diciembre 3, 2021

La mala memoria

Patricio Aylwin es conocido y recordado como el primer presidente electo luego de los 17 años de dictadura de Augusto Pinochet. A sus 93 años, aquejado seguramente por ese tipo de Alzheimer que es la mala conciencia, Aylwin incurre en un delito de lesa humanidad. Lesa, porque agravia, ofende y lastima a la humanidad entera por lo aberrante de la naturaleza del crimen: la mala memoria. En la entrevista que concede a El País, de España, Aylwin ni se despeina al realizar sus temerarias afirmaciones.

Según el político democratacristiano, “Allende terminó demostrando que no fue un buen político, porque si hubiera sido un buen político no habría pasado lo que pasó.” Es decir, el diablo en el paraíso. En la retorcida interpretación de Aylwin, la víctima es la culpable y el victimario el inocente. Será por eso que la palabra “político” está tan desprestigiada. En el sofisma de Aylwin, Allende fue un mal político porque cumplió el programa con el que fue electo, porque no vendió las aspiraciones legítimas de su pueblo con tal de mantenerse en el cargo, porque no dudó en morir antes que humillar la dignidad de su magistratura. Así se entiende que Salvador Allende sea un referente, no sólo político e ideológico, sino sobre todo moral para tantas miles de personas alrededor del mundo, no sólo en Chile.

Para Aylwin, tenaz opositor al gobierno constitucional de Allende, “el golpe se habría producido sin la ayuda de Estados Unidos”. Ya nunca lo sabremos, porque eso forma parte de la entropía de la historia. Lo cierto, lo histórico, lo irreversible es que los Estados Unidos propiciaron, financiaron, organizaron y participaron del cruento golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. Eso queda demostrado, no por la izquierda o los grupos de derechos humanos, sino por los mismos informes desclasificados de ese país: la Comisión Church, el informe Hinchey, los documentos secretos de la ITT y una montaña más de documentos revelados a partir de la Ley FOIA. Eso forma parte de la historia universal de la infamia; con sus declaraciones, Aylwin solo agrega un pie de página para suscribir su coautoría. Nada que pueda sorprender, si se considera que dichos informes exponen el millonario soporte que la CIA dio a la Democracia Cristiana, su partido, para desestabilizar al gobierno de la Unidad Popular.

La mala memoria de Aylwin, su animadversión contra Allende, su benignidad con Pinochet, explican de una vez y para siempre su cantaleta durante la transición: “justicia en la medida de lo posible”. Se trataba de recuperar el poder, no la democracia ni la verdad ni la reparación a las víctimas. Por eso convivió tan ufano con el dictador como comandante en jefe del ejército. Por eso hizo vista gorda ante el enriquecimiento ilícito del tirano y sus familiares. Por eso, en un pacto de impunidad, negoció la sangre derramada. Porque no era su sangre; porque era la sangre de quienes él combatió, la sangre que él y su partido ofrendaron en el altar sacrificial del golpe de estado.

Cuentan que un emperador romano, mandó organizar en el Coliseo una típica comilona de cristianos. Grande fue su sorpresa al ver que eran los cristianos quienes devoraban a los leones, y no viceversa, como era de esperar. Al reclamar a uno de sus subordinados por semejante resultado, el emperador recibió esta explicación: “Es que como nos solicitó el espectáculo con tan poca anticipación, no pudimos conseguir cristianos, sino solo… democratacristianos.” He aquí uno de ellos.

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