octubre 28, 2020

El paradigma de las bibliotecas mineras

Bibliotecas en el mundo antiguo

Generalmente Todas las revoluciones sociales del mundo tuvieron como preámbulo la difusión y discusión de ideas a cargo de elites ilustradas, que tenían dominio y control de la palabra escrita, expresados en la posesión y disfrute de bibliotecas especializadas. La Biblioteca de Alejandría, organizada por Calímacos, fue devorada por un incendio atribuido a Julio César, provocado durante la persecución a Pompeyo, hasta esa ciudad. Más, Julio César, cautivado por el adelanto de Egipto, a su retorno a Roma incluyó el desarrollo de las bibliotecas públicas como parte de su plan de gobierno, deseo inconcluso debido a su asesinato. Su sucesor Augusto, ordenó a Asinius Pollio establecer las dos primeras bibliotecas públicas en Roma (; Tiberio, fundó la tercera; y en menos de una centuria se crearon en Roma 28 bibliotecas públicas, siendo las más notables la Octaviana, la Palatina y la Capitolina.

Élites, bibliotecas, ilustración y revolución

La Revolución Francesa le debe mucho al movimiento de la ilustración y al contenido de la Encyclopédie de Diderot. Los ilustrados enciclopedistas discutían en sociedades literarias, clubes y logias secretas. Mirabeau, Condorcet, La Fayette y Rochambeau, forman parte de los Girondinos. Brissot y Pétion, trabajan en una logia masónica; “los jacobitas de Londres habían fundado en París el primer centro masónico”. En esos centros, Francisco de Miranda se impregnó de las conversaciones ilustradas e integró una logia masónica militar y Benjamin Franklin reclutó voluntarios franceses para combatir a los ingleses en la lucha por la Independencia de las antiguas colonias británicas. En Cádiz se cultivó el debate político a través de la Logia Número 3, “instrumento perfecto para trasladar a América la violada España ilustrada, inspirándose en las revoluciones francesa y anglosajona”. Se afirma que “nunca hubo más masones por metro cuadrado” que en esa “esquina del viento, punto de encuentro, donde vivieron y conspiraron José San Martín, Simón Bolívar o Bernardo O’Higgins”.

Bibliotecas, clubes secretos e Independencia

Las ideas de la ilustración cruzaron el Atlántico como resultado del Programa y Proyectos de reformas elaborados por colaboradores del rey Carlos III. El conde de Aranda se entrevistó en París con Voltaire y Diderot (1750) y el conde de Campomanes “facilitó la circulación de los artículos de la Encyclopédie”. El rey trató de evitar “la contaminación revolucionaria, que lleva hasta América el espíritu de los ilustrados enciclopedistas, en pasquines y notas, capaces de alterar el orden colonial”. Antonio Nariño, fue quien alteró el orden con la traducción de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que le costó embargo de bienes, prisión en Cádiz y exilio en Londres. Los clubes secretos se multiplicaron en América india, donde los conjurados militaron en esas cofradías y pusieron sus bibliotecas al servicio de la Independencia. En Santafe de Bogotá, Colombia, el Precursor Antonio Nariño, dueño de una biblioteca de 6.000 títulos, fundó un Centro de Tertulias al que asistían académicos, nobles y comerciantes, al igual que la Tertulia Eutropélica del cubano Manuel del Socorro Rodríguez (1758-1819) y de doña Manuela Santamaría de Manrique; se diseminaron por Popayán, Cartagena y Santa Marta (1791), donde participaron mujeres. En Lima y Arequipa, fracciones de la nobleza, como los “Fernandinos” (dirigido por Hipólito Unánue) discutían en el Colegio de Medicina de San Fernando; los “Carolinos”, se reunían en el Real Convictorio de San Carlos; los religiosos del bajo clero debatían en el Oratorio de San Felipe Nery. Mariano Melgar, del Cenáculo Literario de Arequipa, se reunía en la Quinta Tirado de Miraflores, manteniendo correspondencia con el Círculo de Sánchez Carrión de Lima. A fines del siglo XVIII, se creó en Lima la Sociedad “Amantes del País” bajo el amparo del Despotismo Ilustrado del rey Carlos III y del virrey don Francisco Gil de Taboada, presidida por José Baquíjano y Carrillo e Hipólito Unánue, conformada por literatos, religiosos y oficiales del ejército. El criollo José de la Riva Agüero, formó un club secreto e intentó ponerse en contacto con las fuerzas argentinas del general San Martín, en marcha hacia Chile. En Charcas destaca la Academia Carolina, célebre escuela de leyes, donde se moldeó el silogismo altoperuano que dio lugar al primer grito de rebeldía el 25 de mayo de 1809, secundado inmediatamente por la revolución de La Paz, el 16 de julio, que desconoció a la autoridad real e implantó la Junta Tuitiva. Los patriotas poseían sendas bibliotecas que contenían obras de pensadores franceses y otros prohibidos por España, sobre la soberanía popular, la división de poderes en el gobierno de las naciones, doctrinas consideradas “peligrosas”, que se leían en clubes secretos. Otra obra que circuló en Charcas fue el célebre Diario de Santa Elena, que redactó el Conde de Las Casas cuando acompañó a Napoleón en su destierro, obra en la que escribe sus memorias, con reflexiones sobre la estrategia militar que aplicó exitosamente en sus campañas en Europa. En Buenos Aires, Agustín José Donato, integró la “Sociedad de los Siete”, publicando El Contrato Social de Rousseau, con prólogo del fogoso Mariano Moreno y la Gazeta de Buenos Aires, primer periódico político (junio de 1810), en el que Moreno profetizó “el derecho y la libertad de escribir no es otra cosa que la libertad de imprenta”, dirigido por Moreno, el Dean Funes y Vicente Pazos Kanki, el Español Americano.

Bibliotecas y revoluciones sociales del siglo XX

Lenin reputado como el político más interesado en el desarrollo de las bibliotecas, escribió más de 300 disposiciones legales, artículos o discursos para crear bibliotecas, definir su misión y normar el servicio del prototipo de una Biblioteca obrera. Surge, con luz propia, la bibliotecaria Nadezhda Konstantinovna Krupskaya, esposa de Lenin, autora del Sistema de Bibliotecas Socialistas Soviéticas, nucleada por la Biblioteca nacional, de carácter estatal, régimen centralizado, ampliamente abierta al pueblo, funcionando a través de redes para la intercomunicación entre centros y facilitar el envío del libro a lectores situados en lugares apartados. En Nicaragua, el líder guerrillero Carlos Fonseca Amador (1936-1976), se nutrió de sus ideales en las bibliotecas de su país. En Bolivia, el Comandante Ernesto Che Guevara, llevó consigo su biblioteca ambulante, devorando cientos de obras en plena campaña guerrillera. El partido que fundó Carlos Mariátegui siguió fiel en todo sentido el principio filosófico de Ho Chi Min: “No hay estudio útil sin la acción y no hay acción exitosa sin el estudio”, que hoy guía el accionar de la Biblioteca “Luis Adaniya”, en “honor al camarada Fuji”, fundador del centro político cultural del Partido Comunista del Perú “Patria Roja”.

El paradigma de las bibliotecas mineras

La excepción a esa regla se da en las minas de Bolivia, donde prácticamente no existían bibliotecas hasta la década del 40. No hubo, en este caso, una élite ilustrada que llevara el ideal revolucionario para transformar la dura realidad minera. Fueron los sindicatos los que empezaron a organizar sus bibliotecas, a las que consideraban como un instrumento de liberación. Por su parte, la Patiño Mines, tramitó la resolución del Ministerio de Trabajo de 9 de junio de 1941, para que las multas disciplinarias de 1941, que ascendieron a la suma de Bs. 52.669,75, sirvieran para la adquisición de libros “con los que se deberían formar bibliotecas populares en las diferentes secciones de la empresa”. Amparados en esa autorización, se invirtió “la totalidad de la suma citada, habiendo además la Empresa, contribuido con la donación de muebles para dichas bibliotecas”. De manera eficiente, la Empresa adquirió obras por un valor de Bs. 50.755.75, “estando destinado el saldo de Bs. 1914, para cubrir pedidos pendientes”. El éxito de la medida llevó a la Patiño Mines a solicitar una nueva autorización para disponer la suma de Bs. 20.033.96, que por el mismo concepto de multas disciplinarias, recaudó hasta el mes de abril de 1942. Pierce Holme, Gerente General de la Patiño Mines, señalaba orondo y satisfecho, a la Vicepresidencia de la Empresa, en La Paz, que “la empresa ha tenido especial interés en que los libros adquiridos sean de verdadera utilidad, tanto para la cultura general del obrero como particularmente para que pueda superarse mediante la lectura de obras prácticas en el oficio en el que trabaja para ganarse el sustento diario”. Holme no debiera sentirse tan satisfecho, pues en el fondo sabía que era el mismo obrero el que pagó con su salario la implementación de estas bibliotecas populares, pues las multas se descontaban de sus haberes. El aporte de la Empresa fue sin duda alguna, simbólico, pues los muebles eran construidos por los propios obreros de las maestranzas y carpinterías, trabajo por el cual no percibían ingresos extraordinarios. Nunca, como en este ejemplo, se puede aplicar el refrán popular que dice: “de la misma suela, sale la correa”.

En la época de la nacionalización, los poderosos sindicatos mineros altamente politizados, instruyeron adquirir obras socialistas con sus propios recursos, en base a cuotas sindicales descontables por planilla, entre ellas las obras de contenido social, como Belzu de Fausto Reinaga, El Precio del Estaño de Nestor Taboada Terán, Crónicas Potosinas de Vicente G. Quezada y Nacionalismo y Coloniaje de Carlos Montenegro. Posteriormente, la Corporación Minera de Bolivia, instaló bibliotecas escolares en todos sus centros educativos, en este caso, con libros de texto. Los sindicatos formaron verdaderas bibliotecas, en las que conjuncionaron la ciencia (teoría) y la revolución (praxis). Un excelente ejemplo de esa época heroica es la Biblioteca del Sindicato de Trabajadores Mineros de Colquiri, que hoy se encuentra integrada en el Archivo Histórico de la Minería Nacional y que sirve como testimonio de lo que leyeron los legendarios mineros del proceso de la revolución nacional de 1952.

Las politizadas masas mineras organizaron centros de formación política, en la que se discutían temas de coyuntura y empleaban para ese propósito, bibliotecas políticas. El célebre grupo de estudio “Lincoln-Murillo-Castro” (en alusión a Abraham Lincoln, Pedro Domingo Murillo y Fidel Castro), fue una organización juvenil de solidaridad con Cuba, de orientación marxista, para formación política, era en realidad un frente juvenil del Partido Comunista de Bolivia. Wálter Arancibia Ayala ‘Abel’ (nacido en Macha, Potosí, el 21 de enero de 1941), uno de sus fundadores, formó la columna guerrillera del Ché, cayó en Vado del Yeso (31 de agosto de 1967). Raul Fuentes, ex militante del Lincoln Murillo Castro, fue acusado como “soplón” para detener y asesinar a dirigentes obreros durante la masacre de San Juan (24 de junio de 1967). Los dos periódicos políticos de amplia aceptación en los centros mineros: Masas (1954) y Unidad (1950). Estos dos periódicos eran divulgados en los campamentos mineros por los llamados “agitadores sociales”, que recorrían las calles de tierra de los campamentos mineros, tocando puertas a primeras horas de los domingos y leyendo los titulares: “Compañero, compre Masas, órgano central del Partido Obrero Revolucionario”. A los pocos minutos, otro ‘agitador’, instaba a voz en cuello: “Compañero, adquiera la última edición de Unidad, órgano central del Partido Comunista de Bolivia”. En cada hogar obrero, así como en sindicatos y células de formación política, existían sendas colecciones. En las minas, el libro y la biblioteca, eran sinónimo de lucha por alcanzar la independencia económica y la toma del poder político por la vanguardia minera, y no el afán de instruirse y alcanzar cultura, que eran, por llamarlo de alguna manera, “objetivos secundarios”. A mediados de la década del 50 los oblatos crearon un centro cultural en Llallagua, ocasión en la que el padre Oblato Mauricio Lefevbre, a su retorno de Chile, trajo “una buena cantidad de libros para el Centro Cultural y Deportivo” que inauguró en Llallagua el 15 de agosto de 1955. (Baptista, 2002: 100), la que vino a ser la primera biblioteca en la ciudad minera de Llallagua, aledaña al campamento minero de Siglo XX.

Aquel interés innato de la clase obrera por dotarse de una biblioteca, como instrumento de formación y por ende, de liberación y lucha política, está expresado en el Himno a las Bibliotecas Proletarias, poeta y dramaturgo comunista español, Rafael Alberti (1902-1999), nacido en el Puerto de Santa María (Cádiz).

=======

Himno de las Bibliotecas Proletarias

Rafael Alberti

A luchar sin descansar,

trabajadores

¡Sí!

Que de la tierra y del mar

seremos vencedores.

A estudiar para luchar,

trabajadores.

¡Sí!

Que ni en la tierra ni en el mar

quedarán explotadores.

Y en el viento se sentirá latir

la bandera de la Revolución

¡Compañeros, uníos y seguid

la luz de los vencedores!

Y en el viento nuestra marcha abrirá

los caminos que van al porvenir

¡Proletarios, en pie para luchar

contra los explotadores!

A luchar sin descansar,

trabajadores

¡Sí!

Que de la tierra y del mar

seremos vencedores.

¡A estudiar para luchar,

trabajadores!

Acampemos bajo el sol

de las praderas

¡Sí!

Bajo la sombra y el temblor

de los montes y riberas.

Y a estudiar para saber

qué son los rios

¡Sí!

Qué son las nubes y el llover,

la luz, el aire y los fríos.

De los libros recoged y arrancad

letra a letra lo que nos lleve

al fin

¡Camaradas, llegó la pleamar

para la cultura obrera!

¡Todo es nuestro, las artes,

la razón de la ciencia,

la Historia Natural.

¡Proletarios, repetid la canción

de la primavera obrera!

Acampemos bajo el sol

de las praderas

¡Sí!

Bajo la sombra y el temblor

de los montes y riberas.

!Acampemos bajo el sol de las praderas!

Be the first to comment

Deja un comentario