diciembre 6, 2021

Revolución y revolucionarios en nuestro tiempo

Décadas atrás, la caída del Che, del Inti, de Coco y tantos otros, lejos de amilanar a la militancia de entonces la aceraron para afrontar momentos elevados de la lucha de clases. En un cuadro tan diferente, la partida de Antonio debería motivarnos para dar un paso más en la asimilación de medio siglo de experiencias, en la afirmación de la revolución y el socialismo.

El nombre nos llegó primero; asociado a otro de resonancias intensas. Cuando en octubre de 1967 fue asesinado Ernesto Guevara, un grupo de jóvenes salimos a pintar las paredes de Córdoba con una consigna: “El Inti no debe caer”. Los estudiantes y la vanguardia obrera de aquella Córdoba pre insurreccional sabían que se trataba de Guido Peredo, lugarteniente del Che, dispuesto a continuar la batalla.

Tres meses antes de la emboscada en Vado del Yeso, había muerto en combate Roberto Peredo, integrante también del núcleo más próximo al comandante. El Inti fue emboscado en La Paz en septiembre de 1969 (nótese bien: poco después del Cordobazo). Resistió más de una hora a 150 atacantes. Malherido, fue apresado, torturado y asesinado.

De esa estirpe era Antonio Peredo Leigue. Y su nombre (así como el del cuarto hermano, Osvaldo) siguió siendo referencia a través de los años para quienes habíamos abrazado la causa de la revolución y entonces sólo discutíamos si nos uníamos al Che en Bolivia o lo esperábamos en el Norte argentino.

Antonio fue un amigo desconocido. Un texto, un libro, alguna noticia llegada por tortuosas rutas todavía distantes de esa revolución de otra naturaleza que sería internet. Cada uno en su circunstancia.

Caminantes con el mismo objetivo, fatalmente han de encontrarse en algún punto. Hubo un cruce fugaz, en 2002, durante un viaje del presidente venezolano Hugo Chávez a La Paz. Y luego, otra vez en La Paz pero ya en otra geografía de la larga marcha, cuando tras la victoria electoral Evo se aprestaba a asumir la presidencia.

Cuando finalmente pude cambiar ideas con él fue como retomar una conversación casualmente interrumpida. Quienes no han tenido la oportunidad de definir su vida en función de la lucha contra el capitalismo -o habiéndola tenido retrocedieron- hallarán difícil comprender qué ocurre en el alma cuando un revolucionario se encuentra con otro al que descubre hermano. Clandestinidad, destierro, adversidad, compañeras invariables del militante anticapitalista, escoltadas por la austeridad -cuando no por la pobreza- dejan señas de identidad invisibles para los demás, pero inequívocas.

Los años, que todo lo corroen, pueden incluso mellar la generosidad, el desinterés, la franqueza fecunda de los jóvenes revolucionarios. Pero cuando el militante logra eludir a esos enemigos invisibles y poderosos en los cuales se sustenta el sistema al que enfrenta, alcanza ese punto que el Che llamaba el escalón más alto, el de revolucionario.

Sentí eso cuando conocí a mi desconocido amigo Peredo. Y retomamos la conversación interrumpida. Claro que con una novedad difícil de asimilar: no estábamos en la clandestinidad, ni en el destierro, ni en la adversidad. Los revolucionarios bolivianos comenzaban a recorrer el primer tramo de la fase victoriosa en su larga lucha. Con Venezuela se había retomado el hilo vencedor de Cuba y ahora Bolivia se sumaba, con otra novedad más difícil aún: no estábamos en la lucha armada. En Venezuela, en Bolivia, luego en Ecuador y Nicaragua, se llegaba con votos a los Palacios donde tradicionalmente residió el poder opresor y explotador del capital.

Hablamos, claro, de América XXI. De los planes por hacer un medio latinoamericano que desafiara en su terreno a la prensa capitalista. Y la venciera. Hablamos también de Crítica de Nuestro Tiempo, una revista libro con el marxismo como punto de partida, destinada a los debates de fondo de la teoría y la práctica política.

Antonio tomó la responsabilidad de exponer en el acto de presentación de América XXI en La Paz, en julio de 2006, en la sede de Pdvsa en La Paz. La edición de septiembre de esa revista hizo una crónica que culminaba así: “Cuando tomó la palabra el senador Antonio Peredo, una emoción muy honda se apoderó de los presentes. Los oradores anteriores habían aludido a los sueños encarnados en la gesta del Che y su íntima conexión con el momento que se vivía allí mismo. La sola presencia de Peredo era un signo inequívoco del curso de la historia. Su reivindicación del proyecto plasmado en América XXI y su compromiso personal con la revista como instrumento de conocimiento y debate franco en toda América Latina arrancó aplausos y lágrimas de la concurrencia”.

Más tarde, Antonio contribuyó con Cristina Camusso y Adriana Albornoz, del equipo de Crítica, para organizar y divulgar un “Seminario Internacional: socialismo del siglo XXI, perspectivas políticas en América Latina”, realizado en mayo de 2007 en la Escuela de Gestión Pública de La Paz. A menudo recibíamos artículos suyos y los publicábamos. Cuando nos llegó la noticia de su muerte la edición de América XXI incluía sus reflexiones sobre el 60° aniversario de la revolución nacional: “La actualidad a la luz del pasado”, la titulamos.

Sin embargo siento ahora la responsabilidad de haber hecho menos de lo posible; mucho menos de lo necesario. No puedo disculparme el hecho de no haber tomado el tiempo, contrariando el vértigo cotidiano, para haber hablado mucho más con él, para indagar y escuchar, para proponerle a Antonio el tratamiento sistemático de los grandes temas de la revolución en la actualidad. Lo intentamos con el seminario señalado, pero no perseveramos. No lo suficiente.

Es que no hay una organización internacional donde se puedan analizar, elaborar y debatir las inmensas posibilidades y las dificultades aún más grandes de la revolución. No en Bolivia, en Venezuela u otro país. La revolución como única respuesta positiva al desmoronamiento irreversible del sistema capitalista.

El imperialismo hace todo lo posible -y puede mucho, aunque no cesa de retroceder- para que los revolucionarios volvamos a estar en la clandestinidad, en el destierro, en la adversidad y la derrota. Adormecerse con las mieles de la revolución institucional puede ser un veneno tan letal como no comprender que es precisamente dentro del entramado de la institucionalidad burguesa donde hoy se desenvuelve la revolución.

Puesto que no existe hoy esa instancia que permita el tratamiento riguroso, sistemático, de los grandes temas de la revolución, mientras logramos ponerla en pie urge multiplicar los encuentros de revolucionarios marxistas.

Me permito entonces proponer un homenaje a la vida de Antonio: un encuentro para analizar y debatir, desde la perspectiva del socialismo científico, el cuadro de situación de la revolución hoy en nuestros países. Este semanario y su Director, el camarada y amigo Hugo Moldiz, que tuvo la acertada decisión de publicar un suplemento en memoria de Antonio, pudieran acaso promoverlo. Desde Buenos Aires comprometemos nuestros mejores esfuerzos para colaborar a tal fin.

Décadas atrás, la caída del Che, del Inti, de Coco y tantos otros, lejos de amilanar a la militancia de entonces la aceraron para afrontar momentos elevados de la lucha de clases. En un cuadro tan diferente, la partida de Antonio debería motivarnos para dar un paso más en la asimilación de medio siglo de experiencias, la afirmación de la revolución y el socialismo, la reivindicación del pensamiento y la organización marxistas como condición de victoria.

*          Periodista argentino y Director de América XXI

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