octubre 29, 2020

Dioses de la Tierra: el derecho soberano a dar la muerte

¿Cómo pensar y hacer inteligible fenómenos tan abismáticos y al mismo tiempo tan cotidianos como los asesinatos de mujeres? ¿De qué hablamos cuando decimos feminicidio? ¿Por qué tantas y tan aterradoras muertes de mujeres han invadido los medios masivos en este último tiempo en el mundo en general y en Bolivia en particular? ¿Por qué las estadísticas incipientes sólo hablan de estos crímenes contra las mujeres y no hacen ninguna referencia a los asesinatos de lesbianas, gay y transexuales femeninas (translesbicidios)? ¿Es posible entender el feminicidio, el translesbicidio, el genocidio, el infanticidio como hechos aislados productos de estados patológicos, desviaciones mentales o crímenes pasionales por parte de los victimarios en su mayoría hombres? ¿Qué es lo que se oculta detrás de la violencia y crueldad de estos crímenes aberrantes?

La inteligibilidad de estas tecnologías es posible, si partimos de la consideración que el patriarcado es un dispositivo de poder constitutivo del sistema-mundo moderno/colonial. La existencia de este dispositivo, establece jerarquías valorativas en razón de un universal androcentrado, un ideal de humanidad que está dado por el hombre-blanco-heterosexual-racional en virtud del cual, la otredad radical deviene siendo inhumanidad. Este otro/a inferior y dispensable es la mujer infantil e irracional y, todo aquello que por su afeminamiento, infantilización e irracionalidad se le parezca: homosexuales, transgéneros, transexuales. En función de estas jerarquías valorativas, el patriarcado establece prácticas de superioridad, omnipotencia e impunidad en el ejercicio del poder por parte del patriarca/violento/asesino sobre la vida y la muerte de los miembros de su grupo familiar. Este poder absoluto del padre/marido/propietario sobre la vida o muerte del otro/a, viene legitimado por el poder de la ley divina de Dios en el cielo y por el poder de la ley humana del Estado en la tierra. Se legaliza en la institución del matrimonio y de la familia monogámica y se reproduce y normaliza a través del contrato sexual de la heterosexualidad y de la maternidad obligada.

Merced a este dispositivo, las mujeres y sus semejantes en inferioridad, infantilidad e irracionalidad, portan en sus cuerpos, la marca 1 a veces visible y otras veces invisible del despojo de su humanidad, de su reificación, de su devenir objeto, cosa, pertenencia de… en el orden simbólico colectivo y en su dinámica de poder. La cosificación de las mujeres y de sus semejantes, las sustrae del orden simbólico de la cultura y las arroja al orden de la naturaleza y de las cosas, sentando las bases para todo tipo de violencia (maltrato, violación, abuso, vejación) y de muerte.

El patriarca/violento/asesino al no reconocer en el otro/a la dimensión humana “se arroga el derecho de los dioses”, el de ser “dueños de la vida o de la muerte” en sus expresiones más extremas. 2

De ahí que, el feminicidio, se convierta en una de las tecnologías que hace posible la consecución del derecho de muerte, al ser conceptualizado como el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres cometido por hombres. Haciendo extensivo este concepto, podemos decir, que el translesbicidio, el genocidio, el infaticidio son asesinatos de todo otro que se parece a la mujer por su marca de inferioridad e inhumanidad naturalizada. Todas estas tecnologías del derecho de muerte, han sido invisibilizadas y normalizadas durante milenios, constituyendo una barbarie de impacto planetario que no distingue entre países del norte o países del sur, ni clases sociales, ni origen étnico. Una barbarie, que se manifiesta con sus particularidades en cada sociedad y que aún hoy, en ciertos contextos, intenta ser silenciada y desmantelada por el discurso dominante: patriarcal, androcéntrico y misógino.

El femi/trans/lesbi/geno/infanticidio es el extremo de un continuum de terror anti-femenino que incluye una amplia variedad de abusos verbales y físicos, tales como: violación, tortura, esclavitud sexual (particularmente por prostitución), abuso sexual infantil incestuoso o extra-familiar, golpizas físicas y emocionales, acoso sexual (por teléfono, en las calles, en la oficina, y en el aula), mutilación genital (clitoridectomías, escisión, infibulaciones), operaciones ginecológicas innecesarias (histerectomías), heterosexualidad forzada, esterilización forzada, maternidad forzada (por la criminalización de la contracepción y del aborto), psicocirugía, negación de comida para mujeres en algunas culturas, cirugía plástica y otras mutilaciones en nombre del embellecimiento. Siempre que estas formas de terrorismo resultan en muerte, se convierten en feminicidios 3. La meta del ejercicio de la violencia y la muerte por parte de los hombres, deliberada o no, es preservar la supremacía masculina.

Desde este punto de vista, el estado no tiene el monopolio del uso legítimo de la violencia. En realidad nunca lo tuvo. Y esto porque la legitimidad es un concepto que sobrepasa la formalidad de las leyes establecidas. La legitimidad del ejercicio de la violencia y la muerte se dispone, en la vida cotidiana, en la aceptación de determinadas prácticas por las comunidades humanas. El femi/trans/lesbi/geno/infanticidio es un tema que se liga a lo señalado. Y es que, entre las parejas heterosexuales/homobitransexuales en los espacios urbanos como en los espacios rurales las formas de la violencia y la muerte aparecen en muchos casos como prácticas cotidianas. Estos casos no son pocos y ocurren habitualmente (habitus) en el seno de las familias, formando estructuras de relaciones que legitiman dichas formas de violencia y muerte en los imaginarios locales, sobre todo de los varones hacia sus parejas mujeres (amantes, enamoradas, novias, convivientes, esposas).

Esto permite mostrar que las parejas heterosexuales/homobitransexuales fundan una suerte de contrato social que, en analogía a la idea de Hobbes, significa una cesión del derecho de la violencia exclusiva y legítima al varón, quien distribuye su uso para castigar, reprimir y ordenar las prácticas locales en un ejercicio micro político. En ese mismo ejercicio se muestra una grieta del estado, que ve espacios en donde la violencia se utiliza con la anuencia de los propios actores como elemento “normal”, legitimado por los múltiples acuerdos sociales que existen en la vida cotidiana.

En este sentido, en los casos de feminicidio y translesbicidio íntimo el afán de poder se manifiesta en que el móvil ha sido los constantes problemas conyugales, celos por la creencia o constatación de que la víctima mantenía relaciones con otro hombre, rechazo al pedido de establecer o mantener una relación, la humillación, desprecio o indiferencia sufrida por el victimario por parte de su pareja. En base a estas razones, los inculpados alegan como defensa la emoción violenta, momentos de descontrol o figuras análogas. Estos feminicidios y translesbicidios se producen en el espacio de la casa. Los agresores tienden a ser los propios esposos o convivientes; a veces maridos celosos, en otros casos hombres que golpean “sin razón aparente”, aunque lo que queda claro es que “en su mayoría el agresor, sea este esposo o conviviente, comparte el hogar con su víctima”. Se trata de un modo de la violencia que se pone en práctica en el seno de la vida doméstica, dentro de las relaciones de pareja.

Pero los feminicidios y translesbicidios son tecnologías de un dispositivo más complejo. El ejercicio del asesinato no está separado de un sistema de violencia constante. Las víctimas asesinadas en manos de sus parejas o ex parejas sentimentales, eran maltratadas física o psicológicamente por quienes luego se convirtieron en sus asesinos. Asimismo, esta forma de ejercido de la violencia hacia las parejas no está separada de la estructura que dirige sus prácticas contra las hijas o contra las mujeres en general.

¿Cómo se dispone esta estructura?, ¿Qué permite el ejercicio de la violencia? Como ya dijimos, la idea de la dominación masculina es una de las vías de comprensión. En efecto, la idea del machismo como imposición del mandato de poder resulta coherente. Y sin suspender esta posición es importante entender la configuración de una infraestructura política mayor, que demarca el soporte de las acciones y que, a su vez, resulta una afrenta al estado y a sus leyes.

Cada uno de los usos de la violencia y de la muerte entre las parejas resulta un modo de ejercicio del poder y a su vez un lenguaje complejo que permite deconstruir sistemas de interacción. La idea es que los feminicidios y translesbicidios y la violencia no significan una ruptura de la significación, sino más bien un continuum radical de la estructura. En este sentido, cada modalidad de la violencia y las técnicas en dar la muerte son formas del lenguaje sobre las cuales se pueden construir gramáticas. Así, el feminicidio y el translesbicidio “son un lenguaje tan radical, que su mera enunciación implica el exterminio de uno de los interlocutores” 4.

Las modalidades de la violencia y la muerte frente a las parejas mujeres y sus semejantes se refieren al uso de los golpes, cortes y patadas. Los feminicidios y translesbicidios son realizados sobre todo por la exacerbación de los golpes, por ahorcamiento o usando una daga o cuchillo; aunque en algunos casos se emplean también armas de fuego. 5 El espacio local constituye un campo de control. Salir de dicho espacio implica simbólicamente un “riesgo” para la pareja: se pone en “riesgo” la integridad física y simbólica de la mujer y se pone en “riesgo” la autoridad masculina, su posibilidad de control, regulación y mando. Los celos no significan solamente la posibilidad de terminar una relación íntima, sino que son síntoma de la sospecha de cuestionamiento de la autoridad micro política y de las posibilidades de ejercicio de poder del varón. Las técnicas utilizadas no tienen un control refinado del uso de la violencia o del dolor, sino más bien se asemejan a la estructura del suplicio o de la tortura del cuerpo del siglo XII. 6 Sin embargo, existen elementos recurrentes. Veamos como ejemplo dos de estos modos: el castigo a través de golpes y cortes sistemáticos, y el feminicidio.

En el castigo, muchas veces los golpes y cortes se producen inicialmente en las piernas, para eliminar la posibilidad de “movilización”. Parecería que el significante se refiere a una orden de permanencia dentro de la casa, un mandato de inamovilidad. Posteriormente, estos golpes y cortes se practican sobre zonas visibles del cuerpo: el rostro y los brazos. Su carácter manifiesto implicaría, en este caso, un significante más abierto: por un lado el mandato de no salir para no divulgar la vergüenza del castigo (que simbolizaría una mala acción de la mujer). Por otro lado, el significante indica justamente que se expone públicamente el castigo, se muestra a todos, estas afrentas y la capacidad puesta en práctica del control de la pareja, la demostración del contrato y de las consecuencias de su transgresión.

“…recuerdo a una muchacha que fue masacrada por su pareja. Este, después de pegarle en su casa, la bajó arrastrando de los pelos por las escaleras ante la vista de todos sus vecinos y nadie hizo nada. Grada por grada la pobre mujer se golpeaba la cara, el cuerpo”. (Elsa Mamani).

Se trata del suplicio público, que no es solamente significante de la irracionalidad patológica, “pasional”, sino de un modo de dominio del cuerpo de la mujer. Significante micro político de sus posibilidades de ejercicio de poder, de control y del mantenimiento de un contrato.

Estas técnicas, que no están separadas del sistema de ejercicio de la violencia en la vida cotidiana, tienen un polo radical: el feminicidio. Este no puede leerse solo como mero machismo, sino como el suplicio definitivo que se utiliza también como una restitución del acuerdo social o para vengar su ruptura (o la sospecha de la ruptura).

Preso de sus celos enfermizos, un ex presidiario asesinó a su ex mujer al atacarla con un filudo cuchillo de cocina y cortarle la yugular, intentando luego suicidarse ingiriendo veneno para ratas (…) Antonio Benigno Gómez no soportó encontrar a su ex conviviente Sonia Irma Norberto Soto, tomando un caldo de gallina con un amigo en el mercado (…). Doralisa Silva Gonzales, amiga de Sonia Norberto y testigo de los hechos, dijo que el asesino golpeó a su víctima y a empujones la metió en su cuarto porque estaba tomando caldo de gallina con un amigo. “después no escuchamos nada y cuando entramos a ver a mi amiga Sonia, la encontramos muerta con el cuello cortado, y él tirado en el piso botando espuma por la boca (…)” 7.

Una vez más, el tema de los celos no implica solamente un “arranque” irracional patológico, sino que muestra el significante del control. Cuando el esposo, enamorado o novio entra en un “arranque de celos”, también ve desprotegido el contrato que se ha establecido con su pareja y desprotegido su campo de acción micro político.

Esto permite concluir que el ejercicio de la violencia y la muerte está dispuesto por campos construidos sobre micro contratos, sobre una estructura política que cuestiona la determinación del estado como una totalidad absoluta. Incluso en el campo policial o judicial, muchos de los actores que ocupan el cargo de autoridades formales muestran que la estructura se sobrepone a la existencia de estos sistemas. En otras palabras, que conocen de un modo u otro la existencia de esa legitimidad del uso de la violencia y la muerte en el campo doméstico y que prefieren no intervenir.

Si bien la ley existe como un dispositivo formal que supuestamente penetra toda la estructura, en la práctica esto no siempre es así; no se trata de un campo racional total, sino más bien de uno en el que los modos de pensar el poder y de conocer el uso legítimo de la violencia y la muerte están cruzados. No es solo “complicidad masculina”, “encubrimiento”, “machismo”, sino también el reconocimiento de este uso legítimo, de esa zona privada-pública en la cual los hombres ejercen su derecho a dar la muerte. Se trata de un reconocimiento de múltiples contratos que no pueden ser rotos por la ley formalizada del estado.

La violencia contra la mujer y sus semejantes, en el seno de la vida cotidiana de las relaciones sociales no está separada de los otros modos de ejercicio de violencia y muerte de los varones en el hogar. La política excede al estado. Aparece también como sistema de gobierno de la economía, de la casa, del cuerpo. Este gobierno local, esta economía, resulta un campo micro político que hay que repensar. Cada golpe, cada corte, cada patada, cada gota de sangre muestran la existencia de una tecnología política de la vida cotidiana que constituye la evidencia de modos de poder, de violencia y muerte dentro del estado; que le muestran sus fronteras interiores, aunque de la manera más radical.

A María la mataron a golpes. Su propio marido la violó, le arrancó mechones enteros de cabello con las manos. Tirada en el piso, él la pateó en el vientre, le dijo que era “una perra”, que “solo tenía valor porque él la mantenía”. A Elena le dijeron que ella “no tenía derecho a nada si es que su marido no le daba permiso” y es que ella se había casado, ella le había prometido fidelidad total. Él, a cambio, le daría protección, alimento, casa. Elena no quería denunciar las agresiones porque estas eran parte de la promesa, del contrato que tenía, de ser una mujer casada, una pareja fiel. Cuando la mataron, Elena no se defendió. Su cuerpo amoratado por los golpes, enrojecido por los cortes nunca reclamó nada. María tenía 26 años.

1          Carta de Irala de 1514, sobre la esclavitud de las mujeres: … “los guaraníes tuvieron que entregar a los conquistadores setecientas mujeres para que les sirvan en sus casas”. (…) Padre González Paniagua (…) “Y las esclavas son marcadas en el cuerpo como señal de dominio y propiedad. Lo hacen con un hierro al rojo vivo que aplican en el brazo u otro sitio”. Luís Frontera, periodista: “El país de las mujeres cautivas”, Ed. Galerna, Buenos Aires, 1991

2          Concepto de J. P. Sartre, trabajado por el feminismo.

3          Radford, Jill; y Russell, Diana E. H. (eds.), Femicide: The Politics of Woman Killing, Nueva York, Twayne, 1992.

4          Ver el argumento completo en Mujica 2006.

5          Villanueva 2009: 583.

6          Foucault 1979.

7          Muchos de estos homicidios se producen con cortes en el cuello, pero también, como indica la policía, en el vientre, senos, pubis y piernas. Es frecuente, asimismo, la violencia sexual, antes o después del asesinato. El significante nos muestra un campo de la estructura de acción. Los cortes en el cuello refieren a un significante comunicante, un símbolo de la anulación de la comunicación: “ya no es posible comunicarse, ni siquiera a través de los golpes”. Aquellos que se dirigen al vientre, el pubis o los senos muestran el componente de posesión sexual que resulta fundamental en el control micro político y en la exclusividad del contrato de convivencia.

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