octubre 26, 2020

Iturri vs. Grimalt

por: Andrés Sal.lari


Hipocresía, banalidad, manipulación, falsedad… son algunas sensaciones que me vienen a la mente cuando pienso en los estímulos que nos ofrecen los medios de comunicación hegemónicos; aunque también debería decir brillantez.

¿Cómo hacen para hacernos percibir como natural un sistema de valores adquiridos?

El sistema cultural que nos ocupa en esta parte de la historia en la que nos toca vivir, tiene ese gran mérito de mostrarnos que tan natural es el último reality show de É Entarteinment (o como se escriba) como el lanzamiento de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki.

Todo esto es normal y no tiene ninguna ideología.

Para construir esta “normalidad” no sólo cuentan con bombas atómicas, las bombas atómicas y las guerras “preventivas” nos escandalizarían si la industria de cine no estuviera en Hollywood y la CNN transmitiera lejos de Atlanta.

Pero no le vamos a echar toda la culpa a CNN; en nuestra América quienes han tenido la posibilidad de fundar medios de comunicación han sido obviamente nuestras clases dominantes, que lejos de promover las culturas o el acercamiento entre nuestros pueblos, han mirado siempre con simpatía, abnegación y sumisión total a nuestros vecinos de la bomba atómica.

Por suerte que hay procesos políticos-culturales-mentales que no pueden ser digitados por el cine o los medios de comunicación, sino ¿cómo explica Ud. que el Bin Laden andino haya llegado a ser Presidente de Bolivia?

Si en América Latina sobran los dueños de medios admiradores de los lanzadores de la bomba atómica, también sobran los periodistas que son soldados de esos dueños y que desde ese lugar también están fascinados con todo lo que huela a Washington.

Desde esta posición cultural teóricamente neutra y desideologizada, se suele argumentar (sobre todo en los países donde existen procesos de cambio) que quienes ejercen el periodismo desde medios estatales hacen política y no periodismo. El periodismo libre sólo lo ejercen quienes trabajan en los medios privados, ya que ellos no están influenciados por el gobierno.

En este marco hace algunos días en Bolivia y más precisamente en el canal ATB, el columnista Ramón Grimalt inquirió a su director Jaime Iturri durante una discusión sobre el papel del periodista. Van dos citas textuales de Grimalt:

“Hay que quitarse camisetas políticas, hay que despojarse de la carga política…”

“Tu piensas condicionado por un discurso que es funcional a un partido político…”

No conozco a Ramón Grimalt, pero suelo leer la sección internacional que le toca editar en el periódico Página Siete. Es por eso que me cuesta entender desde qué lugar asegura que “Hay que quitarse camisetas políticas…”. Podría escribir mil ejemplos acerca de la intencionalidad política de las noticias publicadas en esta sección (por supuesto que siempre bien afines a los intereses geopolíticos de Washington).

Fíjese el lector que en esta discusión vuelve a aparecer el periodista libre e independiente (Grimalt) contra el estatal o gobiernero, político y sin objetividad (Iturri).

No conozco el pensamiento del editor de Página Siete pero sí la línea editorial del medio para el que trabaja. Y podría asegurarle que al titular sus páginas todos los días en sintonía con los intereses geopolíticos de Estados Unidos en temas relacionados con Venezuela, Siria, Libia o Irán, el mencionado colega aparece condicionado por un discurso que es funcional a una potencia extranjera.

Resulta totalmente válido que todos tengamos —y que defendamos—, como seres humanos, periodistas o dueños de medios de comunicación, una forma de ver el mundo, un conjunto de valores, o un sistema político de preferencia. Lo que desde mi punto de vista resulta ampliamente reprochable es que no tengamos la honestidad intelectual de aceptarlo.

Es evidente que todo el periodismo (estatal y privado) es político, si un editor de Página Siete debe despojarse de la carga política, debería empezar por renunciar al periódico más proestadounidense de La Paz.

(O en su defecto, por lo menos, no levantar hipócritamente falsas banderas de neutralidad o independencia).

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