelo alternativo de integración que en menos de cinco años llegaría a tener 8 miembros y algunos observadores.

El ALBA ha permitido que Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Paraguay (este último no es miembro) se conviertan en países libres de analfabetismo en América Latina, que millones de personas reciban atención médicas y otros millones recuperen su vista a través de la “Operación Milagro”, no solo de los estados miembros de ese modelo alternativo de integración, sino de otros países de América Latina. A eso hay que sumar el gran beneficio que Petrocaribe representa para los países de esa parte del continente.

En tercer lugar, como consecuencia de su convencimiento de que “El Sur existe” -que es el título que recoge de un poema de Mario Benedetti-, el líder bolivariano volvió a poner en la agenda la necesidad de construir un latinoamericanismo vigoroso para liberarse del imperialismo. Si hay un líder y presidente de los que se constituyeron a fines del siglo XX e inicios del siglo XXI que no se cansa de denunciar y combatir al imperialismo, ese se llama Hugo Chávez.

El imperio le ha respondido con todo. Venezuela y Chávez han enfrentado campañas mediáticas hasta planes de desestabilización interna, como ocurrió con el paro patronal de 2001, golpe de estado el 11 de abril de 2002 y huelga petrolera en diciembre de ese mismo año, además de amenazas de bloqueo económico. Todas han fracasado por la capacidad de estratega del líder bolivariano y por el grado de organización, cada vez en ascenso, del pueblo venezolano.

El imperialismo tiene razones por cantidad para querer derrotar a Chávez. Como pocas veces ocurre en la historia, el líder bolivariano nunca ha dejado de impulsar -aún en condiciones de salud adversas- una batalla en dos frentes: una, en Venezuela, porque sabe que la revolución ininterrumpida hacia el socialismo del siglo XXI es la respuesta estructural que los hombres y las mujeres de ese país necesitan para alcanzar su emancipación plena. La otra, en América Latina, porque montado en el caballo de Bolívar, este terco y lúcido líder bolivariano se ha convertido en la síntesis de las esperanzas que alimentan las luchas indígenas y populares en esta parte del mundo. Al impulso del ejemplo de Cuba, en “Nuestra América” hay otros líderes extraordinarios como Evo Morales en Bolivia, Daniel Ortega en Nicaragua, Rafael Correa en Ecuador y ahora Ollanta Humala en Perú, como también ya procesos políticos muy lindos como en Uruguay con el Frente Amplio, en Brasil con el PT, en Argentina con Cristina Fernández y en Honduras con Manuel Zelaya. Pero hay algo indiscutible: la historia, esa caprichosa e inimaginable, ha colocado a Chávez como al líder latinoamericano articulador de todos estos proyectos emancipatorios. Ahí esta Fidel Castro – a quien el presidente venezolano le ha agradecido por haberlo aceptado como su hijo,- como un líder que ha trascendido la historia y cuya referencia ética y consecuencia permanecerá en el tiempo, pero ahora está Chávez -y Fidel no se cansa de decirlo de distintas maneras-, para cargar sobre su espalda la revolución latinoamericana.

Pero esa su posición inclaudicable, que muchas veces la sintetiza recordando la famosa frase de Bolívar: “Los Estados Unidos de Norteamérica parecen destinados por la providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad”, se ha traducido en el impulso a la conformación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CALAC), cuya constitución se aplazó hasta el 2 y 3 de diciembre por el tratamiento médico al que el líder bolivariano fue sometido después que células cancerígenas le fueran extraídas en Cuba.

La fuerza del líder bolivariano y latinoamericano es de tal envergadura que hoy, como lo ha dicho, enfrenta una batalla más por la vida, de la que está seguro que saldrá victorioso junto a su pueblo.

Los líderes son de su tiempo. A Bolívar le correspondió el siglo XIX, a Fidel Castro el siglo XX y ahora a Hugo Chávez el siglo XXI.

*          Este artículo fue publicado en Correo del Alba

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