octubre 26, 2020

“Argentina-Bolivia, 204 años de historia compartida” La prevalencia de la visión de las historiografías tradicionales

Invocando el destino común de Bolivia y la Argentina, sumidos hoy en un proceso de hermanamiento e integración, el embajador de la Argentina Ariel Pateiro inauguró el Coloquio “Argentina-Bolivia: 204 años de historia compartida”, con la participación de los historiadores Gustavo Rodríguez Ostria (Bolivia) y Hernán Riensa (Argentina), realizado en la Vicepresidencia del Estado el 23 de mayo, como parte de los actos de homenaje al 25 de mayo de 1809 (Chuquisaca) y el 25 de mayo de 1810 (Buenos Aires).

El imaginario colectivo boliviano se estremece todavía, al leer las historias de las incursiones de los ejércitos porteños enviados desde las provincias unidas de la Argentina a territorio de Charcas, entre 1810 y 1817 (Castelli, Belgrano, Rondeau y La Madrid), en el que sostuvieron feroces batallas contra ejércitos españoles (Goyeneche, Pezuela, La Serna), pero también —de acuerdo a la historiografía tradicional boliviana— se dedicaron al saqueo, sobre todo en Potosí, desvalijando las arcas de la Moneda, para sostener la revolución de mayo, en Buenos Aires. La figura emblemática del jacobino comandante José Castelli salta desde las páginas de la Historia, como un chivo expiatorio. Pero, ¿cuál revolución de mayo? ¿La de Chuquisaca, o la de Buenos Aires? Otra vez la historiografía tradicional (esta vez argentina), enfatiza que la primera fue tan solo el antecedente de la primera (es decir, la segunda), la de Buenos Aires.

Ni lo uno ni lo otro, según el análisis de los dos historiadores, pues ambas historiografías pecan de interesadas y hasta de falaces al haber sido escritas por élites intelectuales al servicio de las pequeñas oligarquías de Bolivia y Argentina, llegando a la conclusión sobre la urgencia de reconstruir la historia de ese siglo XIX, crucial para comprender el presente (siglo en el que las naciones latinoamericanas alcanzaron su independencia del yugo colonial español), por medio de la descolonización (Bolivia) y el revisionismo (Argentina) de la Historia.

I. La visión historiográfica boliviana

Las heroicas luchas por la independencia que se libraron en casi la totalidad del antiguo territorio originario del Tawantinsuyo, subsumido por la estructura colonial hispana, trajo como resultado no esperado la erección de naciones independientes, “conformadas por ciudadanos letrados, excluyendo a indígenas, negros, mestizos y cholos, del Pacto de Construcción de la Nación”. En su interés de afianzar un estado excluyente, se escribió una historiografía perversa en la que se identifican a los enemigos internos (indio, cholo, negro, mestizo) y a los externos (argentinos, peruanos, paraguayos, chilenos), a tiempo de suscribir contratos comerciales con las oligarquías de los países ‘hermanos’. Es una historia que separa, divide y no une, no hermana, afirmó Gustavo Rodríguez. “La historia no fue esa, sino otra muy diferente, pero que no se ha difundido”, continuó, aportando datos sobre esa otra historia, que a despecho de aquella historiografía interesada, muestra la participación argentina que combate a lado de los rebeldes cochabambinos, orureños o paceños. Desde el 14 de septiembre de 1810, día del levantamiento cochabambino, se observa un profundo vínculo con Buenos Aires, pues pocos días más tarde (29 de septiembre) juran adhesión a la Junta de Buenos Aires, se someten a ella y ponen a su disposición sus hombres. Desde el inicio se observa, afirma el historiador boliviano, una representación importante del ejército argentino. Castelli estuvo en Cochabamba en 1811, y Francisco del Rivero, comandó una tropa apoyando al ejército argentino en Guaqui.

La fecha más emblemática de los cochabambinos, el 27 de mayo de 1812, en el que valerosas mujeres enfrentan al ejército del excecrable Conde de Guaqui, José Manuel de Goyeneche, criollo, pero más sanguinario que un español de pura cepa. El saldo es la masacre sangrienta, el exterminio, la crueldad excesiva. Pero, entre los combatientes del valle, estaban los argentinos, según el testimonio de Francisco Turpín, que devela Rodríguez. Sucedió lo propio con los sobrevivientes cochabambinos, Lemoine, Arrien, Arze, luego de la desastrosa campaña se suman a las filas del ejército de José Manuel Belgrano en Jujuy. Allí observan la estrategia argentina, muy distinta a la de Charcas que ofrece el pecho y resiste la arremetida salvaje hispana. No, Belgrano practica la estrategia de la tierra arrasada, de la retirada, dejando atrás destrucción de los campos, dejando sin alimentos a los chapetones.

Nada de eso interesó a la oligarquía, “esa élite fabricó una historia trucha”, truculenta. Las élites piensan en la independencia de la Nación, con urgencia; no en la unidad de las antiguas colonias, a contrapelo de los guerrilleros y comandantes como Bolívar y San Martín, que sueñan con la Patria Grande Latinoamericana, sostuvo a tiempo de afirmar que “hace falta descolonizar esa historia de las élites que tiene una mirada hacia sí misma, por una historia más global, capaz de reconocer a otros actores y mirarse entre otros”.

II. La visión historiográfica argentina

Las coincidencias son notables en la exposición de Hernán Riensa, quien señala que estamos frente a una historia que contrapone dos visiones: una causa americana (Castelli, como el mejor ejemplo) versus rencillas locales de las élites criollas. El ejemplo que pone como fundamento de su hipótesis es que la “materia prima de la latinoamericanidad” viene dada por la época prehispánica, en la que se alcanza la pregonada unidad (si tomamos en cuenta la epopeya del Tawantinsuyo y más al norte la Maya-Azteca), que luego será en gran medida la patria Latinoamericana.

Castelli, pero también Monteagudo y Moreno, afirman los deseos de una Patria Grande, pero las élites criollas piensan y escriben distinto. “Ponen la historia debajo de la alfombra”, como si se tratara de ocultar la basura, señala. Esa élite, que expresa el peso de la migración europea temprana, que generó formas de pensar y comprender la historia, como lo hizo el liberalismo positivista, para quien el centro del mundo es Buenos Aires y por eso se considera al primer grito de libertad, de independencia (25 de mayo de 1809) como un simple antecedente del “verdadero y único grito independentista”, es decir el 25 de mayo de 1810 de Buenos Aires. El historiador Riensa afirma tajante: “mientras la revolución porteña estudia a Rousseau y la ilustración, la emancipación americana nace en Chuquisaca”. Las élites cuentan la historia desde sus propias preferencias que expresan interés de grupo, por esa razón exaltan la importancia geopolítica de Buenos Aires y remarcan que Chuquisaca es parte integral del Virreinato del Río de La Plata. Ignora, esa élite la proeza de Moreno “que escribe el Contrato Social de Rousseau a su manera, con ojos americanos”; ignora esa élite que “Moreno es Chuquisaqueño y Castelli es Altoperuano”, por tanto el grito emancipatorio, aquí en Chuquisaca o allá en Buenos Aires, “es un grito de libertad americana, no de una nación sino de las naciones”.

No conciben que es una guerra civil de amplio espectro que sostienen los americanos para expulsar a los ejércitos colonialistas españoles. El tema de fondo en esa lucha sin cuartel “es la República versus la Monarquía, la lucha de fondo es la redistribución de la riqueza y la democratización del poder”.

Castelli, el gran abanderado, el comandante jacobino, radical, anticlerical, es el más vilipendiado, atacado con saña, destruido como prócer por esa historiografía, continúa. Pero es este comandante el que busca con afán “garantizar la libertad del pueblo americano, uniformar la felicidad de todas las clases”, clases en las que reinvidica a los indígenas originarios, señalando que éstos “son más víctimas que los sectores populares”, por cuanto fueron sumidos en el “abandono, la indigencia”, la opresión infame. Temerario, espeta a esa élite que “la única diferencia entre un blanco y un indio es la capacidad”, capacidad intelectual, revolucionaria, sin duda. El “oráculo de los Andes”, como lo endiosaron los indígenas de Charcas, enuncia esas palabras en un discurso emotivo en la Puerta del Sol, en Tiwanaku, el taipi o centro religioso andino. “Es el sueño de la libertad del pueblo americano, es el mismo ideal de Bolívar y San Martín de construir la Patria Grande”, sostiene en su afán reivindicativo. “Las élites, en Bolivia, Argentina, Chile, Paraguay o Perú, han escrito historias comunes. Latinoamérica ha compartido un mismo destino: todos tuvieron un positivismo liberal, dictaduras, gobiernos neoliberales, un despertar socialista”. Las oleadas llegan a todas las playas.

Frente a la Gran Patria que soñaron los rebeldes del siglo XIX, los intereses de las pequeñas oligarquías les llevaron a fragmentar el espacio latinoamericano en naciones independientes, que casi inmediatamente suscriben acuerdos de largo aliento con los imperialismos, “primero el Británico, luego el de Estados Unidos. Para estos imperios, era más fácil negociar con pequeñas oligarquías que con los pueblos. No es lo mismo negociar con una Patria Grande que con países independientes dominados por pequeñas oligarquías”.

III. Las conclusiones

Ambos historiadores coinciden en que existe una deuda histórica que corresponde asumir, ya sea por medio de la descolonización de la historia o el revisionismo histórico. Afirman que es urgente propiciar un diálogo entre historiadores para ir desmontando esas historiografías falaces que han desinformado a los pueblos, que han convertido a unos y otros en enemigos. En Argentina, el mejor insulto es decirle a alguien “boliviano” o “paraguayo”. En Bolivia el sinónimo de argentino retrotrae al imaginario la época de Castelli.

Es un desafío que se lo hace en Argentina formalmente por medio del Instituto de Revisionismo Histórico, y en Bolivia desde el Viceministerio de Descolonización, aunque en nuestro caso, ciertamente, aún sin el concurso real y efectivo de los historiadores profesionales de la Carrera de Historia de la UMSA, o aquellos agrupados en torno a la Academia Boliviana de la Historia.

Be the first to comment

Deja un comentario