diciembre 3, 2021

Cuando la impotencia política supera la racionalidad humana

Cuando los argumentos serios faltan, sobran los insultos e improperios y las manifestaciones de impotencia (en este caso política) se hacen evidentes. Esto parece ocurrirle al articulo “muertos de cansancio”, del literato Claudio Ferrufino, publicado el 5 de junio de 2012 en el periódico el Día de Santa Cruz.

En efecto, se trata de un artículo de opinión de 8 párrafos que aparte de recurrir a adjetivos calificativos recurre, con regular frecuencia, a lo que con tanta dureza y rumorosidad critica, el discurso. Y no es que estemos en contra del discurso, pero sabemos que éste encubre, manipula, dice verdades a medias o finalmente no dice absolutamente nada, ya que éste no necesariamente responde a la realidad misma sino a las realidades construidas artificialmente. Por ello, es ingenuo pensar que discursivamente digamos aquello que pueda afectar seriamente a nuestra imagen o menos afectar a nuestros intereses: personales, ideológicos o políticos, es decir, aquel lugar donde nada debe contradecir nuestra natural presencia.

Max Weber, sociólogo alemán, en su famoso libro “El político y el científico” decía: “desconfíad del discurso, especialmente si éste es político”. Y el artículo del periodista Ferrufino incurre precisamente en este hecho, de expresar lo que siente y piensa, discursivamente con cierto, evidentemente, aíre de lirismo pero cargado de altos niveles de subjetivismo (cuando compara el actual gobierno con el neoliberalismo y la dictadura), de tinte racista (cuando con sarcasmo hace referencia a los pueblos indígenas y/o originarios, entre ellos los aymaras) y misógino (cuando hace alusión al Presidente ecuatoriano Correa: “Y para comprobarlo escucho en el alejado televisor la voz de Rafael Correa, el ecuatoriano, mintiendo, mintiendo, y… sufriendo parece, porque habla como mater dolorosa, no como varón”).

Este es —insistimos— el caso de este articulo de opinión que comentamos, cargado —reiteramos— de escarnio y diatriba, de verdades vacías, cuando, por ejemplo, compara al presidente Morales con personajes de poco ceso, tonto, niño, incapaz, semidios revivido, de simplista, corrupto, elitista y otras cosas más, destilando odio y rencor. Pero argumentos sólidos o información consistente respaldada con datos, informes o documentos, nada.

Para conocer el trasfondo de este artículo, no se requiere de alta intelectividad para saber que el sello político está claramente definido, opositor con tintes racistas y misóginos. No nos extrañe que opiniones como la presente se difundan masivamente aprovechando coyunturas políticas críticas para el actual administración de gobierno, intentando avivar fuegos e intentar revivir procesos, manipulando la opinión pública conduciéndola hacia intereses que el amable lector a leguas puede intuir. Pero de información, ilustración hasta formación —reiteramos— nada.

Es cierto, e incluso reconocido por diputados hasta senadores oficialistas, errores y desaciertos cometidos por el segundo mandado de Evo Morales. Pero nadie dice nada de sus aciertos, nadie, por ejemplo, habla del bono Juancito Pinto, que en buena medida frenó los altos niveles de deserción escolar en el país, el seguro de salud materno infantil más conocido como SUMI o el seguro de salud para la tercera edad, el seguro Juan Azurduy de Padilla o el repunte de los indicadores macroeconómicos o la apuesta por los hidrocarburos, bien mal llamada nacionalización o en temas de corrupción la recuperación de bienes para el país y sentencias ejecutoriadas. Pero sobre todo la devolución de la dignidad pérdida de los pueblos indígenas y/o originarios en más 500 años de colonización europea. Guste o no, quiérase o no, la revalorización de la identidad india, de los “Mamanis”, los “Condoris”, los “Quisphis”, los “Sacus” y así de todos aquellos indígenas o de ascendencia indígena que residen en las ciudades.

De esa manera, según lo visto anteriormente, queda claro que artículos de opinión como el presente busca menos informar, educar o ilustrar y más bien desorientar la opinión pública utilizando para ese propósito el desprestigio, la diatriba, la ofensa y el escarnio y manifestar explícitamente la impotencia política en la que, al parecer, se encuentran sumidos y lo peor de todo no reconocer que en todo proceso de reconfiguración del Estado siempre se presentan altas y bajas en el accionar político siendo éste precisamente el “quid cuan pro” del mismo.

Be the first to comment

Deja un comentario