diciembre 3, 2022

El Manifiesto de la Restauración

por: Nicolás Laguna

Con una miserable prosa, que expresa ya el talante de sus autores, un grupo de ciudadanos publicó un manifiesto titulado “Del despotismo que tenemos a la democracia que queremos”. Se trata, pues, de una sonata de iglesia en tres movimientos dedicada al país, sacramento “cívico” y moralina que exteriorizan las posiciones políticas más reaccionarias de los últimos años.

La incoherencia es propia de mentes poco acicaladas. Aunque no se necesita mucha claridad para no volver a la retórica del pueblo enfermo de Arguedas, no es casual que hoy tal discurso emane de las covachuelas del gobierno de Carlos Mesa. No era él sino el símbolo de la desgracia de una clase que ronda por la historia sin otro patrimonio que abolengo y culpa ni juicio que no sea desprecio y temor. Es como si se abalanzaran al mismo tiempo desde esas desdichadas páginas los pañuelos blancos exigentes de mano dura y la chusma que colgó a Villarroel.

No es relevante acá el origen o trayectoria de quienes firman el manifiesto sino en la medida en que hacen inteligible la interpretación que tienen del país. “Una sociedad fragmentada que resiste con anomia y descontrol”, desordenada, movimientos sociales instrumentalizados, economía ilegal en expansión, narcotráfico, inseguridad ciudadana, “justicia expeditiva”. Tal el grado de descomposición que atribuyen a la sociedad boliviana. Plantean que el correlato estatal de esta tragedia social es el despotismo, “descomposición moral y política en la administración pública”, un gobierno cuyo “poder es tan grande como su incompetencia”, la policía y las FF.AA. “desintitucionalizadas”. Con todo, esta desgracia —lamentan— “cuenta con el consentimiento de una gran parte de la población”.

¿Cuál esta “gran parte de población”? Jorge Lazarte, firmante del documento, la identifica con los miembros de la “democracia de la turba”, quienes actúan políticamente desde el sindicato, la asamblea, la comunidad, la junta vecinal, en fin toda agrupación que ejerza la autodeterminación de las masas y en el proceso dañe los eglógicos ideales del individuo libre. Es de gente ensimismada y poco inteligente pensar que la sociedad se equivoca al organizarse. En una suerte de pedantería de corral, porque no pueden aspirar a más, esta rosca de “intelectuales” se refiere a las organizaciones sociales de Bolivia y quienes participan de ellas como faltos de cultura democrática.

Acá radica el quid del problema. El discurso oficial de la parentela pobre de la oligarquía, herederos del bastardamiento entre el liberalismo y el social darwinismo, ahora remozado con “derechos colectivos”, “derechos fundamentales”, “Estado de derecho”, “independencia de poderes”, se enfrenta con las formas de la autodeterminación de las masas, al ejercicio del poder desde lo popular. El mentado manifiesto no contiene otra cosa sino perorata liberal decimonónica traducida a su versión leguleya neoliberal, los doctorcitos dos caras en acción.

Al disociar estado y poder, acto pueril para quienes se consideran de cotidiano “intelectuales”, no pretenden otra cosa que apuntalar su siguiente frase, que los poderosos dejen el estado. Una forma poco decorosa de decir que se lo dejen a ellos. Fue Marx quien definió al estado como violencia organizada y concentrada. De entonces a esta parte, solo en el onanismo neoliberal de pluralismo eso ha dejado de ser cierto. Lo que ha pasado en Bolivia es la toma del poder por parte de organizaciones populares, campesinas, obreras, comunitarias y vecinales. El ayllu y el sindicato en acción, convertidos en poder y estado, en su gloria y su miseria, le pese a quien le pese.

El documento reza también, como quienes lo suscriben, que las reiteradas victorias electorales de Morales y el MAS no representan necesariamente la vigencia de la democracia. Y en esto tienen razón pero sólo para llegar a conclusión perversa: dicen el régimen de gobierno es despótico. En realidad en Bolivia el voto no hace más confirmar un proceso democrático harto profundo y consistente. Ratifica apenas el debate, la disputa, la lucha, los acuerdos y contradicciones que se viven todos los días en mundo sindical, en asambleas, comunidades y barrios que definen las articulaciones entre las organizaciones populares y el poder institucional del estado. Hoy en Bolivia, el alcalde y los concejales los definen, en por lo menos dos tercios de los municipios, las asambleas comunales y sindicales. La institución estatal está subsumida a la organización social. El tejido de diputados y senadores del MAS en la Asamblea Legislativa Plurinacional es el fruto de un laborioso consenso entre decenas de organizaciones sociales que pugnan y acuerdan su articulación en el Órgano Legislativo. Las más altas autoridades del poder judicial, contra toda la silogística construida por los huayralevas, es el resultado del voto silencioso de los indios a favor de sus iguales. Por eso el MAS es el experimento partidario-democrático más importante de la historia de Bolivia, nacido de la disputa y el consenso de las organizaciones populares para la toma del poder, hoy instrumento de disputa y consenso en el seno del poder.

Evo Morales, que nadie dude, es el presidente más poderoso de la historia de Bolivia porque es él mismo creación de este hondo proceso democrático. Un poder semejante sólo puede ser expresión de una complejísima relación entre el Presidente y cada uno de los sindicatos, asociaciones, juntas vecinales y comunidades. Cada día en dos y hasta cinco poblaciones del país, como mínimo, cinco mil personas se movilizan a encontrarse cara a cara con Evo Morales, su igual, su hermano, su compañero. Nunca a rendir pleitesía sino a negociar y pugnar el poder y su relación con la institucionalidad del estado. Morales es eso, la síntesis de ese difícil equilibrio entre una sociedad súper organizada, politizada y movilizada y la acción cosificante del estado. Solo en los rosales de Queru-Queru es posible creer que alguien ejerce poder por la gracia de María Magdalena y obra del espíritu santo.

Las plegarias por la institucionalidad de la democracia neoliberal, aquella forma mal disimulada de voto censitario que elegía y reelegía a los miembros de la misma casta frente al estupor de las masas y los siglos, no son más que el canto desentonado de los corifeos de la vieja estirpe señorial. Mientras siga hirviendo la rebeldía en las venas de los sectores sociales prevalecerá este complicado equilibrio entre el estado en tanto institución y el poder en tanto acción de las masas. Mientras el estado, violencia organizada y concentrada, sirva a los sectores populares para conquistar más libertad e igualdad, la democracia camina por la senda más honda, profunda y revolucionaria.

Son los autores de este manifiesto, su secreto de estirpe o sacramento expuesto, los únicos que sufren de anomia, trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre.

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