enero 14, 2022

Ser o no ser

Nada es más fácil que ser de derechas. Serlo, significa encarnar lo que los griegos antiguos entendían por “idiota”: aquella persona que se ocupa solamente de sus cosas y desprecia el conocimiento y participación en la cosa pública. Es decir, lo que Brecht llamaba analfabeto político. Por ello, ser de derechas es fácil: no hay que conocer de historia, ni de filosofía, ni de nada; solamente tener presente hacia dónde sopla el viento que nos granjee algún nuevo privilegio o asegure los que ya se disfrutan. Sobre todo, no hay imperativo moral alguno que nos comprometa con la suerte de los demás. Ser de derechas implica, en primer lugar, desentenderse de la suerte colectiva. Por tanto, se puede fingir demencia ante cualquier desastre.

Si ello es así, ser de izquierdas implica todo lo contrario.

El gran debate filosófico entre uno y otro residirá, inevitablemente, en el margen de libertad individual. Pero, aún este debate puede ser mentiroso, porque para el socialismo, como decía el Che, el individualismo se entenderá como el esfuerzo consciente y colectivo de toda la sociedad, para que cada persona alcance su mayor potencial sin explotar al otro. Desde la derecha, en cambio, la única libertad que se defiende es la del mercado y, por ella, el individuo está habilitado a todo. Tiene, casi literalmente, permiso para matar.

Sin embargo, bien decía Platón que el problema de la justicia sería sencillo de resolver si los hombres fuéramos sencillos. No lo somos. Y por ello, no basta con votar periódicamente a un candidato de izquierda para encarnar todos los valores opuestos a la derecha, y viceversa. El problema reside en que las características de uno no siempre lucen bien en el otro; y en ese terreno, probablemente la izquierda siempre salga mal parada. Un rico soberbio nos resulta casi una tautología; un izquierdista soberbio nos resulta una contradicción insoportable.

De ahí que sea tan difícil ser de izquierdas. Porque no somos perfectos y asumir una ética de responsabilidad con los demás, demanda un esfuerzo constante de tolerancia, desprendimiento y rigurosidad, que muchas veces se presume inalcanzable. Pero, como si ya fuera poco el reto, lo peor sucede cuando nos hacemos trampas al solitario. Es decir, cuando desde las propias filas alimentamos y justificamos prácticas contrarias a la izquierda (no digamos ya a la Revolución): abuso de poder, corrupción, privilegios, etc. Y, especialmente, la que más daña el capital simbólico de la izquierda: el culto a la personalidad. Si lo que se busca con la revolución social es el establecimiento de un sistema más justo, más equitativo y más solidario, es casi una obviedad que ello debe ser tarea de todos y cada uno; es decir, debe ser un acto consciente y voluntario de una mayoría social, y no dádiva de un iluminado mesías sobre la pobrecita humanidad.

Por todo ello, no puedo sino expresar mi crítica y mi reprobación, a la reciente denominación del flamante aeropuerto de Oruro con el nombre del presidente. Eso es culto a la personalidad y debe ser combatido en toda línea, porque en ese terreno también se juega el alma del proceso de cambio. El pueblo y la historia colocarán a cada cual en su justo lugar; reconocerán sus méritos y señalarán sus faltas. La adulación no es una coartada admisible. Hay que combatirla y extirparla con ejemplaridad, aún a riesgo de ser tachados de traidores, aún a riesgo de entrar en la lista negra del vicepresidente.

Ser o no ser, esa es la cuestión.

*          Cineasta

Sea el primero en opinar

Deja un comentario