mayo 6, 2021

Las universidades públicas

Denuncias de venta de notas en la Universidad de San Simón, gastos dispendiosos en las campañas electorales para el rectorado de la Gabriel René Moreno o utilización de cueros y plumas de animales protegidos en la entrada folklórica de San Andrés, son algunos, entre otros, de los temas que nuevamente nos exigen referirnos a lo que está sucediendo con las universidades públicas en nuestro país.

Estos noticias con tinte de escándalo son apenas la punta de iceberg de todo lo que está pasando en el sistema autónomo de la universidad boliviana, el cual ha escapado no solo al control del Estado a través de la administración educativa, sino también ha quedado fuera de cualquier control social que no sea ejecutado por ellos mismos, bajo el argumento de su autonomía y el co gobierno docente estudiantil.

El recuerdo de las gloriosas jornadas de Córdoba y las consiguientes luchas autonómicas de las universidades bolivianas, han quedado en eso, en un mero recuerdo, una ensoñación, con una autonomía que ha terminado sirviendo únicamente para crear una verdadera casta de docentes y estudiantes, todopoderosos y eternizados en el ejercicio del poder al interior de las universidades.

La autonomía y el cogobierno significaron, en su momento, avances importantes para nuestra educación superior y para las luchas del pueblo boliviano; una universidad con una propuesta revolucionaria, popular y antiimperialista, que aportó al desarrollo del pensamiento y al avance de la ciencia y la tecnología; una universidad al servicio del pueblo y del país.

Esa universidad ya no existe. En la actualidad las universidades públicas reciben importantes recursos económicos del TGN, del pueblo boliviano, lo cual ha permitido que docentes y administrativos de este sector cuenten con los mejores niveles salariales del sector estatal y que a título de inamovilidad y bajo la protección de la Ley General del Trabajo, se eternicen es sus funciones sin mayor motivación para la superación y el mejoramiento docente y administrativo.

Cuál entonces el aporte de la universidad pública al país? Al pueblo? Al proceso de cambio? Casi ninguno, al margen de una formación masificada en profesiones saturadas en sus mercados laborales, con un bajo nivel de capacitación en sus respectivas áreas, la universidad no produce ciencia, no debate la realidad nacional, no aporta al pueblo que la mantiene y que más bien ha sido el germen del surgimiento ilimitado de centros privados de formación profesional, muchos de los cuales reciben inapropiadamente el denominativo de universidades.

Preguntémonos pues si es correcto que se siga manteniendo esa estructura de formación profesional, alejada de la realidad nacional y divorciada de los intereses populares o si ha llegado la hora de iniciar una verdadera transformación al interior de las universidades, que revolucione la formación de los jóvenes al servicio de su pueblo, con compromiso social y vocación de servicio. Pasemos de la visión neoliberal de la formación profesional a una verdadera revolución en las universidades.

La educación es la base de toda revolución, y mucho más si esta ha tomado el camino de la transformación democrática como se da en el caso boliviano. Se ha avanzado significativamente en la reforma educativa para la educación primaria y secundaria, se ha logrado erradicar el analfabetismo con un revolucionario programa, pero no se ha tocado, en absoluto la educación superior para adecuarla a la transformación social, política y económica que vive el país. Esa es una tarea pendiente del gobierno que urge encararla con la mayor responsabilidad.

No podemos admitir que la universidad pública esté en la percepción ciudadana como una entidad sin norte, que solo cobra notoriedad cuando aparecen en las noticias vergonzosos hechos de corrupción. No se puede concebir una revolución democrática y cultural sin una universidad que la acompañe.

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