septiembre 20, 2021

Territorios libres en Bolivia

A lo largo de vida republicana, hubo en la historia boliviana intentos de crear territorios libres, libertarios podríamos enfatizar, con la utopía de preservar un espacio para una convivencia más igualitaria y humana.

La experiencia más famosa data del Siglo XIX. Fue organizada por el cruceño Andrés Ibañez, con el ideal de una sociedad sin privilegios, sin terratenientes, sin hambrientos y con las mismas oportunidades para todos. Su ambición fue cortada violentamente en el sudeste del Departamento de Santa Cruz por tropas capitaneadas por sus propios paisanos, con visiones diferentes sobre el desarrollo.

Desde los años sesenta de la pasada centuria, los campamentos mineros se declararon territorios libres. La decisión más radical fue asumida por el combativo sindicato proletario en Siglo XX/Llallagua/Catavi, en la Provincia Bustillos, al norte del Departamento de Potosí.

Ni la masacre blanca con los masivos despedidos en 1965, ni la masacre roja del 24 de junio de 1967, ni el golpe militar del 21 de agosto de 1971 derrotaron al ideal de los trabajadores mineros de tener un espacio con justicia social y valores solidarios. A pesar de la pobreza, las familias mineras se encargaban de socorrer a una viuda o de adoptar a un niño huérfano. Nadie moría de hambre, ni solo.

Recién a inicios del 75, Hugo Banzer logró cercar ese distrito. Dirigentes históricos, como Víctor López, fueron torturados y exiliados al extremo sur chileno, en plena dictadura pinochetista. La presencia de un cuartel militar ahogó la experiencia del llamado primer territorio libre de América del Sur.

Después del golpe de Luís García Mesa, en julio de 1980, la resistencia se concentró en las minas del Departamento de La Paz: Viloco, Caracoles y otras. Bendecido por el padre Antonio Caglioni se fundó un nuevo territorio libre, con gobierno incluido. El Presidente era el dirigente colonizador cochabambino Demetrio Barrientos. Después de algunas semanas, las tropas ingresaron a los campamentos asesinando a trabajadores. Hace dos años, recordamos a aquel territorio libre con una misa de campaña en la apacheta de Qhimsa Cruz.

Menos conocida es la República del Quiquibey, creada en los años cincuenta por un republicano español que había conocido el horror de la guerra civil y de los campos de concentración nazis. Antonio García Barón supo por un amigo francés que el paraíso podía estar cerca de Rurrenabaque, Departamento del Beni, Bolivia. Ahí acampó el refugiado y encontró la felicidad entre esas gentes sencillas y de vida rural, tan diferentes a los guerreros europeos y a su decadente civilización. Entre los indígenas de tierras bajas compartió las reservas morales de la Humanidad.

Son aquellos originarios, expulsados secularmente de diferentes territorios, quienes, al final, habían anclado su Loma Santa: el mayor territorio libre, la utopía, el paraíso amazónico. Ahí, donde está la mayor riqueza de agua, aire, silencio y generosidad. Ellos lograron con sus luchas ser reconocidos como parque nacional y territorio indígena, TIPNIS, títulos otorgados por gobiernos neoliberales. Hoy, 2012, estamos en vísperas del final de ese último rincón libertario. Un gobierno izquierdista ha decidido arrasarlos a ellos, a su bosque y a su hábitat, con colonos, cemento y coca.

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