diciembre 8, 2021

Feminismos de colores

Desde mediados de los 90s estamos asistiendo a un proceso de conflicto similar al vivido en Estados Unidos entre las feministas negras y las blancas de clase media durante los años 80s. Las voces críticas, contestatarias provenientes del sector discriminado, marginado, en este caso el indígena, están surgiendo, tomando posturas, apropiándose de parte de los discursos feministas aunque el concepto de ‘feminismo’ siga siendo para muchas todavía ajeno. Como lo plantea Hernández Castillo: “Las propuestas y experiencias de las mujeres indígenas organizadas nos dan algunas pistas de cómo repensar el multiculturalismo desde una perspectiva de género, propuesta que va más allá de un universalismo liberal que en nombre de la igualdad niega el derecho a la equidad, y de un relativismo cultural que en nombre del derecho a la diferencia, justifica la exclusión y marginación de las mujeres”.

Aunque el feminismo incorpora desde los 80s la diversidad de contextos, éste no contempla a las mujeres indígenas. Especialmente el ‘feminismo hegemónico’ parece ser tomado por sorpresa por el levantamiento indígena cuyos métodos y demandas de mujeres son vistos con suspicacia y desconfianza. Si bien a éste se contrapone un feminismo crítico del hegemónico defendiendo las reivindicaciones de las mujeres en base a su potencial feminista, este último también carga con la responsabilidad de un cierto ‘maternalismo’ al no haber contribuido más tempranamente a una ‘agencia indígena’, un empoderamiento que hiciera de las mujeres indígenas sujetos y no ‘objetos’ de los diferentes proyectos. Y sobre todo, ninguna de estas líneas profundiza en su propia responsabilidad en cuanto a la estructura de poder y exclusión que marginaliza a las mujeres indígenas.

Si bien se da un mayor conocimiento de estos temas, predominan también enfoques intelectuales que se refieren a un modelo ideal de feminismo. No se personaliza, es decir, no se asumen cuestionamientos personales de la relación mestiza-indígena. Hay una desconfianza inherente en estas reflexiones hacia la capacidad de las mujeres indígenas de generar un proceso propio con sus errores y retrocesos, se resalta la aportación de las mestizas y se minimiza -tal vez inconscientemente- la propia aportación indígena.

Es evidente que los enormes prejuicios racistas que han moldeado durante siglos a la sociedad boliviana no han sido erradicados ni siquiera dentro del movimiento feminista. Parece darse también dentro de este último, como en todas las ideologías en período de consolidación, la tendencia a establecer una hegemonía en cuanto a la interpretación de ciertos principios y cánones cuyo cuestionamiento es sancionado con la exclusión. Estos principios y esta hegemonía junto con variables de clase podrían explicar el por qué es más fácil para las mujeres de clases sociales más bajas dar paso al descubrimiento de la “otra” que pasa a ser parte de una misma. Es esta “refundación” de la “otra” y la contextualización lo que apenas se está empezando a dar en el feminismo “hegemónico”. Se están cuestionando las estructuras de poder, de explotación, de discriminación racial que se dan entre las mujeres de diferentes clases y culturas.

La construcción de políticas de descolonización y despatriarcalización generan un proceso de autocrítica que el feminismo urbano de clase media tiene que llevar a cabo para que el reconocimiento de la diversidad abarque tanto a otras clases sociales como a otros grupos étnicos. Pero este proceso tiene que ser parte de otro más amplio donde la sociedad boliviana reconozca y acepte la multietnicidad y la interculturalidad de las raíces del Estado Plurinacional. La convergencia entre el feminismo de colores y la interculturalidad son los nuevos paradigmas que se deben seguir fortaleciendo para construir una agenda común para las mujeres.

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