junio 22, 2021

La COB y el gobierno, una tregua no pactada

La decisión de la dirección de la Central Obrera Boliviana (COB) de no sumarse a la organización y desarrollo de la anunciada IX marcha de los pueblos indígenas afiliados a la CIDOB, es una señal que hay que leerla con detenimiento y sin superficialidades de ningún tipo.

Un criterio lo más objetivo posible debería conducir a la oposición a evitar criticar a la flamante dirección de la máxima organización de los trabajadores de un presunto cooptamiento por parte del gobierno o al oficialismo de pensar que se trata de una cúpula cerca al proceso de cambio. En realidad no se trata de ninguno de los dos.

La explicación quizá esté, más bien, en dos ámbitos no debidamente percibidos y que refleja un tema de tiempos, escenarios de conflicto y cuestiones de liderazgo.

Por un lado, en el nivel de la competencia por la conducción de la protesta. Es evidente que una adhesión de la COB a la marcha indígena -si está se lleva a cabo-, pondrá a Trujillo y al resto del comité ejecutivo en condiciones de subalternidad ante la dirigencia indígena y varios activistas de ONG. Esto es demasiado pedirle a una dirección que necesita de un conflicto propio para legitimarse y es poco frecuente en la historia de esa organización.

Por otro lado, es evidente que la agenda de los dirigentes indígenas y de varias ONG -que han asumido la problemática de la Madre Tierra con un criterio bastante fundamentalista-, va en contra de la demanda estructural de los trabajadores asalariados de nuevas fuentes de trabajo y que en buenas cuentas implica inversiones en industrialización.

Eso quiere decir, que el gobierno tiene un tiempo para explicar a la dirigencia de la COB y a los sindicatos el alcance de su propuesta de industrializar los recursos naturales, una demanda largamente planteada por los trabajadores durante décadas, aunque con el añadido de que ese proceso se lo debe hacer, en las condiciones actuales, con el máximo cuidado de no dañar la naturaleza.

A su vez, la nueva dirección de la COB tiene la oportunidad de construir un escenario favorable para salir de sus posiciones reivindicativas en un momento particularmente extraordinario para América Latina y darle su sello de clase a uno de los procesos más profundos de nuestra historia.

No hay duda que dentro de la COB existen dirigentes y sectores que le tienen un pánico histórico a la sola posibilidad de formar parte de un proceso revolucionario si éste no está hecho a imagen y semejanza de una concepción bastante alejada de la realidad concreta y que en muchas veces le ha impedido a los trabajadores avanzar hacia su misión histórica: la emancipación del trabajo.

De ahí que esta suerte de tregua no pactada de la COB con el gobierno es un tema de tiempo, pero que le otorga al gobierno y los sectores sociales constructores del proceso la gran posibilidad de incorporar a otros sectores a la configuración del nuevo bloque en el poder.

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