octubre 25, 2020

La resistencia

“Un hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado” decía Hemingway en El Viejo y el Mar. Hoy, 27 de febrero de 2013, ha muerto en París un hombre de todos los tiempos. Lo destruyó el tiempo de sus 95 años. Lo destruyó la muerte, tan callando, porque antes no lo pudo destruir la desesperanza o la indiferencia.

Nació en Berlín, pero fue francés. Movilizado durante la Segunda Guerra Mundial, cayó prisionero y se evadió para unirse en Londres a la resistencia. Así, clandestinamente, regresó a Francia para luchar contra el nazismo. Fue hecho prisionero nuevamente y enviado al campo de concentración de Buchenwald, donde, sin saberlo, encarnó los versos de Guillén, aquellos que dicen: “Iba yo por un camino,/ cuando con la Muerte di./ “¡Amigo!”, gritó la Muerte,/ pero no le respondí;/ miré no más a la Muerte,/ pero no le respondí.” Para evadirse de ella, al mejor estilo del Conde de Montecristo, tomó la identidad de un prisionero ya muerto y sobrevivió a esa pesadilla, descargando y desnudando los cadáveres de aquel infierno de relojería. Por segunda vez, escapó; por tercera vez, fue capturado y, ya en camino de otro campo de muerte, Bergen-Belsen, escapó nuevamente para luego regresar triunfante con las tropas aliadas que liberaron Europa.

No había cumplido los treinta años y ya había visto y vivido lo peor de la humanidad: la guerra, el poder imperial, el capital caníbal, la bestialidad ilustrada. Por eso, en la inmediata posguerra, participó en la redacción de la Declaración de los Derechos Humanos, aquella que reza que todos somos iguales en dignidad y derechos. Léase bien, no sólo en derechos, sino también en dignidad.

Con el paso de los años, este hombre encarnó la diplomacia del diálogo y del reconocimiento del otro, de la dignidad del otro, y no la diplomacia del poder que impone su interés y su fuerza pisoteando, precisamente, la dignidad humana. Por ello, a pesar de ser de origen judío, tuvo la lucidez y la certeza de abogar siempre por la causa palestina. Porque la dignidad no es patrimonio de nadie, sino de todos. Y cuando un poder (político, económico, religioso o del tipo que fuera) pisotea la dignidad del ser humano, no es un poder tolerable y es preciso indignarse. Indignarse y comprometerse con la lucha que lo cambie. Y así lo hizo, poniendo siempre su dignidad y su compromiso al servicio de todas las causas justas de su tiempo y de su mundo. Porque, como decía el Che, recordando al Apóstol, se “debe sentir en la mejilla el golpe dado a cualquier mejilla de hombre”, porque simplemente, humildemente, tenemos que entender que nadie puede ser digno y libre, si hay otros que todavía viven en la iniquidad de la pobreza.

Así será recordado, por su grito desnudo frente a la tormenta de estos años terribles y luminosos: “¡Indignaos!”. Empuñar la santa indignación y empeñarse en un compromiso no violento que le recuerde al poder que siempre, siempre, siempre manda el pueblo. Que todas las riquezas y todos los poderes, los crea y los delega el pueblo y el pueblo los puede y los debe quitar si no reproducen la vida, si no respetan la naturaleza, si no preservan la dignidad humana.

Ha muerto Stéphane Hessel, sí, pero no ha sido derrotado, porque muere en la trinchera esencial del reconocimiento de la sacralidad del ser humano. Y su resistencia nos recuerda, de un confín al otro de nuestro castigado planeta, el único patriotismo posible y necesario: aquel del axioma martiano que nos enseña que “Patria es Humanidad”.

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