octubre 24, 2020

¡Kawsachun Coca!

Bolivia no es un país acostumbrado a las victorias diplomáticas. Casi diríamos que tampoco a las victorias en general. Una larga historia de pérdidas territoriales, de cesiones sin fundamento y de adhesiones subalternas así lo demuestran. Nos habíamos acostumbrado a ser comparsa de los intereses imperiales y a recibir en privado paliza tras paliza cuando osábamos proteger los nuestros. En otras palabras, servíamos para “hacer bulto”, pero jamás éramos objeto de apoyo o solidaridad para resolver nuestros problemas. ¿Acaso no resulta risible, por ejemplo, que figurásemos entre los “aliados” vencedores en la Segunda Guerra Mundial? Ciertamente lo es, salvo porque dicho acompañamiento nos costó demasiado caro. ¿Qué reconocimiento hicieron esos aliados a los mineros bolivianos del estaño por su contribución al esfuerzo bélico? ¿De qué Plan Marshall nos beneficiamos al terminar el conflicto?

Esa larga y vergonzante historia de subordinación, no es anécdota ni casualidad: revela el sentido profundo de la lógica imperial. Unos pocos países protagonistas de la historia y otros muchos (empobrecidos y colonizados), haciendo coro a los cantos de sirena del capitalismo mundial. Para que ello fuera posible, fue necesaria toda la maquinaria económica y militar del imperialismo, siglo tras siglo, y paralelamente, toda la vocación de vasallaje de los políticos tradicionales que nos gobernaron hasta hace muy poco.

Bolivia se ha reincorporado a la Convención de Viena sobre estupefacientes. Hay que leer bien las implicaciones de dicho acto. En 1961, los diplomáticos bolivianos de entonces, dizque “revolucionarios nacionalistas”, adhirieron al país a una convención internacional que nos ninguneaba, que nos negaba ser como somos, que, en los hechos, pedía disculpas universales por existir. Fue una adhesión colonial, acomplejada, racista, sumisa y humillante. Soberbia con los humildes, humilde con los soberbios. Fueron necesarios más de 50 años para corregir el error. Fue necesario un presidente indígena y cocalero. Fue necesario un nuevo sentido de la dignidad patria, que reconociera lo evidente y revelara lo justo: que nuestra coca no es una droga en su estado natural y que no es un narcodependiente quien así la consume. La victoria diplomática boliviana de hace unos días, consagra esas verdades a voz en cuello.

Por una vez, se ha impuesto la cordura y la justicia. Ha sido una victoria noble que justifica toda la alegría posible. Ello nos compromete más en la lucha contra el narcotráfico y nos impone, desde ya, a industrializar la hoja en toda la variedad de productos legales que permite. Esa victoria consagra una libertad, esta libertad supone una responsabilidad. La responsabilidad de saber a ciencia cierta cuánta coca se produce, cuánta es necesaria, cuánta se desvía al narcotráfico, cómo se elimina la excedente y cómo se le da valor agregado a la legal. La responsabilidad de no extender más los cultivos, la responsabilidad de no dejar morir esta victoria por desidia, mezquindad o mediocridad.

Esta es una alegría nacional y no debiera sustraerse nadie de ella, bajo el argumento falaz de no acullicar ni consumir coca de forma alguna, puesto que fue esa lógica errada la que colonial, acomplejada, racista, sumisa y humillantemente nos adscribió en 1961 a una convención que nos negaba el derecho a ser quienes somos.

Aún sin haber consumido una sola hoja, todos podemos proclamar con orgullo y dignidad renovados: “¡Kawsachun coca!”.

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