octubre 28, 2020

A propósito de Colonialidad y género de María Lugones

por: Raúl García Duarte

Desde la lectura del texto Colonialidad y género (2008) de María Lugones, emergen sin duda varias señas de elaboración compleja, conjuncionadora y a la vez propulsora de una comprensión que es búsqueda de escritura: el desentrañar los orígenes de “la indiferencia que los hombres muestran hacia las violencias que sistemáticamente se ejercen sobre las mujeres de color”. En este curso y para cabalmente dimensionar su énfasis, Lugones plantea la siguiente primera y primordial noción: la “mujer de color” —en tanto que concepto o aprehensión social— no hace alusión específicamente a la mujer negra sino más bien a todas aquellas mujeres que sufren opresiones -mujeres indígenas, mestizas, chicanas, mulatas, etc. Sin pausa alguna, aparece una segunda noción clave cuando se dice que el colectivo conocido como “la mujer de color”, en tanto que víctimas de la colonialidad, fueron y /son doblemente oprimidas y subordinadas: por un lado dada su condición de dominadas como “raza inferior”, y por otro lado por/en la relación establecida con los hombres, como viejos y/o nuevos dueños del poder.

A partir de estas delimitaciones, que implican un marco teórico explicativo acerca de cómo las mujeres resultan ser víctimas no sólo de la colonialidad de poder sino también de la colonialidad del género, Lugones propone un muy original esquema teórico-analítico de cuanto denomina “interseccionalidad” entre raza, clase y género. Dicho esquema, que asume el título provisorio de “sistema moderno-colonial de género”, suma y sigue en su tendencia compleja y conjuncionadora al tomar dos vertientes de conocimiento y construcción: las teorías de Aníbal Quijano sobre la colonialidad del saber, la colonialidad del ser, y la decolonialidad; y los trabajos sobre género, raza y colonización que constituyen a los feminismos de mujeres de color de Estados Unidos y del Tercer Mundo.

Semejante bagaje propositivo no puede sino significar (desde nuestra impresión) un cabal despliegue de los que serían márgenes fecundos y de amplia cualidad de analítico discernimiento, al interior del pensamiento decolonial. Porque el proponer, como lo hace Lugones, que caben dudas respecto a si realmente habrían existido efectivos vínculos de solidaridad entre las víctimas de la colonialidad, implica necesariamente un giro de mirada hacia la profundidad que podríamos llamar “interna”, dentro de los esquemas de imposición colonial. Pero a más de significar un ingreso de mirada-interna en el andamiaje del pensamiento decolonial, el trabajo de Lugones habrá todavía de ampliar sus márgenes analíticos al identificar la exclusión histórica de las mujeres “no blancas” en las luchas libertarias, al mismo tiempo de hacer —en los planos discursivo y teórico— visible lo antes invisible (lo antes oculto) que no solo está en la diferencia de luchas y visiones de y hacia la mujer negra y la mujer blanca, sino también en el concepto del tercer género: una manera de desprenderse de la bipolaridad del sexo y el género, propia de la época precolonial y que desapareció por la que Lugones denomina imposición de “engenerización”, donde la heterosexualidad es obligatoria y asimismo demarcatoria de dos categorías sociales que se oponen y están relacionadas por medio de una jerarquía (de género).

Habiendo dado sumaria cuenta de los que consideramos significativos aportes al pensamiento decolonial —por parte de María Lugones— cabe quizás observar el presupuesto que introduce en su análisis de los procesos precoloniales, respecto a un supuesto ideal de solidaridad e igualdad entre hombres y mujeres. La observación es plausible (desde nuestra lectura) en vista de que no se conoce una completa demostración historiográfica en torno a que el señalado accionar solidario de género haya cubierto (como fenómeno o hábito social) a todas las culturas prehispánicas en el caso de América, toda vez que —hasta cuanto se sabe— el punto de vista de género no era principio organizador de las sociedades andinas.

Volviendo al curso de reconocimiento y de aporte visibilizador del texto Colonialidad y género, cabe destacar que si bien la mujer negra en la actualidad aún sufre violencia, aquélla (mujer negra) ya no está estereotipada ni reducida a una categoría subalterna. Queda, sin embargo y como mayor desafío a enfrentar desde las complejas teorizaciones socio-culturales y político-históricas —entre las que creemos se inserta el trabajo de María Lugones— el violento lado oscuro que se ejerce, desde infinidad de lugares y campos, sobre las personas del “tercer género”. En este vaivén de logros y de insuficiencias, está dado —en todo caso y como bien menciona Lugones— el primer paso para una conversación y un proyecto de educación popular que permita corregir los errores del sistema de género colonial. Y si así efectivamente fuera, estaría también dado y abierto el conducto para un apronte de llegada efectiva —o de despliegue que decimos operante—, por parte del pensamiento decolonial, que quizás así y finalmente —gracias a los trabajos embarcados en los tópicos de género y desde los campos de transeccionalidad— trasciendan en/como una redención de lo humano, para de una vez comenzar a hacer del paso del tiempo y de la Historia un mérito de liberación.


Nuestra imagen de felicidad está marcada por el presente, por eso no envidiamos el futuro; pero la felicidad debe ser inseparable de la imagen de la liberación (redención). Existe un acuerdo tácito entre las generaciones pasadas y la nuestra. Se nos concedió una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado hace valer una pretensión. Es justo no ignorar esa pretensión.

[Walter Benjamín, Tesis sobre el concepto de la Historia Nº 2]



Junio, 2013

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