diciembre 8, 2021

Historia de una lucha desigual

Hace varios años Roberto Choque Canqui había iniciado, con su ingreso a estudiar historia en la universidad, la recuperación de la memoria del llamado mundo indígena. La diversidad de trabajos sobre la participación del indígena en la sociedad colonial, primero, y luego en la republicana boliviana, nos permite de alguna manera seguir los hilos de esa historia trazada por Roberto Choque. Desde esos trabajos sobre la participación de los caciques indígenas del período colonial, pasando por la masacre de Jesús de Machaca, o ese trabajo no profundizado sobre la República del Kollasuyo, que ligados a su tesis de maestría “Los contenidos ideológicos y políticos de las rebeliones indígenas de la pre-revolución de 1952” nos muestran el interés y principalmente el método por el que busca explicar este proceso histórico en la que los actores centrales son los indígenas. No debemos olvidarnos los dos trabajos realizados junto a Cristina Quisbert, me refiero a Líderes indígenas aymaras y la Historia de la educación indígena en Bolivia.

Ahora Roberto Choque junto a Cristina Quisbert nos presentan una nueva propuesta en la Historia de una lucha desigual que como nos dicen “constituye en una investigación comprendida dentro la historia indígena anterior y posterior a la Revolución de 1952, cuyo objetivo está dirigido a analizar los diferentes escenarios y mecanismos de lucha empleados por los indígenas”. Trabajo dividido en cinco grandes temas, que cronológicamente abarcan los siglos XX y XXI. Aun cuando efectúan, a manera de introducción, una análisis de las rebeliones indígenas realizadas en el siglo XIX, principalmente las efectuadas a fines de siglo.

Habría que mencionar que a través de la narración, en las nacientes repúblicas de la América andina, sus elites culturales van a tratar de interpretar el proceso de formación cultural de las nuevas naciones americanas. La descripción del indio en la literatura de los países de la América andina está atravesada por el debate político que sobre el problema indígena tiene lugar.

Podemos leer que el discurso sobre el indio ha surgido en el contexto de una lucha política entre las elites dominantes de la sociedad de los nuevos países andinos. Las coyunturas políticas del Ecuador, Perú y Bolivia dieron lugar a debates diferentes sobre el indio.

La visión predominante sobre el indio fue la de la oligarquía terrateniente, por la que su explotación se justificaba con o sin el desprecio por la raza indígena. Los representantes de estas elites culturales transformaron el discurso político en narrativa indigenista e impulsaron un primer reconocimiento político del indio.

Desde una lectura muy propia Roberto Choque y Cristina Quisbert mantienen ese discurso de que el objetivo fue concentrar las propiedades agropecuarias en pocas manos de los llamados blancos o mestizos. Entonces habría que entender el porqué la corriente positivista boliviana empieza a reagrupar a su entorno el interés de las elites criollas por aquello que se denominara el darwinismo social. Las elites sociales van a aplicar esta propuesta buscando ante todo mostrar sus aplicaciones sociológicas como una promesa de progreso, porque la evolución de la humanidad no admitía ningún retroceso, siendo el grupo dominante siempre el mejor. Los dirigentes criollos buscan la industrialización de Bolivia. Ambicionan a llegar a ser propietarios agrarios. Para ellos su estatus social está ligado a su condición de ser hacendado.

Se puede coincidir cuando nos dicen que “podemos afirmar que, la participación indígena en esa contienda, entre otras cosas, tuvo el propósito de buscar un proyecto hacia una sociedad no excluyente que respetase las estructuras sociales propias en base al ayllu y la comunidad originaria y la instauración de un gobierno propio”. En los hechos, esto no fue posible dada la represión de los nuevos gobernantes quienes se inclinaron a velar los intereses de la oligarquía dominante. La exclusión indígena continuó sin mayor variación, aunque después habría algunos cambios para la causa indígena, pero bajo nuevos mecanismos de lucha.

Ya entrando en sus propuestas para analizar el siglo XX nos mostrarán la importancia del movimiento cacical y las rebeliones que se darán antes de la guerra del Chaco, donde se nos viene a la mente las propuestas iniciales que hiciera Roberto Choque en sus trabajos sobre Jesús de Machaca y su tesis de maestría sobre los movimientos indígenas antes de la guerra con el Paraguay, y la educación del indígena. De ello podemos entender los dos ejes, que ahora a los autores les permitirán explicar sus propuestas: por un lado se encuentran los llamados caciques apoderados y por otro la educación indígena.

Como nos dicen el movimiento indígena asumió nuevos mecanismos de lucha que son claramente expuestos en dos puntos: primero, la adopción del liderazgo por parte de caciques apoderados como representantes de las comunidades originarias ante las autoridades gubernamentales, especialmente, para gestionar las demandas de los comunarios sobre el respeto a las tierras comunitarias y la creación de escuelas indigenales en los ayllus, y segundo, la participación de los preceptores indígenas en la defensa de tierras comunitarias y el establecimiento de escuelas de alfabetización para niños y jóvenes, tanto en las comunidades como en los centros urbanos.

Ya para fines del siglo XIX y comienzos del XX empezaron a circular las ideas socialistas en los círculos intelectuales peruanos de la que también participaran muchas personas y serán ellos, articulados en una asociación, quienes introducirán estas ideas en Bolivia.

La Asociación Pro Indígena fue un movimiento en contra a la agresión teórica y práctica de la oligarquía “limeña” que demandaba el exterminio de los indios anexando sus bienes comunales a sus haciendas y apropiándose de la fuerza de trabajo de los indígenas. Esta asociación estaba bajo la dirección de Pedro Zulem y Dora Meyer. De Meyer podría decirse ser el nexo de ese antiguo grupo de clubes literarios limeños que a través de la novela buscaban reivindicar al indio (donde resaltaron Juana Manuela Gorriti, Lucas Jaimes y Carolina Freire) con las nuevas ideas socialistas que ingresan al Perú.

Para los miembros de la Asociación, la educación era la parte más importante de su ideal, propiciaron conversaciones en torno a la educación del indígena. Por ejemplo uno de los personajes que tendrá influencia en el pensamiento indigenista boliviano de inicios del siglo XX, me refiero a la década de los diez, será el apoderado de los indígenas de Chucuito, Teodomiro Gutiérrez Cuevas, más conocido como el Rumimaki.

Los autores sostienen que el indígena no era considerado ciudadano boliviano por su condición de indio analfabeto y, por consiguiente, no podía reclamar sus derechos a la educación ni a la participación política en calidad de elector y elegido en igualdad de condiciones con los demás miembros de la sociedad civil. Aspecto que va a ser resaltado destacando la propuesta de Eduardo Leandro Nina Quispe en la constitución de la Sociedad República del Kollasuyu, en la que existió una interpelación a la constitución social de la nación, por cuanto la comunidad indígena no estaba reconocida como parte integrante de la sociedad civil. Como nos dicen, Eduardo Leandro Nina Quispe reconocía la constitución territorial de Bolivia con relación a los países vecinos y la división política nacional, que considero fue tomada de la propuesta de “Restauración del Tawantinsuyo” de la Asociación Pro Indígena, por los líderes indígenas bolivianos.

El establecimiento de las escuelas indigenales en Bolivia fue una de las acciones educativas de mayor importancia en la historia de la educación indígena. Entre estas escuelas se debe resaltar a las escuelas normales rurales, que van a ir fundándose en varias regiones del nuestro país, que ambos autores lo trataron en un anterior trabajo.

La historiografía boliviana ha resaltado muchísimo que la guerra del Chaco permitió la integración boliviana, porque fue en ese espacio bélico en donde se juntaron blancos, mestizos e indígenas. Pero como nos cuentan Roberto Choque y Cristina Quisbert, la llamada “conscripción” fue un verdadero dilema para la población indígena, que se vislumbró en la llamada “sublevación indígena”. Se empleó al ejército para capturar a todos aquellos indígenas implicados en las sublevaciones contra sus patrones y las autoridades locales. Así, muchos indígenas fueron arrancados de sus hogares para ser enrolados inmediatamente en el ejército y marchar a la guerra.

Por supuesto que en este acápite no habrá que olvidarse de la actuación de quien presidía la llamada “Legión Cívica”, el padre Ibar Ramírez, ese sacerdote mexicano que combatió en la guerra de los cristeros y fue expresamente traído por el gobierno boliviano para dirigir esa “Legión” con el fin de “reclutar a la población indígena”. Todavía la memoria de los viejos habitantes rurales le recuerda como el cura que hacía cavar sus tumbas a los indígenas rebeldes, antes de pasarles la metralla.

Las sublevaciones indígenas, la conscripción y la guerra del Chaco convivieron esos años. Mientras los sindicalistas, de corriente anarquista, de los centros urbanos realizaban un avance hacia una coparticipación con los indígenas en la lucha por las reivindicaciones sociales y económicas. Las relaciones de la Federación Obrera Local (FOL) con los caciques indígenas se habían puesto de “manifiesto en la labor de apoyo e información que prestara a su lucha el periódico Humanidad, como nos dicen Choque y Quisbert.

En lo que denominan las rebeliones de la postguerra, los autores nos muestran algo poco conocido como es la formación del sindicalismo agrario, antes de la llamada reforma agraria, que según ellos se deben a tres factores: Primero, en la segunda década del siglo XX, el movimiento indígena tuvo su vinculación con las organizaciones del movimiento obrero y artesanal de tendencias anarquistas. Segundo, estaba vinculado estrechamente al proceso educativo, a la defensa de tierras comunitarias y a la lucha contra patrones de haciendas; de forma que los colonos podían organizarse en sindicatos agrarios para defender sus derechos sociales y económicos, y tercero, los cambios políticos y sociales que se sucedieron después de la guerra del Chaco orientaron al movimiento indígena hacia otras formas de organización en procura de sentar las bases sociales y políticas a favor de un movimiento popular en Bolivia.

En este capítulo por supuesto que no iba a faltar aspectos relacionados al Primer Congreso Indigenal Boliviano de 1945, en la que se discutieron temas como:

1) La tierra debía ser para los indios y todos los terrenos debían volver a la comunidad; 2) Todo trabajo del indio debía ser pagado y de esta manera garantizar su vida y trabajo; 3) El indígena debía tener la escuela para servir mejor a Bolivia y el gobierno nacional debía encargarse de la educación del indio hasta su titulación, estableciendo para ello la enseñanza de oficios y artes para que los educandos sean pintores, músicos, escultores, etc.; igualmente enseñar, tanto a las mujeres como a los varones, todos los deportes e idiomas: castellano, sin descuidar las lenguas nativas (qhichwa y aymara); la enseñanza agropecuaria merecía su consideración “para producir más y cuidar los animales”; 4) Debía discutirse sobre los abusos de las autoridades, patrones y otras personas, y 5) También el tema de la mujer era motivo de discusión, especialmente “sobre el cuidado de las mujeres embarazadas y de los niños”.

Pero como nos dicen los autores el objeto del Congreso Indigenal consignaba cuatro puntos importantes: la supresión de servicios gratuitos; la educación indigenal, cultura agraria y social; la reglamentación del trabajo agrario, y la organización de la policía rural. El Congreso se inauguró el 10 de mayo de 1945.

De acuerdo a las nuevas tendencias historiográficas, Roberto Choque y Cristina Quisbert, parecen inscribirse en aquello denominado “historia del presente” que para los ojos de la historiografía tradicional de fuerte influencia positivista no está bien visto. La revolución del 52 marcó un paradigma en la historia boliviana, en la que iban a introducirse cambios para la consecución de la vida boliviana, entre ellos la reforma agraria.

Como nos plantean, los políticos se mostraban muy susceptibles a una reforma agraria que podía afectar a los intereses de la Sociedad Rural Boliviana que agrupaba a los terratenientes. El problema agrario implicaba la lucha por la tierra, tanto para los indígenas como para los hacendados. Tanto los partidos políticos de la derecha como los de la izquierda, postulaban solucionar la cuestión agraria, con una reforma que convirtiera al indígena como una mano de obra remunerada y con una educación orientada hacia su tecnificación. Pero tampoco debemos olvidarnos que esta reforma agraria, ahora desde el gobierno del MNR, tenía el antecedente en el Informe de Mervin Bohan que planteaba el desarrollo agrario industrial del oriente boliviano.

La reforma agraria trajo consigo el conflicto campesino por el liderazgo, el MNR había introducido el “Sindicalismo Agrario” que al parecer buscaba eliminar la importancia de la antigua estructura de mando de las autoridades originarias, es decir la de los caciques, que todavía tenían crucial importancia antes de la revolución nacional del 52. Es bien conocido el conflicto producido en el valle de Cochabamba entre Cliza y Ucureña; o en el altiplano paceño con la importancia y debilidad de Achacachi que en este último caso se va a acentuar con el movimiento de Laureano Machaca en la región de Escoma.

Choque y Quisbert van a resaltar la participación del movimiento femenino indígena organizado. Las mujeres indígenas cumplieron un rol protagónico en el ámbito del movimiento indígena. Desde el inicio de la lucha, como nos dicen, participaron en las movilizaciones, especialmente en las marchas junto a los varones. En la década de los 70, se vislumbraba la necesidad de organizarse.

Un aspecto también a resaltar son las propuestas sobre la otra etapa del movimiento indígena más avanzado políticamente que se dio con el indianismo y katarismo, como nos dicen los autores, éste se orientó hacia la participación política en los espacios de poder con sus propias identidades políticas e ideológicas. En la que debe resaltarse el manifiesto de Tiwanaku de 1973 y el movimiento katarista promovido por los estudiantes universitarios, a través del Movimiento Universitario Julián Apaza, que entre uno de sus planteamientos persistentes señalaba la constitución de un gobierno indígena.

El trabajo va a concluir mostrando los movimientos indígenas por el cambio iniciado entre 1997 y el 2003 por Felipe Quispe, Alejo Véliz y Evo Morales.

Con la Historia de una lucha desigual Roberto Choque y Cristina Quisbert nos invitan a realizar una nueva relectura de la llamada realidad boliviana, tomando en cuenta que ahora se ve la historia desde otra óptica: la realidad indígena. Como decía el shuar, de los pueblos amazónicos ecuatorianos, Aij Juank en su libro Pueblo de Fuertes “con este texto queremos contribuir a que el hijo de nuestro pueblo que se inicia a la vida se haga consciente de pertenecer a un pueblo de valientes”.

*          Centro de Estudios Para la América Andina y Amazónica (CEPAAA Bolivia)

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