enero 13, 2022

La Bella y la Bestia

Se trata de un país pequeño que cabría holgadamente en Pando. Un país pequeño, con 22 departamentos, 24 idiomas, dos océanos y un premio Nobel. Un país pequeño que, sin embargo, posee una enorme historia de dolor y sufrimiento. Una república de belleza y bestialidad.

Cuando Guatemala, la bella, despertó de la pesadilla de 36 años de guerra civil, el dinosaurio, la bestia llamada José Efraín Ríos Montt, todavía estaba allí. Asoló su país en una dictadura de apenas 16 meses de duración, en los cuáles se dio modos de ejecutar 334 masacres, 19 mil asesinatos y desapariciones, arrasar 448 aldeas, provocar la huida de 100 mil refugiados y el desplazamiento de más un millón de personas. La dimensión de la tragedia guatemalteca es mucho mayor, sin duda, si se toman en cuenta las cifras finales de su calvario (55 mil desaparecidos, más de 250 mil muertos, en un país que poseía poco más de seis millones de habitantes), pero hay que reconocer a Ríos Montt como uno de los carniceros más aplicados.

La brutalidad castrense guatemalteca tiene larga data (basta recordar a Jorge Ubico o a Carlos Castillo Armas) y sólida continuidad (Ydígoras Fuentes, Peralta Azurdia, Arana Osorio, Eugenio Laugerud, Lucas García, Mejía Víctores, Otto Pérez Molina…), pero la une, inspira, financia y asesora un mismo patrón: el gobierno de los Estados Unidos de América. Y un mismo odio recalcitrante: el anticomunismo, bajo cuya coartada pasaron a cuchillo y bala a estudiantes y obreros, sacerdotes y monjas, periodistas y guerrilleros, sindicalistas e indígenas. Sobre todo a indígenas.

Cuando Guatemala alcanzó los Acuerdos de Paz en 1996, el dinosaurio Ríos Montt todavía estaba allí, porque, a la manera de Hugo Banzer, recicló su poder a través de un partido político (Frente Republicano Guatemalteco, FRG), para así asegurarse la impunidad. En 1990, quiso ser candidato presidencial, pero el artículo 186 de la constitución guatemalteca se lo impedía por haber encabezado la dictadura de 1982 a 1983. En 1994, se coló en el Congreso como diputado. Hizo una alianza espuria y así fue electo presidente del Congreso. Renunció para hacerse candidato presidencial nuevamente en 1996. Y nuevamente su candidatura fue prohibida por su pasado dictatorial. Alfonso Portillo, su delfín, perdió las elecciones frente a Álvaro Arzú. Pero lograría ganarlas para el período 2000-2004, en el que cogobernó con su caudillo como Presidente del Congreso por cuatro mandatos seguidos, gracias a una modificación de la ley orgánica del Congreso que permitió su reelección. Juntos reinaron sobre Guatemala, en el gobierno más corrupto que se recuerde jamás. En 2003, dueño de un poder omnímodo, Ríos Montt volvió a presentarse como candidato presidencial, pero como el artículo 186 seguía prohibiéndoselo, a la velocidad del rayo reemplazó a todos los miembros de la Corte Constitucional, y los nuevos designados olearon y sacramentaron su candidatura. Pero fue derrotado y esa derrota marcó el principio del fin de su poder y el de su partido. En las elecciones de 2011, el FRG ya ni presentó candidato presidencial y apenas obtuvo un escaño en el congreso.

Efraín Ríos Montt se enfrenta ahora, después de 30 años, a un tribunal que estudiará las pruebas del genocidio cometido contra el pueblo maya-ixil en el departamento de El Quiché (al menos un sexto de esta etnia indígena fue exterminada). El dictador que se presentaba como el “ungido de Dios”, el carnicero mesiánico que aterrorizó a su pueblo con un discurso apocalíptico (es también obispo de una secta pentecostal estadounidense) y estableció tribunales de “fuero especial” (de composición, procesos y ubicación secretos y víctimas anónimas hasta su fusilamiento), se ve ahora sin el auxilio de sus cómplices. Y ahí reside la gran paradoja histórica de su caso. Ríos Montt pudo hacer lo que hizo gracias al soporte de Ronald Reagan y a la cofradía sangrienta de sus compañeros de armas. Otto Pérez Molina, actual presidente guatemalteco, fue oficial a cargo en el llamado Triángulo Ixil, la zona más reprimida en esos años, y se presume también su participación en el asesinato del obispo católico Juan José Gerardi, en 1998, dos días después de la publicación del informe “Guatemala: Nunca Más”; por lo que no sorprende que aún ahora, travestido de demócrata, siga negando el genocidio perpetrado. Ése es el tamaño de la prueba que enfrenta Guatemala: esclarecer su historia, identificar culpables, castigarlos y reparar a las víctimas. Nada menos.

Guatemala, la bella, parece empezar a exorcizar los demonios de su pasado reciente. No será ni rápido, ni fácil, ni por completo. Ya no puede serlo después de tantos años de impunidad institucionalizada. Pero su esfuerzo debe recordarnos, una vez más, que no hay democracia sin paz, paz sin justicia, justicia sin memoria, memoria sin verdad. El encauzamiento judicial de Ríos Montt, sin ser suficiente, al menos alcanza para pensar que se pasó, por una vez, de Guatemala a Guatemejor.

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