enero 26, 2021

Las enseñanzas de las elecciones benianas

Independientemente de la viabilidad o no, la ultraderecha —que ha subsumido a la derecha democrática o que se mimetiza en ella—, apuesta por ampliar al ámbito de lo nacional la experiencia del departamento del Beni. Si eso sucede, las elecciones de 2014 expresarán, como en 2009, una polarización entre dos proyectos radicalmente distintos de país.

Las elecciones para la gobernación en el departamento del Beni fueron interpretadas, antes de su realización, como la oportunidad para que el proyecto político del Movimiento al Socialismo (MAS) se consolide en el país o como el inicio de la recuperación de la derecha opositora. Ya con el ganador conocido, esta tesis cobra mayor cuerpo en la oposición.

La victoria de Lens en el Beni ha empujado a que Ernesto Suárez Sartori —el gobernador que primero fue suspendido y luego renunciara—, diga que este es un paso importante para “recuperar Bolivia” y que Samuel Doria Medina, el jefe de UN, convocara al MSM a integrarse a la Mesa de Unidad.

Sin embargo, como no todo es lo que parece, es importante poner a prueba la consistencia de ese optimismo al interior del bloque político que se opone al proyecto político que lleva adelante el bloque indígena-campesino-popular.

En primer lugar, es bastante pretencioso suponer que un triunfo electoral local se reproduce mecánicamente en el ámbito nacional. Si esa fuese la dinámica, entonces la derecha más conservadora, que en el primer mandado de Evo Morales controlaba la denominada “Media Luna”, hubiera expandido su presencia en las elecciones generales de 2009.

En segundo lugar, es un despropósito afirmar que el gran derrotado en el Beni es Evo Morales. Esta interpretación bastante forzada por la oposición partidaria y sus analistas, sabe que todos los actos electorales desde 2005 muestran comportamientos distintos del electorado cuando el candidato es el líder indígena y cuando no lo es.

Empero, tampoco debe desconectarse totalmente las elecciones en el Beni de la realidad nacional, pues representaría un grueso error en la perspectiva de las elecciones de 2014, cuando es casi seguro que Evo Morales vaya a su primera re-elección en el marco de la vigencia de la nueva Constitución Política del Estado promulgada en febrero de 2009.

Las elecciones para la gobernación en el departamento del Beni brindan algunas señales que se las debe analizar con la mayor profundidad posible.

Una primera señal es que la ultraderecha ha subsumido a un sector de la derecha democrática representada por Unidad Nacional (UN). Si uno coloca sobre la balanza el comportamiento electoral de ambas corrientes políticas a partir de las elecciones de 2002, lo que aprecia es que la primera (ultraderecha) se ha movido siempre entre un 25 al 28 por ciento promedio de votación, independientemente de si el candidato era Jorge Quiroga, Manfred Reyes Villa o Leopoldo Fernández. Entretanto, el partido de Samuel Doria Medina no supera la barrera del 10 por ciento.

Esto significa que en Bolivia existe una parte de la población altamente conservadora, con posiciones y prejuicios raciales, sociales, religiosos y culturales que no admite dentro de su sistema de creencias ni asume desde la perspectiva de sus intereses, que Bolivia se encuentre conducida por un líder indígena y un bloque en el poder que aspiran a construir una sociedad que supere la forma de organización capitalista.

Este bloque opositor anti-indígena y anti-comunista expresa por lo tanto la racionalidad y subjetividad de la blanquitud (como ideología y posición política) movilizadora con mayor ventaja sobre una derecha democrática que no compartió los métodos empleados por la primera durante el proceso de la Asamblea Constituyente, pero que ahora se subordina a ella para hacerse y verse viable en el país.

Entonces, no es Samuel Doria Medina —que se presenta como el exitoso articulador de la oposición de derechas— el que sale ganando de las elecciones del Beni. Eso es lo aparente, lo superficial. Sale victoriosa esa otra derecha más dura y conservadora que tiene el poder y capacidad movilizadora real en el oriente boliviano.

No es Doria Medina el que marcará el ritmo y la orientación de las decisiones de las elites dominantes en el Beni.

La segunda señal es que la construcción de esa “territorialidad homogénea” de parte del Estado Plurinacional, tal como ha sido planteada como objetivo por el vicepresidente Álvaro García Linera el 22 de enero ante la Asamblea Legislativa Plurinacional, enfrenta una dura resistencia en el departamento del Beni, donde el Estado monocultural no llegó nunca, pero donde al mismo tiempo esa realidad le era funcional a la reproducción del poder político y estatal del viejo y desplazado bloque en el poder.

Un conocimiento medianamente superficial de ese departamento, al que en menor escala se le parece en mucho lo que sucedía en el departamento de Pando, lleva a establecer que el poder político de las clases dominantes se ha construido y reproducido desde la fundación de la república sobre la base de la forma capitalista de acumulación más primitiva: relaciones de producción de servidumbre (entregar alimentos a precios altos por adelantado para que familias enteras les aseguren fuerza de trabajo, capacidad de control sobre la vida de las personas, etc.) e irracional explotación de los recursos naturales de la zona.

Esta forma de acumulación de riqueza se ha visto siempre beneficiaria de la ausencia del Estado. Es como dijera el sociólogo Jorge Lazarte hace una semana en un canal de televisión que esas clases dominantes tenían una suerte de Estado propio. Las leyes del país no se aplicaban y la presencia de la burocracia y los aparatos militar y policial apenas se percibían como testimoniales y meramente formales.

A esta ausencia del Estado —incluso del viejo—, le ha sido funcional la presencia de un colonialismo espiritual de la Iglesia Católica que dista mucho de los propósitos y las enseñanzas emancipadoras del Credo reivindicado por los seguidores de la Teología de la Liberación.

No es precisamente la condición de “trabajadores libres” —la cualidad subjetiva aunque no real que el capitalismo le asigna a los seres humanos—, lo que caracteriza a la reproducción del capital en esa parte del país, con lo que capitalismo y colonialismo se vuelven hermanos gemelos.

Es evidente que la forma concreta de cómo se construyó y se reprodujo la colonialidad del poder en el Beni se ha asentado sobre una violencia simbólica aceptada o incluso asumida por los sujetos víctimas de ese tipo de dominación política y económica.

En tercer lugar, las elecciones en el Beni han dado una señal bastante clara de que el MAS no solo ha sentado presencia simbólica y real, sino que en los hechos es la primera fuerza política en ese departamento. Si bien en su lucha por la gobernación se hicieron acuerdos puntuales con algunos hacendados —en una suerte de romper “desde adentro” al bloque dominante regional—, es evidente que eso no llegó a adquirir las características del conglomerado político que llevó al pupilo de Ernesto Suárez Sartori.

Esta presencia adquiere sentido cuando se toma como punto de partida —lo que no es hecho deliberadamente por un grupo de analistas políticos opositores—, que el MAS era una fuerza marginal en las elecciones de 2002, cuando estuvo a un paso de ganarle las elecciones nacionales al MNR encabezado por Gonzalo Sánchez de Lozada.

El MAS ahora, afianzado en la gran popularidad de Evo Morales, es una fuerza política real en el Beni, aunque deberá hacer una revisión objetiva de su política de alianzas en ese departamento o al menos de la forma como se la llevó adelante, para no perder —parafraseando a René Zavaleta— lo “nacional-popular” resignificado desde el Estado Plurinacional.

Podría decirse, cuando uno aprecia la totalidad territorial del Estado Plurinacional, que el proyecto político del MAS avanza en el Beni a un ritmo distinto de lo que sucede nacionalmente, pero que ese proceso de construcción hegemónica no se detiene.

La cuarta señal que aporta la realidad objetiva, cualitativamente significativa, es que el gobierno y el MAS —después de un momento de tensiones y distanciamientos— han logrado restablecer sus relaciones políticas con los pueblos indígenas del departamento del Beni.

No hay duda que dos cosas han aportado a la construcción social de esa realidad política: el desarrollo de la consulta previa en el TIPNIS y la forma en la que llegó la campaña electoral para la gobernación.

El triunfo del MAS en la mayor parte de las comunidades indígenas es una señal muy fuerte de un proceso de reincorporación de los pueblos indígenas de las tierras bajas al proceso de cambio y que ese “retorno” puede consolidarse en la medida que se allane —real y no testimonialmente— su participación en el nuevo bloque en el poder.

El anuncio del presidente Evo Morales de convertir al TIPNIS en el primer territorio libre de extrema pobreza dentro de tres años —como parte de la implementación de la Agenda Patriótica del Bicentenario—, cobra un valor político, nacional e internacionalmente, de gran envergadura.

La quinta señal es que el Movimiento Sin Miedo (MSM) enfrenta grandes dificultades para salir de la ciudad de La Paz. Esa realidad se explica, principalmente, por la alta polarización política que se evidenció en ese departamento.

Los hombres y mujeres progresistas en esa zona —quizá sea válido también para otras partes del país—, saben que sus deseos y esperanzas no serán posibles de materializarse si dispersan el voto o si no respaldan a la fuerza política que mejor encarna, a pesar de sus contradicciones, el proceso de cambio: el MAS.

La sexta señal es que la derecha conservadora, que ha subsumido a la derecha democrática, apuesta por construir un escenario de alta polarización en el país para las elecciones de 2014. Todavía resta por saberse si esa será la tendencia en los casi dos años que restan, pero que esa es la apuesta y que Estados Unidos la respaldará, no queda duda. Quizá es la señal más importante.

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