diciembre 6, 2021

Francia y Grecia. Dos elecciones, ninguna decisión

Ayer tuvieron lugar en dos países europeos, uno de los grandes y poderosos y otro, más pequeño y marginal en cuanto al reparto del poder en el continente, sendas consultas electorales. En el gran país, se oyeron de nuevo las solemnes tonterías de la política de la representación, con dos candidatos a cual más ridículo hablando en nombre de «los franceses» y emitiendo sin vergüenza ninguna frases como «los franceses quieren», «los franceses opinan» etc. El gran país hexagonal es un viejo centro de poder europeo. En él la crisis golpea, pero, de momento, no se ha convertido en el desastre social que conocen los países de la Europa del Sur y sobre todo, el país más pequeño y marginal, Grecia. Por eso, es todavía posible jugar a la representación, a un juego de espejos entre derecha e izquierda en que los distintos componentes del mando capitalista afirman dar mayor importancia al mercado o al Estado, a la igualdad o a la libertad de emprender. Todo dentro de una espléndida continuidad entre los dos polos de un sistema que en modo alguno se ve cuestionado desde esas categorías, pues son las suyas. Quien piense que un régimen capitalista se pone en entredicho reforzando el Estado o aumentando la igualdad jurídica entre los ciudadanos ignora que el mercado generalizado propio del capitalismo es un fruto de la actividad estatal y que la igualdad entre contratantes es condición básica de la existencia del mercado. Como recordaba Michel Foucault a Chomsky en su memorable debate de la televisión neerlandesa de 1971, «no se puede combatir un régimen a partir de su propios conceptos y valores». Por ese motivo, la izquierda representativa sólo podrá representar, en el mejor de los casos, a una clase obrera que forma parte del entramado del capitalismo, de su modo específico de reparto de la riqueza. Su papel en la lucha de clases es de pura mistificación, de ocultación de los antagonismos detrás de los valores comunes del sistema presentados como valores «democráticos» o «valores de la República» con la voz engolada de proclamar grandes mentiras.

En el poderoso hexágono ha ganado las elecciones presidenciales por un pequeño margen de diferencia respecto del presidente saliente, François Hollande, un dirigente del Partido Socialista que se presentó con un programa de crítica moderada de las políticas de austeridad y anunciando su voluntad de modificar el pacto de estabilidad europeo. Lo que propone, en lugar de austeridad, es «crecimiento». Probablemente, Hollande no tardará mucho en dar marcha atrás respecto de sus promesas y regresar al «realismo» consistente en aceptar austeridad y recortes, tal vez en nombre del crecimiento. En Francia todavía existe margen para mentir con algo de éxito y también para recortar gasto público y salarios. Mientras exista ese margen seguirá siendo posible el guiñol de los dos candidatos de la derecha y de la izquierda con sus adláteres «populistas» de derecha y de izquierda que introducen entre Estado y mercado a un tercer personaje en la farsa: el pueblo. Ese pueblo que irrumpe como el otro del mercado en el discurso de izquierda de Mélenchon o el otro del Estado en el populismo semifascista de la hija de Le Pen. Como si el pueblo no fuera la unificación por el Estado y en él de los agentes dispersos del mercado. Los populismos no son tampoco una salida del laberinto de espejos de la política representativa en la cual, sencillamente no existe ningún espacio exterior, ningún más allá de la representación que no sea la mera criminalidad «terrorista» y aun esta es un exterior mistificado, un falso exterior enteramente designado por el poder y desde él. La lucha de clases no es representable, sólo lo son los espejos en que se refleja al infinito el falso antagonismo del Estado y del mercado, del pueblo de izquierda y del pueblo guardián de las esencias nacionales. Como en la última escena de la película «La dama de Shangai» de Orson Welles, los protagonistas disparan contra sus imágenes en un laberinto de espejos y disparando contra su propia imagen matan al otro. El capitalismo modificado en liberal vence al capitalismo modificado en socialista o viceversa. Mientras, se agita el coco fascista, que previamente se ha alimentado mediante una estudiada xenofobia de Estado para que las opciones mayoritarias, respetables y no «populistas» presenten las políticas más brutales como un «mal menor»… en comparación con lo que ocurriría si vencieran los fascistas. La existencia de un bloque fascista permite a los partidos del régimen ser ellos mismos fascistas acusando a los «populistas» de extrema derecha de serlo. Poli bueno y poli malo.

Grecia también ha conocido ayer unas elecciones, pero su desarrollo y su resultados han sido muy distintos de los de Francia. La prensa europea oficialista ha presentado los resultados de las elecciones griegas como un fuerte avance de la izquierda «radical» y un retroceso de los dos grandes protagonistas del bipartidismo helénico, los socialistas del Pasok y la derecha de Nea Dimokratia. Sin embargo, en Grecia ha ocurrido algo mucho más grave: se ha mostrado que, llegadoa a un cierto nivel, la representación democrática del capitalismo neoliberal resulta imposible. Los dos grandes partidos que defienden la austeridad y el pago de la deuda, Pasok y ND sólo cuentan con algo menos del 33% de los votos: el resto de las fuerzas representadas en el parlamento griego es, en cambio, radicalmente hostil a esta política que está arruinando el país y empobreciendo a las clases populares y a las capas medias. Esto no ha impedido al régimen hacer todo lo posible para que la ciudadanía griega no pudiera expresar su descontento: no sólo no fue posible consultar a la población sobre las medidas de austeridad en un referéndum (el mero intento de hacerlo le costó el puesto a Papandreu), sino que, para evitar la expresión de posiciones minoritarias, se establece en 3% de los votos el porcentaje mínimo para obtener diputados, lo cual supuso en estas últimas elecciones excluir de la representación al 19% de los electores, un porcentaje de sufragios superior al obtenido por Nea Dimokratia, el partido más votado. No sólo esto: la prima de mayoría para el partido más votado queda fijada en 50 escaños, de modo que Nea Dimokratia con 18,9% (sólo 2% más de votos que Syriza, la coalición de izquierda que obtuvo un 16,8%) obtiene, gracias a este generoso «regalo», 108 diputados frente a los 52 de Syriza. La combinación del mínimo de sufragios y la prima al partido mayoritario desfigura así grotescamente la correlación de las fuerzas políticas representadas en el parlamento. Este auténtico pucherazo legal destinado a garantizar la «gobernabilidad» estuvo a punto de tener éxito y de permitir un gobierno de «salvación nacional» formado por Nea Dimokratia y Pasok, los partidos minoritarios que representan la política de austeridad contra la que los votantes se expresaron de forma clara y nítida. Los resultados definitivos no han permitido esta solución, pues ni siquiera con este fraude electoral legal alcanzan los partidos del «mnimonio» (el memorándum de políticas de austeridad impuesto por la Comisión Europea, el BCE y el FMI) la mayoría absoluta. La austeridad se hace ingobernable democráticamente. Esa es la gran diferencia entre Grecia y Francia. En Grecia, con los resultados de ayer será casi imposible formar gobierno, pues, aunque Syriza ha obtenido un resultado excelente, le será imposible obtener ningún apoyo suficiente. El Partido Comunista, que ya se opuso a presentar listas unitarias con los «socialdemócratas» de Syriza por considerarlos demasiado «europeistas», tampoco aceptará ningún tipo de coalición postelectoral. Por otra parte, una extrema derecha caricatural pero terrible, Chrysi Avgi (Aurora Dorada) ha entrado en el parlamento con una política de denuncia a de las políticas migratorias, pero también de la «Junta» (nombre hispánico que se da en Grecia a la dictadura de los coroneles) del «mnimonio» (memorándum). La función de esta formación es de momento semejante a la de Marine Le Pen en Francia y a la de otras extremas derechas: permitir la radicalización neoliberal y xenófoba de los partidos mayoritarios que pueden presentar al fascismo como un «mal mayor», aunque sus milicias ya están actuando en las calles contra los inmigrantes…

Las elecciones que hubieran debido servir para dar legitimidad a la dominación del capital financiero a través de la austeridad y del pago de la deuda, no han logrado este objetivo en Grecia. La austeridad y la deuda son hoy irrepresentables, también lo es la resistencia de la multitud frente a estas políticas. Los espejos se han quebrado definitivamente aunque es posible que aún se juegue un poco con ese gran añico que constituye la extrema derecha. En los próximos días todo se puede precipitar: si no existe una mayoría para apoyar el plan de salvamento y las medidas de austeridad impuestas que lleva consigo, puede producirse rápidamente una suspensión de las transferencias financieras europeas y del FMI y una suspensión de pagos de Grecia. Es muy probable también que el país tenga que salir del euro, con las consiguientes repercusiones sobre los demás países frágiles (Portugal, España, Italia, Irlanda etc.) y sobre el conjunto de la zona.  Grecia se encuentra hoy en una situación que recuerda a la Alemania de los años 30. Las causas son semejantes: la Alemania de Weimar quedó arruinada por el pago de una brutal deuda de guerra impuesta por los vencedores de la primera guerra mundial. Keynes ya había avisado en la comisión de reparaciones de guerra de las consecuencias desastrosas de esta política. Ante la imposibilidad de una revolución debida entre otras cosas a la profunda división de las izquierdas y al sectarismo del Partido Comunista alemán, un pequeño, feo y resentido cabo gritón, tan ridículo como los dirigentes de Chrisí Avgi, acabó haciéndose con el poder. El resto de la historia es conocido.

En este momento, sólo una potente reacción a escala europea contra las políticas de austeridad puede evitar que vuelva la barbarie a nuestro continente. Es necesaria una Europa que sea un verdadero espacio de cooperación productiva para la multitud, un espacio de democracia y de libertad y no una mera agencia de cobro de la deuda financiera odiosa gestionada por una oligarquía y de gestión racista de la inmigración. No todos los países pueden permitirse el espectáculo de gran guiñol «republicano» que vive Francia; dentro de poco la propia Francia tampoco lo podrá.  Grecia nos muestra que la dominación social mediante la deuda no puede ya representarse democráticamente. Para preservar la democracia, es urgente acabar con una política económica que cada vez disimula menos su carácter de auténtica dominación política. Esto, sin embargo no puede hacerse en el marco de los Estados-nación: la nostalgia soberanista representada por el fascismo y en cierta medida por los «populismos» es hoy una trampa. Sólo a escala europea es posible solucionar unos problemas que hace tiempo que han dejado de plantearse a nivel nacional. Encerrándonos en «nuestros» Estados nos encontraremos con un mando capitalista cada vez más brutal y seremos más incapaces de hacerle frente. Otra construcción europea es necesaria y urgente. El 12M será a estos efectos mucho más decisivo que las elecciones del 6 de mayo.

Fuente: http://iohannesmaurus.blogspot.com.es/2012/05/francia-y-grecia-2-elecciones-ninguna.html

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