diciembre 4, 2020

Los socialistas

No tenía aún veinte años cuando leí “El Manifiesto del Partido Comunista”. Me estremeció por completo. Luego —era inevitable— me sumergí en El Capital. Desde entonces, cuando comprendí las fuentes del origen de la riqueza y su inevitable contraparte la pobreza. Fue entonces que supe que la máxima de “Vivirás con el sudor de tu sangre”, escondía aquella otra más real, cotidiana y dramática de “otros lucrarán con el sudor de tu frente”.

En esos años de plomo el coronel Banzer cercaba a sangre y fuego —nunca mejor dicho— las universidades. Pero a fuerza de empeño, protesta y argucias, las doctrinas que circulaban por el mundo, aquellas de las que el dictador intentaba vacunarnos, se filtraban las aulas. Cayó en mis manos —gracias a Jorge Zabala— el “Hombre Unidimensional” de Herbert Marcuse y luego me procuré una copia de “La revolución sexual” de Wilhelm Reich, un sicoanalista judío expulsado de Europa por los Nazis y luego condenado a la cárcel en los Estados Unidos por sus ideas radicales. En Nueva York un pogrom macartista lanzó sus libros a la hoguera, razón demás para que los leyera. Ambos, eran símbolos de la rebeldía estudiantil de 1968, del París rebelde y el Tlatelolco sacrificado. Por Marcuse y Reich comprendí, cada uno ayudó por sus vías, que la sociedad industrial —incluida la soviética— nos cosificaba y suprimía nuestras sensibilidades libertarias hasta convertirnos en una máquina solo apta para el trabajo o la milicia del partido. En suma que la sociedad era como una cárcel o un panóptico como años más tarde percibiría en Michel Foucault.

Pero no fue hasta confrontarme con “El Derecho a la Pereza”, de Paul Lafargue, yerno de Marx, que avancé en desentrañar la lógica de la sociedad utilitaria y mercantil. Su libro, reelaborado en la prisión, fue tan leído como el Manifiesto a fines del siglo XIX, pero que luego entró en el olvido. Lafargue trató de reconvertir el programa socialista y evitar que el proletariado luchara por “Más trabajo”. En su utopía, entre marxista y hedonista, el socialismo sería una liberación del trabajo; revirtiendo una maldición esclavizante del capitalismo(o del socialismo real). El desarrollo de la tecnología, controlado por el proletariado revolucionario, y el incremento de la productividad permitirían un vuelco sustancial: las horas y los días de trabajo se reducirían al mínimo y crecerían las dedicadas a la cultura, la fiesta y el ocio. “Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en divertirse”. Vale hoy como entonces.



*    El autor es historiador
      keynes73@yahoo.com

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