noviembre 29, 2021

A pesar de la ira

Como los hombres son producto de sus circunstancias, siempre he creído que los pueblos, a través de los siglos, de sus luchas, de sus derrotas, de sus victorias, van formando a las personas que actuarán decididamente en su historia. Por eso, sin la menor duda, creo que la persona más hermosa que Bolivia formó a lo largo de su turbulento devenir fue Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Ningún otro boliviano fue tan completo. Ningún otro alcanzó tal coherencia entre su persona privada y su persona pública. Ningún otro conjugó tan bien, de forma tan cabal y certera al artista y al político, al pensador y al hombre de acción, al esteta y al referente ético. Sin haberlo conocido, recuerdo a Marcelo todos los días. No se trata de tenerlo en un altar, perfecto e inalcanzable, sino más bien de requerirlo en cada gesto cotidiano. De hablar con él íntimamente, de cuestionarlo, de entenderlo, de reclamarle por su ausencia dolorosa. De tenerlo presente, siempre, a pesar de la ira. Nadie con verdadera inteligencia y sensibilidad se pretende mártir. Más allá del patrioterismo ramplón de las horas cívicas, que contamina nuestra ciudadanía con un culto obsceno por la muerte, el mártir es un testigo; es quien con su vida y ¡ay!, también con su muerte, da testimonio fidedigno de sus convicciones. El mártir lo es a pesar suyo. No se puede culparlo de ser el objeto de la ira de sus verdugos. Amar la vida hasta el punto de querer transformarla para que sea justa con todos, no cabe en la temeridad o el suicidio, sino en la grandeza del amor mismo. Un acto de creación constante que amplifica la verdad y la ternura, que avanza hacia una tierra sin mal y sin muerte.

Por eso, el mártir Marcelo es tan incómodo, tan nada complaciente, tan peligroso. Por eso, su palabra retumba y llena el ámbito más sagrado de nuestra nacionalidad: la consciencia de ser un pueblo autor y protagonista de su historia, a pesar de los errores, a pesar de las derrotas. No se puede condenarlo al bronce. No basta con designar con su nombre a escuelas, calles y monumentos públicos. No es admisible ampararse en su figura para promulgar leyes; bienintencionadas, como todas; insuficientes, como todas. Desde su ignota muerte, Marcelo clama y nos reclama crear y vivir el socialismo vital al que dedicó las mejores horas y pensamientos de su maravillosa vida. Recuperar a Marcelo no es una consigna infantil o nostálgica para encumbrarse sobre los hombros del héroe; sino una educación sentimental necesaria, ineludible, para asomarse a los trabajos y los días de un hombre, que se fue perfeccionando a sí mismo con delectación de artista. Nada menos impone la magnanimidad de su ética revolucionaria.

Arrastrados en la fascinación del futuro, hasta el sol de hoy hemos perdido la consciencia “de que ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha dejado de vencer”, como advertía Walter Benjamín. Mientras esto siga ocurriendo, el Proceso de Cambio habrá estrangulado su corazón y sentido. Es más necesario que nunca impedir que el enemigo siga venciendo recuperando la memoria de sus víctimas. Recuperando a las mismas víctimas. ¡¿Dónde está Marcelo?! No hay liberación futura posible sin saldar cuentas con el pasado. Encontrar a Marcelo es un imperativo categórico para que el proceso recobre validez y línea. No se lo puede posponer más, no es secundario ni anecdótico. Es urgente.

¡Evo, que los milicos abran sus archivos! ¡Evo, encuentra a Marcelo! ¡Ya!

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