junio 24, 2021

Grass, ese salvaje

Hace unos días, el escritor Günter Grass se hizo “apestoso” por publicar un poema. ¿Basta un poema para semejante honor? Veamos: en “Lo que hay que decir”, Grass critica a Israel, en tanto potencia nuclear que amenaza con un ataque preventivo contra Irán, pues sospecha que dicho país también busca convertirse en potencia atómica. Critica la hipocresía de Occidente y se preocupa porque Alemania dote a Israel de un submarino capaz de transportar ojivas nucleares.

Antes de secarse la tinta, Grass ya recibió críticas y reproches por doquier. Poco después, Israel lo declaraba persona no grata y, consecuentemente, le negaba la entrada a su territorio. Por si fuera poco, también pedía a la Academia Sueca retirarle el Premio Nobel al autor alemán. Y, por supuesto, no faltaron las acusaciones de antisemitismo y las alusiones a su fugaz y adolescente paso por las Waffen SS, en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial.

En resumidas cuentas, Grass se vio convertido en un despreciable nazi antisemita.

¿Todo por un poema? se preguntará usted. Sí, por un poema, nada más que por un poema. Pero tampoco nada menos. Con “Lo que hay que decir”, Grass recuperó la característica fundamental de la literatura en serio: el uso salvaje del lenguaje. Este “salvajismo” consiste en decir aquello que no se puede decir, en subvertir el orden establecido, en hacer las preguntas incómodas, en desenmascarar la mentira, en señalar y fustigar al impune, en concebir otro mundo posible sin importar lo utópico de su consecución. Y, claro, como es de suponer, el uso salvaje del lenguaje produce escándalo; y tal escándalo le gana a su responsable la cruz o el cadalso.

“Salvajes” eran las palabras de Jesús de Nazaret, de Sócrates, de Giordano Bruno, de Federico García Lorca, de Walter Benjamin, de Roque Dalton, de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Salvajes, sí, salvajísimas, porque mucho arte y coraje son necesarios para llamar al pan, pan y al vino, vino; porque el salvaje no tiene sombra donde guarecerse, no tiene asilo posible. El salvaje es un poeta, el único verdadero en realidad. El salvaje es, por definición, el individuo más peligroso para los poderes instituidos. Por eso Platón expulsó a los poetas de su República ideal.

El gran Günter Grass honra esta temeraria tradición diciendo, exactamente, “lo que hay que decir” y no se dice: que ningún país (ni siquiera Israel) tiene derecho a la guerra preventiva, que todas las potencias nucleares lo son ilegítimamente, que todas deberían someterse a inspección internacional; que todas, por el solo hecho de serlo y sin importar su ideología, son un peligro para la paz mundial; que las potencias occidentales son hipócritas en sus políticas para Oriente Medio y, por lo tanto, corresponsables de los crímenes y las guerras y el odio que envenena a esa región; que Alemania no debe ser cómplice de Israel por su mala conciencia y responsabilidad del Holocausto; que también es válido criticar a Israel y no por ello se es antisemita; que no se puede argüir el temor para desatar la muerte (¿es que se ha olvidado ya la mentira estadounidense de las “armas de destrucción masiva”, que supuestamente poseía Irak y que justificaban la guerra a ese país?).

Los artistas no pueden ser solo “entertainers”. Deben ser creadores de esa clase de belleza que libera y sublima el espíritu humano. Con este poema, que simula no agregar algo especial a su obra, Grass demuestra una vez más ser ese tipo de artista. ¡Qué salvaje!

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