diciembre 2, 2021

La subversión como telón de fondo del sensacionalismo de Veja

La publicación de un reportaje sobre la dimensión del narcotráfico en Bolivia no solo se alienta por la búsqueda desesperada de sensacionalismo de la revista brasileña Veja, sino que es la expresión de la subversión permanente que enfrenta el proceso boliviano.

La revista brasileña ha publicado, hace un par de semanas, un reportaje sobre “La república de la cocaína”. El desarrollo del reportaje no tiene nada que ver con Colombia ni con Afganistán. El primero un gran productor de cocaína y el segundo de amapola. En ambos, con miles de millones de dólares de apoyo estadounidense para una guerra contra el narcotráfico, el negocio de la droga crece al ritmo en que aumenta el tráfico de armas y la propia guerra interna.

Veja en realidad se refiere a Bolivia, este país ubicado en el corazón de Sudamérica, que por vez primera en su historia le habla fuerte al imperialismo más poderoso que haya conocido la humanidad. Pero eso no es todo. Menciona a Evo Morales, el presidente del Estado Plurinacional, y a Juan Ramón Quintana, el ministro de la Presidencia, y a Jessica Jordán, la ex candidata a la gobernación por el departamento amazónico de Beni. Al primero se refiere como un presidente que “se enorgullece de incentivar las plantaciones de coca, materia prima de más de la mitad de la cocaína y crack consumidos en el Brasil, bajo el argumento de que sus hojas sirven para producir té y medicinas tradicionales”. De los dos últimos dice que “entraron en la casa de Max con las manos vacías y salieron 20 minutos después con dos maletines”

Y entonces, surge las preguntas ¿sensacionalismo para vender? o ¿la puesta en marcha de una línea de subversión contra el proceso revolucionario con sello indígena, campesino y popular?

La respuestas son ambas. Un recorrido a la línea editorial de la revista brasileña, cuyas ventas son altas por los reportajes amarillistas que publica, muy similar al Extra de La Paz, permite constatar que hace un uso combinado de sensacionalismo barato y una posición de abierta subversión contra los gobiernos de izquierda y progresistas de América Latina.

Una revisión de sus ediciones de los últimos diez años muestra artículos que buscan dejar mal parados a los gobiernos populares que han irrumpido con una fuerza inusitada que la derecha internacional no se esperaba tras el derrumbe del campo socialista europeo, entre 1989 y 1991. De ahí que no sea un accidente que haya “revelado” la relación de Lula, el ex presidente del Brasil, con la insurgente Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP) y fracciones del narcotráfico. Tampoco es un desliz atribuirle a Fidel Castro el financiamiento de la campaña electoral del ex dirigente metalurgista con el envío de dinero en botellas (seguramente de ron Habana Club).

Pero si de hostigamiento a los procesos populares y gobiernos de izquierda se trata, destacan los reportajes que presentan a los presidentes de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Cuba como “animales” compitiendo a cuál más radical. A veces lo hace por separado y en una oportunidad los “analizó” como un todo articulado.

Y de estar de lado del dominio implacable del capital y de rechazar cualquier medida soberana para obstaculizar el ciclo de rotación transnacional del capital, no hay la menor duda. Un artículo bastante iracundo contra la decisión de la presidenta argentina Cristina Fernández de nacionalizar Repsol, ha sido suficiente como para demostrar el profundo espíritu conservador de sus propietarios y editores.

Entonces, ¿a qué obedece la publicación de un reportaje que criminaliza a Bolivia al inscribirla como una república de la droga y acusa a uno de los principales hombres del presidente Evo Morales por su presunta relación con una persona sentenciada por delitos de narcotráfico en Brasil?

Las respuestas no son difíciles de extraer, sobre todo en un momento en que Estados Unidos y la derecha internacional desarrolla una de las contraofensivas más fuertes contra el gobierno revolucionario boliviano.

En primer lugar, el sensacionalismo simplemente es un manto que busca encubrir el desarrollo de una línea de subversión permanente contra la revolución boliviana a partir de construir distintas matrices de opinión en el imaginario colectivo nacional e internacional. Una de ellas ya no es que el gobierno de Evo Morales sea permisible con el narcotráfico sino que ha sido penetrado por el narcotráfico o, para peor, que protege a los involucrados en esa ilícita actividad.

De ahí que no sea casualidad que coincida con la posición de la derecha, política y mediática, que califica de “ruta del narcotráfico” al proyecto de construir una carretera para unir a Villa Tunari —del chapare cochabambino— con San Ignacio de Moxos —de la amazonía boliviana— y que en buena cuentas significa una criminalización de los productores de la hoja de coca.

En segundo lugar, la construcción de esta matriz de opinión, que oculta deliberadamente las exitosas acciones de interdicción en Bolivia sin la presencia de la DEA, es altamente funcional a la estrategia estadounidense de la “Guerra contra las drogas”, a pesar de un tajante informe de la Comisión Global, integrada por ex presidentes de varios países y estudiosos del tema, que da cuenta del rotundo fracaso de esa estrategia.

No cabe la menor duda que alimentar el fantasma del narcotráfico es más que necesario para los departamentos de Estado y Defensa estadounidenses en su perspectiva de seguir avanzando en la instalación de bases militares de nuevo tipo en el continente. Así se explica la ampliación de la presencia militar gringa en Colombia, la apertura de cuatro bases en Panamá, el convenio con Costa Rica para enviar a cerca de 10.000 efectivos militares y la permanente tendencia a estereotipar al gobierno de Evo Morales.

En tercer lugar, el desinformar sobre la participación de Bolivia en el mercado de la cocaína, que a pesar de no contar con el millonario respaldo financiero y militar estadounidense se ha mantenido en el tercer lugar después de Colombia y Perú, la publicación adquiere claramente una perspectiva política y busca arrancar, con su afirmación de que “contribuye a corromper la vida de casi un millón de brasileños y sus familias”, una posición más dura del gobierno del Brasil sobre su similar de Bolivia.

En cuarto lugar, esa línea de criminalización de Bolivia es compatible con la posición de las autoridades estadounidenses y sus organismos de subversión, como la USAID y la NED, cuya discursividad apunta a crear la sensación de que en América Latina hay “narcoestados” o “narcogobiernos” a los que se debe combatir con la máxima fuerza.

Por tanto, esa “guerra falsa” contra las drogas, de la que habla un ex agente de la DEA, solo ha servido hasta ahora para desarrollar distintas formas de intervención de los Estados Unidos y en realidad ese es el tema de fondo.

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