octubre 26, 2020

Chávez, tan presente como siempre

Pocos seres humanos alcanzan a ser una anticipación histórica, hombres de su tiempo y proyección histórica aún después de muertos. Este es el caso de Hugo Chávez, el Comandante de las fuerzas emancipadoras del Siglo XXI.
Hay muy pocos hombres en la historia de la humanidad que reúnen una triple condición: son una anticipación histórica porque ven lo que no lo hacen otros, sintetizan el tiempo que se está viviendo y representan una proyección insuperable aún después de muertos. Uno de esos pocos hombres es Hugo Chávez, el Comandante de las fuerzas emancipadoras del siglo XXI.

El líder venezolano ya ha ingresado a la historia por la puerta grande, por aquella que solo los grandes personajes son capaces de hacer cuando los hechos y las palabras son testimonio irrebatible de su compromiso por la vida de los más humildes del mundo. “Ni siquiera él mismo sospechaba cuán grande era”, ha dicho Fidel Castro el 11 de marzo pasado y mucho menos que se convertiría en el “redentor de los pobres” como sentenció Evo Morales.

Chávez, esa mezcla de afrodescendiente, indio y blanco que nació en el estado de Barinas hace 59 años, es la más rica expresión de esos hombres y mujeres que en la historia larga alcanzan a representar una anticipación histórica de nuevos tiempos o de cambios de época.

Su incorporación en la corta lista de los “militares revolucionarios” —una estirpe de la que Chávez se sentía parte— tiene relación directa con el apasionado estudio de la vida y el pensamiento de Simón Bolívar, el libertador de las fuerzas patriotas de las gestas independentistas del siglo XIX convertido en Apóstol de las luchas emancipadoras de fines del siglo XX y principios del siglo XXI.

Plenamente convencido del enorme valor de la subjetividad convertida en fuerza material de la revolución, en 1982 impulsó la conformación del Movimiento Bolivariano Revolucionario (MBR2000) y 10 años después encabezó la gran insurrección cívico-militar contra el presidente Carlos Andrés Pérez, que si bien fracasó militarmente en su propósito de la toma del poder, representó la respuesta popular al Caracazo de 1989, una dura represión en la que murieron miles de hombres y mujeres que protestaban por la situación de miseria.

Su persistente apuesta por el cambio desde 1982 y a pesar del fracaso militar del levantamiento de 1992 fue el anticipo de la victoria político-electoral de 1998, cuando la revolución liberadora retornaba sobre nuevas condiciones a la patria de Bolívar.

Después de pasar dos años prisionero en la cárcel San Francisco de Yace, en el estado de Miranda, el militar rebelde —cuya popularidad iba en aumento a pesar de las campañas montadas en su contra—, fue liberado en marzo de 1994 y tras una dedicación absoluta a la preparación de su proyecto político volvió a dar claras señales de su indeclinable compromiso latinoamericanista al aceptar una invitación del comandante cubano Fidel Castro, con quien compartió largas horas de conversación el 14 de diciembre de 1994 sobre el futuro que se venia en América Latina. Podría decirse que en el encuentro de esos dos gigantes de la historia se objetivó aquella reflexión de Gramsci cuando dijo que ante el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad.

El encuentro de 1994 en La Habana era bastante representativo de esa idea de anticipación histórica. Fidel fracasó militarmente en el Moncada en 1953 y entró victorioso en enero de 1959; Chávez fue derrotado cuando ocupó el Cuartel de la Montaña en 1992 e ingresó triunfante a Miraflores en 1999.

Pero Chávez también fue el hombre de su tiempo. El militar patriota sintonizó con lo que se estaba moviendo y gestando en las venas abiertas de América Latina: una gran insurgencia de los pueblos, de aquellos que resisten clandestinamente hasta cuando aparecen determinadas condiciones y salen a la superficie convertidos en poder.

A pesar del derrumbe del campo socialista en Europa y del tremendo efecto económico, político e ideológico del Consenso de Washington sobre las luchas sociales y con una clara domesticación de la mayor parte de los partidos y políticos de izquierda devenidos en socialdemocracia, pequeños focos de resistencia activa y aislada en América Latina se fueron encontrando y articulando para empezar a escribir una nueva historia. La historia de los pueblos, aquella que es ignorada por muchos, aún sea de izquierda, que se atribuyen victorias ignorando el peso del actor colectivo.

Hay pocas veces en la historia en la que se registra una articulación, una relación de correspondencia, entre la emergencia social y la presencia de un potencial liderazgo en formación. Lo que pasó en América Latina en la última década del siglo XX es una de ellas. De repente, la historia oscura y sin esperanza a la que el capital estaba condenando al mundo encontró a su paso un torbellino de esperanza que, vistas las cosas desde ahora, se canalizó a través de Chávez para salir a la superficie.

A más de 500 años de la invasión que posibilitó el ingreso de Europa a la modernidad y convirtió el capital en universal, pero también a 200 años de esos gritos libertarios que hicieron estremecer los cimientos de la sociedad colonial, una combinación de la insurgencia radical de la lucha de los pueblos y la emergencia de nuevos líderes —cada cual con sus características— colocan a esa Nuestra América de la que hablaba el Apóstol José Martí en el camino de la recuperación de la utopía liberadora.

Pero Chávez es también la proyección de su tiempo. Su liderazgo, su pensamiento y acción se han materializado en al menos tres campos:

El primero, en el campo de la democracia. A partir de la victoria político-electoral de Hugo Chávez en 1998, las relaciones de fuerza en América Latina empezaron a cambiar favorable y progresivamente a favor de los intereses nacional-populares. Salvo Cuba, que tras el derrumbe del campo socialista resistió heroicamente en medio de un mar de capitalismo y gobiernos neoliberales, todos los países del continente estaban controlados por gobiernos de derecha.

Sin desconocer la necesidad del uso de la lucha armada para la toma del poder político en Cuba en la década de los 50 o de la organización de guerrillas de liberación nacional en otros países en la década de los 60, el líder bolivariano demostró con su triunfo electoral que las condiciones histórico-concretas de fines del siglo XX —que luego se ampliaron a principios del siglo XXI— abrían la condición de posibilidad de avanzar hacia el desarrollo de revoluciones profundas en unos países y a la constitución de gobiernos progresistas en otros, a través de la lucha electoral.

Pero la lucha electoral no como un fin en sí misma. Si bien es una camisa de fuerza para los procesos revolucionarios hoy en curso en América Latina, al mismo tiempo se ha registrado una reconceptualización y ampliación de la democracia por la vía de incorporar formas y mecanismos de democracia participativa y directa que buscan superar la enajenación del poder. Así se transita de la democracia como forma de dominación a la democracia como forma de emancipación.

Una segunda proyección histórica de su presencia es la integración latinoamericana y la profundización de las relaciones Sur-Sur.

A partir de la denuncia que Chávez hizo en solitario en la III Cumbre de las Américas (Quebec, 2001) a las intenciones de anexionismo camuflado que Estados Unidos tenía para América Latina a través del ALCA, no hubo encuentro y foro internacional —como ocurrió en la Cumbre de Jefes de Estado del G-15 en Venezuela en 2004 y el Foro Social Mundial de enero de 2005 en Porto Alegre—, en las que el líder latinoamericano no levantara las banderas integracionistas de Bolívar y otros próceres de la independencia.

Poco antes de que se extendiera el certificado de defunción al proyecto ALCA, en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, en 2005, el presidente venezolano no dejó de condenar al neoliberalismo, pedir el “relanzamiento del movimiento de integración del sur y proponer cosas concretas como la constitución del Banco del Sur, Petrosur, Telesur y otras iniciativas que se han ido concretando en poco tiempo en la medida que una ola de gobiernos de izquierda ha emergido en la mayor parte de los países de América Latina.

Pero quizá la osadía más grande de Chávez es la de haber ideado, en una reunión de países del Caribe en la Isla Margarita, la necesidad de anteponer al ALCA con la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA). La concreción de esta propuesta —considerada loca por muchos— se dio en diciembre de 2004 en La Habana, donde Chávez y Fidel, en un acto político único en el que ambos dieron verdaderas clases de historia, compromiso y latinoamericanismo, firmaron el acta de constitución de ese modelo alternativo de integración que en menos de cinco años llegaría a tener 8 miembros y algunos observadores.

El ALBA ha ingresado a la historia. Nada podrá escribirse de fines del siglo XX para adelante sin hacer mención a los extraordinarios logros en materia de cooperación entre los pueblos y los estados. Pero no solo eso, tampoco se podrá ignorar el aporte de ese pequeño motorcito a la renovación o apertura de otros espacios de integración y de concertación política, como ocurre con el MERCOSUR, la UNASUR y la CELAC.

Como consecuencia de su convencimiento de que “El Sur existe” —que es el título que recoge de un poema de Mario Benedetti—, el líder bolivariano volvió a poner en la agenda la necesidad de reconstruir no solo un latinoamericanismo vigoroso, sino también de fortalecer las relaciones con otros pueblos del sur, entendido el sur como concepto político liberador frente al norte opresor.

Si bien con contradicciones, ahí están las relaciones de América Latina con los países Árabes y Africanos, con quienes se enfrenta en la actualidad, aunque de distinta manera por el momento, una contraofensiva imperial que busca apropiarse nuevamente de nuestros recursos naturales por la vía de la violencia y el saqueo.

Una tercera proyección tiene que ver con la fuerza material que adquiere la “razón amorosa”. Nada ortodoxo, es verdad, pero alude a la necesidad de orientar el objetivo de la lucha social no a la mera toma del poder sino a la conquista de la emancipación humana.

La “razón amorosa” es una nueva manera de interpelar a la urgente y necesaria apuesta por reproducir todas las formas de vida de manera radicalmente distinta a las que nos condena la dictadura del capital. Esta manera de concebir la lucha es parte de una tradición marxista latinoamericana que el Che sintetizara bien al decir que “la revolución es un profundo acto de amor”.

El imperialismo cree tener sobradas razones para derrotar a Chávez, ahora que no está físicamente. En realidad lo que tiene son sus dos ojos en tinta, porque no pudo darle ni un solo home run . No lo pudo hacer en vida, ni cuando se alzó en armas en los noventa ni cuando años después le ganó con votos y en democracia dentro y fuera de Venezuela.

El Cmte. está invicto. En Venezuela tiene a uno de sus mejores hijos librando, junto a su pueblo, durísimas batallas contra una fuerza imperial que busca su derrota moral y política por la vía de mostrarse más “chavistas” que el propio Chávez, y de poner en evidencia las debilidades y limitaciones de su conductor, un obrero forjado en las ideas del socialismo desde muy joven.

Pero ni Chávez está muerto ni Maduro lucha en solitario. En América Latina, montado en el caballo de Bolívar, este terco y lúcido líder bolivariano se ha multiplicado en la síntesis de las esperanzas que alimentan las luchas indígenas y populares en esta parte del mundo. Al impulso del ejemplo de Cuba, en “Nuestra América” hay otros líderes extraordinarios como Evo Morales en Bolivia —quien no por casualidad ha sufrido un atentado criminal contra su vida el 2 de julio pasado—, Daniel Ortega en Nicaragua, Rafael Correa en Ecuador, Cristina Fernández en Argentina y el “Pepe” Mujica en Uruguay, además de otras experiencias políticas históricas como las de El Salvador, que reafirman que el siglo XXI es el tercer momento emancipador de nuestros pueblos.

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