octubre 30, 2020

Racismo y cultura: ¿vínculo innegable o sombras legadas en el pensamiento de Frantz Fanon?

por: Raúl García Duarte

Queda, nos parece, como posible y hasta ineludible tarea crítica, el cuestionar aquel sesgo del pensamiento decolonial que se reitera en los elementos de vínculo entre racismo y cultura, tal como los planteó Fanon, sin mejores opciones que las de dotarle de una terminología/simbología semántica redundante.
Entre las diversas aguas de las que el pensamiento decolonial ha bebido, está sin duda la vertiente de Frantz Fanon, en cuyo escrito “Racismo y cultura” (1956) se advierte un tono reflexivo respecto a las relaciones que pueden surgir entre culturas con diferentes grados de desarrollo. Relaciones, éstas, que así tienen entre sus consecuencias a la colonialidad y, en calidad de componente principal, al racismo que —siempre siguiendo la línea de pensamiento de Fanon— se convierte en eje de configuración de una “jerarquía cultural” con dotes opresoras y hasta destructoras de culturas o de sus valores. Ahora bien, admitiendo la validez de estos argumentos y la de sus paralelos hechos históricos contrastables, cabe preguntarse sobre ciertas pautas de auto-referenciamiento sembradas en las mismas, a manera de críticamente considerar las que luego han devenido en ya líneas maestras del pensamiento decolonial, en nuestros días que corren.

Veamos, entonces, cuánto de inmanente posicionamiento jerárquico puede existir (o no), por parte de quien considera la raza como factor preponderante en la categorización de relaciones sociales, y luego —precisamente— asume este lugar de habla o enunciación para elaborar una propuesta de emancipación. Aquí no se trata, en modo alguno, de poner en discusión la pertinencia hermeneútica de emitir opinión contraria al código colonialista, siguiendo el mismo códice del colonizador: el lenguaje. No. Se trata más bien, de hacer notar cómo en esa opinión contraria se está asentando una disposición hacia el asombro, hacia la comprensión, y finalmente hacia la voluntad de cambiar el estado de cosas, en varios agentes o segmentos receptivos de la sociedad lectora del ensayo.

Se advierte, en dicho marco, la búsqueda de encandilamiento y/o (re)descubrimiento de una realidad de jerarquización racial, para luego pasar a una etapa de comprensión de este fenómeno como enclave de destrucción de, nada menos, que culturas enteras. Mucho poder de acción (de los destructores), ínfimo nivel de reacción (de los destruidos): tal la impresión o moraleja que pareciera dejarnos Fanon en su escrito. Pero, a propósito de este descubrir/comprender, cabe aquí puntualizar un matiz que nos parece importante, el cual tiene que ver con la propuesta del autor en torno al desarrollo técnico como factor capaz de desatar el “asalto directo y brutal” de las culturas que así, y a partir de entonces, quedan condenadas a la servidumbre económica e incluso biológica. El matiz no es menor porque admite, ciertamente, una lectura que apunta a lo racial como una consecuencia emplazada en las diferenciaciones técnicas que —nos parece— bien podrían pensarse como homónimas o muy cercana a cuanto genéricamente se llama civilización.

Asumiendo este sesgo (con todos sus riesgos generalizadores), cabe entonces pensar en lo racial como un artificio de acceso directo hacia ciertas pulsiones, antes que como real eje de discernimiento jerárquico de poder y opresión. Siendo así, las pulsiones antes anunciadas tendrían en sí mismas al racismo como su gatillador, en claras negación y ruptura con una diáfana —léase: no racista— acción de lo que Fanon denomina “cultura autóctona”. De esta manera, la agencia emancipadora ante el racismo pareciera verse teñida de éste, a su pesar y además en vista de partir de un supuesto que el propio autor desmerece, aunque entre líneas, al acotar el aspecto tecnológico como precursor de las diferencias sociales entre pueblos y culturas.

Los aspectos hasta aquí señalados nos sirven para reflexionar en torno a cómo se vislumbran actualmente los aportes de Frantz Fanon en el pensamiento decolonial, toda vez que pareciera habitar en éste una fe analítica que ha llevado las ortodoxias de Fanon hasta extremos sospechables pero vastos. Creemos, por ejemplo, que no debiera ya seguirse con la propensión de asumir frente al racismo una posición de sorpresa ante su casi totalizador raigambre/poder cultural. Tampoco se debiera poner énfasis en el habitar, racismo mediante, del lugar de habla del sumiso —es decir hablar desde la raza sometida—, porque esto nos llevaría a una reversión perversa del impacto racista en nuestro propio pensamiento. Tampoco —y para ello no hay más que recurrir a una mirada/saber sobre la vitalidad de los espacios socio-culturales americanos en el Sur que habitamos— debiera ser admisible el suponer que efectivamente, racismo de por medio, se han aniquilado o momificado culturas.

Queda, nos parece, como posible y hasta ineludible tarea crítica, el cuestionar aquel sesgo del pensamiento decolonial que se reitera en los elementos de vínculo entre racismo y cultura, tal como los planteó Fanon, sin mejores opciones que las de dotarle de una terminología/simbología semántica redundante, creyendo en esto contribuir a un cambio efectivo del estado de cosas colonial. Queda, igualmente y como tarea que vaya más bien a revalorizar los trabajos del autor que nos ocupa, develar cómo el pensamiento decolonial no intuye sus propias sombras de cuerpo “asimilado” —siguiendo el concepto que a este respecto plantea Fanon—.

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